martes. 27.01.2026
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María José Gómez, cuando la vida golpea dos veces: superviviente del accidente de Adamuz y de un diagnóstico tardío de cáncer que cambió su destino

Superviviente del accidente del Alvia en Adamuz y de un diagnóstico tardío de cáncer, su historia es la de una mujer que aprendió a sostener el miedo y convertirlo en vida.

 

Imagen del accidente del Alvia / Fotografía: Guardia Civil.
Imagen del accidente del Alvia / Fotografía: Guardia Civil.
María José Gómez, cuando la vida golpea dos veces: superviviente del accidente de Adamuz y de un diagnóstico tardío de cáncer que cambió su destino

La vida no siempre avisa antes de golpear. A veces irrumpe sin previo aviso. Y, en ocasiones, lo hace dos veces. María José Gómez lo sabe bien. Su historia es la de una mujer que ha tenido que mirar a la muerte de frente en más de una ocasión y que hoy, desde la serenidad, la fe y la introspección, defiende que afrontar las trabas del camino y superarlas no es una opción, sino una obligación vital.

El pasado 18 de enero, María José viajaba en el tren Alvia con destino a Huelva cuando se produjo el grave accidente ferroviario de Adamuz, una tragedia que ha dejado a la provincia onubense sumida en un luto profundo, compartido y persistente. Ella ocupaba el vagón 3. Tras el impacto, el caos, el miedo y el silencio posterior, consiguió salir por su propio pie. Mientras a su alrededor se acumulaban el dolor, la confusión y la pérdida, María José sobrevivía a un episodio que jamás se borrará de la memoria colectiva de Huelva… ni de la suya.

Hoy intenta recuperar la normalidad en su pueblo, San Juan del Puerto, aunque es consciente de que esa normalidad quizá nunca vuelva a ser exactamente la misma. Hay heridas que no se ven, pero que acompañan para siempre.

Pero el accidente no fue el primer golpe que la vida le tenía reservado.

Tiempo atrás, María José recibió un diagnóstico de cáncer de mama que llegó tarde, tras un proceso médico marcado por la incertidumbre, las dudas y los silencios. Cuando por fin obtuvo una respuesta clara, la enfermedad ya había avanzado y el primer planteamiento fue demoledor: una mastectomía, con escasas expectativas de reconstrucción. “Ahí sientes que todo se rompe”, confiesa, recordando uno de los momentos más duros de su vida.

Lejos de resignarse, decidió buscar segundas opiniones médicas en Madrid y Sevilla. En la capital, los especialistas optaron por otro camino. “En Madrid me hicieron una oncoplastia. Hay técnicas que en unos sitios se aplican y en otros aún no”, explica. Finalmente, se evitó la cirugía radical y se apostó por un tratamiento que logró frenar el avance del cáncer. Aquella decisión no solo cambió su pronóstico médico, sino también su manera de entender y habitar la vida.

Esa experiencia le enseñó a sostener el miedo. Con el paso del tiempo, María José compara ambas vivencias —la enfermedad y el accidente— y encuentra paralelismos. “Tanto en el diagnóstico como tras el accidente te quedas bloqueada. No te lo crees. Lo único que quieres es salir de allí: del lugar del siniestro o de la consulta”, relata. “Cuando llegué a casa, gracias a la meditación y al silencio, fui capaz de actuar. Y esa actuación es la que te permite tirar hacia adelante”. Hoy lo resume sin dramatismo: “Eso te permite seguir viviendo. Vivir es un regalo”.

Por eso, al salir ilesa del tren en Adamuz, María José no habla de suerte. Habla de aprendizaje, de resiliencia, de convertir el sufrimiento en conciencia. “La vida es un regalo. Ahora voy dando abrazos y besos por la calle. Veo a mi padre, me abraza…”, dice, con la emoción contenida de quien ha aprendido a valorar cada gesto.

La fe ocupa un lugar central en ese proceso. “Lo que me hace tirar para adelante es mi búsqueda interior. Eso me ha llevado a Dios”, afirma. Forma parte de la red de meditadores Amigos del Desierto, fundada por Pablo d’Ors, una experiencia que, según cuenta, le ha devuelto el valor del silencio y el recogimiento. “Desde mi experiencia, es fundamental mirarnos por dentro para conocernos y querernos. Hasta que no nos aceptemos, no podremos amar a los demás”.

El testimonio de María José pone rostro a dos realidades durísimas: una tragedia ferroviaria que ha marcado para siempre a Huelva y un camino médico lleno de obstáculos que estuvo a punto de cambiarle la vida. Pero también deja un mensaje claro, nacido desde la verdad y no desde la épica: la vida golpea, pero rendirse no puede ser una opción.

María José sigue adelante. Con cicatrices invisibles, con fe y con la convicción de que sobrevivir no es solo seguir respirando, sino decidir cada día que la vida, pese a todo, merece ser vivida.