viernes. 23.02.2024
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El mecenazgo de la señora de Osborne en la Galaroza en los años 30

A María Teresa Vázquez de Pablo se debe el retablo que sustituyó al destruido y otras obras sociales
El mecenazgo de la señora de Osborne en la Galaroza en los años 30

Actualmente, cuando el mundo o sus habitantes sufren calamidades o circunstancias de angustia, nace la solidaridad y son muchos los que acuden a ayudar a los que más sufren. Hoy, las ayudas sociales, las ONGs y las acciones altruistas de miles de ciudadanos palían en parte estas injusticias. Pero hace décadas, esta humanidad se enfocaba en su mayor parte de otra manera, a modo de caridad por parte de instituciones religiosas o con la aparición de mecenas que aportaban los recursos necesarios para la reconstrucción o la supervivencia.

Galaroza contó en los años 30 del siglo pasado con un mecenazgo que contribuyó de manera decisiva a la reparación de la vida social y religiosa de la población. La quema de los templos producida en 1936 dejó un profundo vacío espiritual en muchos vecinos. En especial, la destrucción de la Iglesia Parroquial de la Inmaculada Concepción provocó el desasosiego de los fieles y una unánime demanda de reparación.

En esos momentos surgió la figura de María Teresa Vázquez de Pablo para atender estas peticiones y erigirse en ‘salvadora’ del patrimonio emocional y eclesiástico de la localidad. Para conocer con mayor profundidad a este personaje clave en aquel momento histórico de Galaroza, hemos de acudir al trabajo de Pedro J. Vázquez, gestor cultural en el Ayuntamiento cachonero, quien en una revista de fiestas publicó un amplio y completo texto sobre Vázquez de Pablo.

El perfil que traza Vázquez es el de una mujer única, que aunaba diversas esferas de solidaridad, mecenazgo, protección del  patrimonio y lucha por las bondades culturales y sociales del pueblo. En una etapa muy dura protagonizada por la posguerra y las necesidades, contribuyó a ayudar y salvar a muchos cachoneros y, en especial, a su patrimonio.

Nació en Sevilla en 1875, siendo sus padres Juan Vázquez Rodríguez y Amparo de Pablo Llorente. Se casó con Julio Laffitte García de Velasco, de quien tuvo cinco hijos: Julio, María Teresa, Guadalupe, Felipe y María Luisa. Tras enviudar, se volvió a casar con Roberto Osborne Guezala (1873-1937), viudo de su hermana María Vázquez de Pablo, quien aportó al matrimonio siete hijos: Amparo, José María, Roberto, Felipe, Eduardo, Juan y Guadalupe. Juntos crearon una gran familia de la que hoy viven aún muchos de sus nietos y biznietos.

Esta mujer se dedicó por entero a crear una familia unida y a apoyar a su segundo marido, empresario de gran visión de futuro en sus negocios y con quien tuvo una vida feliz y plena. Roberto Osborne Guezala, proveniente de una familia dedicada al negocio del vino de Jerez, fue el introductor del consumo de la cerveza en España, fundando la fábrica La Cruz del Campo junto a su hermano Tomás en 1904.

Ella también procedía de una familia acomodada y su fortuna se consolidó junto a su segundo marido. Tras enviudar por segunda vez, en 1937, decidió vivir largas temporadas en la casa que había comprado en Galaroza, en la que encontraba paz y serenidad; para ella Galaroza era un oasis y en ella vivía tranquila y feliz.

Fue entonces cuando se implicó en el pueblo de una manera decidida y generosa. Tuvo una gran relación durante toda su vida con la Orden de los Capuchinos, por lo que, en su testamento, legó su casa de Galaroza a esta congregación con el fin de que establecieran en ella un Noviciado. Este mandato se ha traducido en nuestros días en una función social gestionada por la Asociación Paz y Bien a través de colonias para personas con discapacidad que llevan más de 40 años visitando e integrados en la localidad cachonera.

Según quienes le conocieron, María Teresa fue una persona austera, muy creyente y generosa, y también muy preocupada por los demás. El estudio de Pedro J. Vázquez la  presenta en su faceta más personal como una enamorada del arte que incluso tenía cierta afición a pintar, conservando aún su familia algunos de sus dibujos. También era una mujer con grandes dotes de mando y organización, reflejadas en las obras que acometía dirigiendo ella personalmente todo el proceso de las mismas. Mantuvo una gran amistad con Santa Angela de la Cruz, a quien probablemente ayudó en muchas de sus necesidades.

Su labor en Galaroza

El mecenazgo que ejerció en Galaroza se extendió a varias esferas, desde la asistencial, ayudando a familias necesitadas o buscando medicamentos para niños enfermos, hasta la reconstrucción del patrimonio.

El magnífico retablo de estilo portugués que adornaba el gran templo cachonero ardió el 25 de julio de 1936, a causa de la radicalidad y la insensatez de un grupo de mineros llegados desde la Cuenca onubense. La obra perdida era de estilo barroco, datada en el siglo XVIII, tallado en madera de castaño de gran mérito y proporciones, fruto de la colaboración de artistas cachoneros y portugueses, según la investigación de Alfonso Pleguezuelo.

Este historiador cataloga la obra dentro de lo que se ha denominado ‘estilo nacional portugués’ e indica que los trabajos de instalación se datan a finales del siglo XVIII, impulsados por mandato del Arzobispo Jaime de Palafox y Cardona y financiados por los propios vecinos en gran parte. Emilio R. Beneyto aporta que en 1699 se produjo la tercera visita de Palafox a Galaroza, en la que se tomó la decisión de construir un retablo en el Altar Mayor.

Según el historiador serrano José María Sánchez, a principios del siglo XVIII hay datos de dos maestros portugueses trabajando en la Sierra, concretamente Pinto y Álvares, que viven en Galaroza, desde donde atienden encargos en poblaciones del entorno. El contrato del retablo de Galaroza define que sería “de perfil abocinado por la gran profundidad del presbiterio, cuenta con banco, tres calles y ático, siendo su nota más característica el empleo del orden salomónico que no sólo estructura las calles del cuerpo principal, sino que se prolonga por encima de la cornisa, curvándose para formar también el ático que cierra la composición”, según Sánchez.

En los prolegómenos de la Guerra Civil, las llamas arrebataron al patrimonio cachonero esta obra, junto a tallas religiosas, objetos de culto, prendas textiles y otras piezas. Tras la tragedia patrimonial, se intentó llenar el vacío en los templos para reanudar el uso religioso de los mismos en condiciones normales. En esta labor, destacó la labor de la viuda de Osborne, que se empeñó en que la parroquia cachonera contase con un gran retablo. El escogido procede de la localidad sevillana de Estepa, y aunque en un principio se creyó que pertenecía al Convento de la Victoria, el investigador Jorge Alberto Jordán Fernández ha afirmado recientemente que su origen estaría en la antigua iglesia estepeña de la Concepción. La obra de adaptación al hueco existente fue obra del carpintero cachonero Rafael Fernández Fernández, según los datos publicados por Emilio Rodríguez Beneyto.

Esta reparación llenó de satisfacción al pueblo, contribuyendo a la veneración que ha tenido siempre por Vázquez de Pablo. La labor fue ardua y se conservan documentos que atestiguan el empeño de la Señora en este empeño. Por ejemplo, la correspondencia de 1945 con el insigne arquitecto Aurelio Gómez Millán, a quien le habría encargado el coro para esta iglesia. El escrito abre nuevas líneas de investigación, ya que menciona visitas para ver las capillas de las aldeas cachoneras.

El párroco cachonero escribe el 21 de marzo de 1944 a la Junta Nacional de Reconstrucción de Templos Parroquiales para pedirle 150.000 pesetas destinadas a la reparación de los daños que todavía existían. Unos recursos con los que, junto a las aportaciones vecinales en dinero y en trabajo, pretendía recuperar el ornato necesario para sus actividades. La viuda de Osborne se interesó por esta petición, escribiendo nada menos que al Ministro de Hacienda, el sevillano Joaquín Benjumea Burín, con quien se aprecia un trato amistoso en la correspondencia. Será Benjumea quien le informe mediante carta de 19 de julio de 1944 de a concesión de la subvención íntegra por parte de la Dirección General de Regiones Devastadas.

Probablemente, la influencia de Doña María Teresa tuvo mucho que ver en la asistencia del propio Cardenal Segura, Arzobispo de Sevilla, a la inauguración de la Capilla del Sagrario de la parroquia de Galaroza, que tuvo lugar el 10 de octubre de 1943.

La devoción e integración religiosa de la Señora de Osborne con su parroquia cachonera venía de antaño. El 9 de agosto de 1935, el Arzobispo de Sevilla la nombra Camarera de Honor de la Capilla del Sagrario de la iglesia, y participaba en actividades, siendo abonada a la suscripción de Culto y Clero.

Doña María Teresa recibía el fervor de su gente, manifestado en numerosos agradecimientos diarios. Algunos se centraban en la esfera religiosa, como la decisión del 10 de mayo de 1949 de  crear una fundación piadosa de misas en favor de María Teresa y el de su marido Roberto Osborne con una aportación del Ayuntamiento y de los vecinos que alcanzaba las 6.000 pesetas de la época. Se conserva una relación de aportantes, encabezada con las 189,55 pesetas que dio el Consistorio, las 500 del cura Fernando Vázquez y su familia, o los cientos de personas que donaron desde 250 pesetas hasta 0,10 céntimos.

Otras atenciones eran de tipo cotidiano, como el camino especial y finamente empedrado que recorría el corto trayecto desde la parroquia hasta su casa, ubicada en la calle Don Pedro González, para facilitar el tránsito a una persona con dificultades para caminar.

Ya en etapa democrática, en el pleno de 28 de diciembre de 1989, siendo alcalde el socialista Rafael Lobo, se rotulaba una plaza cercana a la iglesia con el nombre de ‘Señora de Osborne’. Más recientemente, en marzo de 2018, con motivo de la celebración de las Jornadas del Patrimonio de la Comarca de la Sierra, el alcalde Antonio Sosa instaló en ese lugar una placa con su nombre en la que el pueblo de Galaroza rendía su homenaje a María Teresa Vázquez de Pablo “por su intensa e impagable labor de mecenazgo y recuperación del patrimonio cachonero a lo largo de su vida”.

Ese mismo año, cincuenta y siete de sus descendientes se reunieron en Galaroza para homenajear su memoria.  Sus nietos la recuerdan como una persona con un gran carácter, cariñosa pero a la vez reservada, como eran las señoras en su época, entregada a su familia y con una inquietud grande de ayudar a los más desfavorecidos.

María Teresa Vázquez de Pablo recibió el cariño del pueblo de Galaroza y se integró plenamente entre sus vecinos, aportando una labor benefactora que significó recursos, medicinas y vida para muchos cachoneros, además del rescate de un prestigio patrimonial de la que el pueblo se siente orgulloso.