sábado. 27.06.2026
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Antonio Maestre: "Mi libro, El Cementerio de coches, habla de vida"

Hace unos días, este "Cementerio de Coches" ha visto la luz pública y, como no podía ser de otra manera, le pedí una entrevista, me dijo que sí, pues además tenía ganas de contar muchas cosas interesantes.
Antonio Maestre
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Antonio Maestre: "Mi libro, El Cementerio de coches, habla de vida"

Hace unos años, con motivo de la pandemia mundial del COVID, tuve la oportunidad de entrevistar a Antonio Maestre García, un enamorado de los vehículo antiguos que consigue restaurar con esfuerzo y tesón, aún cuando existen mil trabas y burocracia para legalizar aquellos coches rescatados del desguace.

Antonio Maestre
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A partir de ese momento, intensificamos más el contacto que teníamos y, con motivo del programa de Onda Cero, "Taller de Radio", nos hemos estado viendo los tres últimos años. En uno de nuestros encuentros, me contaba que quería escribir un libro sobre el mundo de los coches, obviamente lo animé a que lo hiciera, y un buen día me envió una copia de su obra terminada que iba a titular con: "El cementerio de coches", lo leí y os puedo asegurar que me apasionó su lectura.

Antonio Maestre
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P.- Antonio, ¿qué es para ti el mundo del automóvil?

R.- El mundo del automóvil forma parte de mi vida desde que tengo uso de razón. No es una afición que haya surgido con el tiempo, sino algo con lo que he crecido y que siempre me ha acompañado. Recuerdo pasar horas observando coches, preguntando por sus historias e imaginando cómo sería conducirlos algún día. Con el paso de los años, esa curiosidad se convirtió en una auténtica pasión, especialmente por los coches clásicos. En ellos encuentro algo difícil de explicar: cada uno tiene un carácter, una historia y un alma propia. Cuando estoy rodeado de ellos siento que conecto con una parte muy importante de mí, porque no solo veo máquinas, sino recuerdos, emociones y un legado que merece ser conservado.

Antonio Maestre
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P.- ¿Qué te hace publicar un libro dedicado a este mundillo?

R.- La idea nació de una necesidad muy personal: compartir una pasión que llevo dentro desde pequeño. Siempre he pensado que los coches tienen mucho más que contar de lo que vemos a simple vista y quise encontrar una forma diferente de transmitirlo. Escribir este libro ha sido una manera de unir mi amor por los automóviles clásicos con la imaginación y la emoción, dando voz a esas historias que, de alguna manera, siempre he sentido que estaban ahí esperando ser contadas. Mi mayor deseo es que quien lo lea no solo disfrute de la lectura sino que también mire un coche con otros ojos y descubra que detrás del metal también puede haber sentimientos, recuerdos y vidas enteras.

P.- ¿De qué trata tu libro y por qué el título “El Cementerio de Coches”?

R.- A simple vista, mi libro habla de un desguace de coches. Un padre, Mario, y su hija, Martina, pasean entre hileras de vehículos clásicos abandonados, cubiertos por el óxido, el polvo y el paso del tiempo. Pero, en realidad, el libro no habla de coches, habla de personas, habla de nosotros.

Antonio Maestre
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Con cada paso que dan por ese lugar, aparentemente olvidado, Mario le cuenta a Martina la historia que esconde uno de esos automóviles. Y así, el lector se adentra en quince relatos completamente distintos: historias de amor que nunca pudieron ser, de segundas oportunidades, de pérdidas, de esperanza, de intriga, de recuerdos personales, de hechos reales y de emociones que cualquiera podría haber vivido alguna vez. Cada coche se convierte en un testigo silencioso de una vida, como si hubiera absorbido las alegrías y las tristezas de quienes un día se sentaron al volante.

Mientras esas historias van cobrando vida, existe otra que las une a todas: la de Mario y Martina. Una historia que acompaña al lector desde la primera página y cuyo verdadero significado solo se descubre al final del libro, dando sentido a todo el viaje.

El título, "El Cementerio de Coches", nació precisamente de esa idea. Todos sabemos lo que es un cementerio: un lugar donde parece que todo termina. Sin embargo, yo quise darle un significado completamente distinto. Para mí, un desguace es un lugar donde descansan miles de recuerdos. Cada coche que llega allí ha formado parte de una familia, ha vivido kilómetros de felicidad, ha sido escenario de despedidas, de reencuentros, de viajes inolvidables o de momentos que cambiaron una vida.

Siempre he pensado que, si esos coches pudieran hablar tendrían mucho que contarnos. Y este libro nace de esa pregunta: ¿qué historias nos revelarían antes de desaparecer para siempre?

Mi deseo es que, cuando el lector cierre el libro, no vuelva a mirar un coche clásico únicamente como una máquina. Que vea en él una parte de nuestra historia, un pedazo de memoria y un reflejo de las emociones humanas. Porque, al final, igual que las personas, los coches envejecen, se deterioran y desaparecen… pero las historias que vivieron pueden permanecer para siempre si alguien decide contarlas.

P.- ¿Dónde quieres llegar con esta publicación?

R.- Sinceramente, no escribí este libro pensando en un destino concreto, sino en el camino. Mi mayor ilusión no es vender miles de ejemplares ni ver mi nombre en una lista de éxitos, sino conseguir que alguien abra sus páginas y se emocione con ellas. Si una sola persona termina el libro con una sonrisa, con un nudo en la garganta o mirando un viejo coche con otros ojos, sentiré que todo ha merecido la pena.

Por supuesto, como autor, me encantaría que la obra llegara lo más lejos posible y pudiera encontrar lectores en muchos lugares. Pero mi verdadera meta es otra: demostrar que detrás de un volante, de una carrocería desgastada o de una chapa oxidada también pueden esconderse historias profundamente humanas. Quiero que este libro acerque el mundo del automóvil a quienes ya lo aman, pero también a quienes nunca se habían interesado por él.

Me gustaría que un apasionado de los coches clásicos se sintiera identificado con cada página y que alguien que jamás ha pisado un desguace descubra que esos lugares también guardan poesía, memoria y emoción. Porque “El Cementerio de Coches” no habla solo de motores; habla de la vida, de las decisiones que tomamos, de los amores que perduran, de los que se pierden y de las oportunidades que a veces regresan cuando menos lo esperamos.

Si consigo que el lector recuerde alguna de esas quince historias mucho tiempo después de haber cerrado el libro, entonces habré llegado exactamente donde quería llegar: a un pequeño rincón de su memoria y de su corazón.

P.- ¿Cómo surgió la idea de esta publicación?

R.- La idea de “El Cementerio de Coches” nació de una imagen que llevaba mucho tiempo rondando mi cabeza: la de un viejo desguace repleto de automóviles clásicos olvidados por todos. Mientras muchas personas ven en esos lugares únicamente hierros oxidados destinados a desaparecer, yo siempre he visto algo muy distinto. Siempre he pensado que cada uno de esos coches ha sido testigo de una parte de la vida de alguien y que, si pudiera hablar, tendría una historia fascinante que contar.

A partir de esa reflexión empecé a preguntarme quién podría escuchar esas historias. Fue entonces cuando aparecieron Mario y Martina, un padre y su hija que recorren juntos ese particular cementerio de coches. Él, con la experiencia de los años y el cariño que siente por aquellos vehículos; ella, con la curiosidad e inocencia propias de una niña que quiere entender el mundo. Esa conversación entre ambos se convirtió en el hilo conductor perfecto para ir descubriendo, uno a uno, los secretos que esconden los coches abandonados.

Muchas de las historias surgieron de recuerdos personales, de experiencias vividas o escuchadas a lo largo de los años. Otras nacieron simplemente de dejar volar la imaginación al contemplar un coche clásico y preguntarme quién lo habría conducido, qué carreteras habría recorrido, cuántas alegrías o tristezas habría presenciado y por qué había terminado olvidado entre la maleza y el óxido. Así fueron tomando forma relatos de amor, de intriga, de pérdidas, de esperanza y de segundas oportunidades.

Creo que, en el fondo, la idea surgió porque siempre me ha costado creer que un objeto que ha acompañado durante décadas la vida de una familia pueda quedarse sin voz de un día para otro. Este libro es mi manera de devolvérsela. De imaginar que, antes de desaparecer para siempre, esos coches tienen la oportunidad de contar aquello que nadie más conoce.

Y quizá esa sea también la esencia de la novela: recordar que el verdadero valor de un automóvil clásico no está solo en su diseño o en su mecánica, sino en todas las vidas que un día transportó y en las emociones que quedaron atrapadas entre sus asientos y su volante.

P.- ¿A qué público va destinado especialmente?

R.- Aunque el punto de partida del libro es el mundo del automóvil clásico, siempre he pensado que “El Cementerio de Coches” no está escrito únicamente para los aficionados al motor. Evidentemente, quien sienta pasión por los coches disfrutará identificando modelos, entendiendo el cariño con el que están tratados y reconociendo ese respeto por la historia que hay detrás de cada vehículo. Pero, en realidad, el verdadero protagonista del libro son las emociones.

Por eso creo que está dirigido a cualquier persona que disfrute con las historias humanas. A quienes se emocionan con un relato de amor imposible, con una segunda oportunidad, con un misterio bien contado o con esos pequeños recuerdos que todos guardamos en algún rincón de la memoria. Los coches son el escenario, el hilo conductor y los testigos silenciosos, pero lo que realmente mueve cada página son las personas y sus vivencias.

También creo que es un libro para quienes sienten nostalgia. Para quienes alguna vez han mirado un coche antiguo y han recordado los viajes con sus padres, las vacaciones de la infancia o el primer vehículo que marcó una etapa importante de su vida. Estoy convencido de que todos asociamos algún automóvil a un momento especial, y esa conexión emocional es precisamente la que he querido despertar en el lector.

Si tuviera que resumirlo en una frase, diría que es un libro pensado para cualquier persona que crea que los objetos también pueden guardar recuerdos. Para quienes entienden que, detrás de una carrocería desgastada por el tiempo, puede esconderse una historia capaz de hacer reír, llorar o reflexionar. Porque “El Cementerio de Coches” habla de coches, sí, pero sobre todo habla de la vida.

P.- ¿Qué quieres transmitir?

R.- Si tuviera que resumir en una sola idea lo que quiero transmitir con este libro, sería que nada desaparece del todo mientras alguien lo recuerde. Vivimos en una sociedad que avanza muy deprisa, donde lo viejo parece perder valor en cuanto deja de ser útil. Sin embargo, creo que las cosas que han formado parte de nuestra historia merecen ser miradas con respeto, porque en ellas permanece una parte de quienes fuimos.

Quiero invitar al lector a detenerse un instante y a descubrir la belleza que también existe en lo olvidado. A entender que una carrocería cubierta de óxido puede esconder tantas emociones como una fotografía guardada en un cajón. Que detrás de cada objeto hay personas, decisiones, despedidas, reencuentros y sueños que un día fueron reales.

También me gustaría transmitir la importancia de escuchar y de conservar las historias antes de que se pierdan. Todos tenemos recuerdos que contar y todos dejamos una huella, por pequeña que sea, en los lugares y en las cosas que nos acompañan a lo largo de la vida. Los coches de este libro son solo un símbolo de eso: testigos silenciosos que han visto pasar generaciones enteras sin poder compartir lo que llevan dentro.

Y, sobre todo, quiero que el lector termine la última página con una sensación de esperanza. Que comprenda que incluso aquello que parece olvidado puede volver a emocionar, que siempre existe una historia esperando a ser descubierta y que, a veces, basta con mirar un poco más allá de las apariencias para encontrar algo verdaderamente extraordinario.

P.-¿Qué tiene de real las historias que narras en esta novela? 

R.- Creo que una de las cosas más bonitas de este libro es que resulta difícil distinguir dónde termina la realidad y dónde empieza la ficción. Hay capítulos que nacen directamente de experiencias muy personales, de recuerdos que forman parte de mi propia vida y que he querido inmortalizar entre sus páginas. Mi primer coche, por ejemplo, o algunos pasajes inspirados en la infancia de mi padre son historias que guardan un significado especial para mí y que he compartido desde el corazón.

También hay relatos basados en hechos reales, como la recreación de un crimen que ocurrió de verdad o la historia de una mujer que desempeñó un papel fundamental en el mundo del automóvil y que, con el paso del tiempo, cayó injustamente en el olvido. Me parecía importante rescatar esas vidas y darles un espacio dentro del libro, porque forman parte de una memoria que no debería perderse.

Junto a ellas conviven otras historias completamente imaginadas. Pero incluso esas tienen algo de verdad. Están construidas a partir de sentimientos universales, de emociones que todos hemos vivido alguna vez: el amor, la pérdida, la ilusión, el miedo, la nostalgia o la esperanza. Aunque los personajes no hayan existido, sus vivencias podrían pertenecer a cualquiera de nosotros.

Al final, más que separar lo real de lo ficticio, me gusta pensar que todas las historias comparten una misma esencia: hablan de personas. Algunas existieron tal y como se cuentan, otras nacieron de mi imaginación, pero todas intentan transmitir emociones auténticas. Y quizá ese sea el mayor reto y también la mayor satisfacción como escritor: conseguir que incluso una historia inventada se sienta tan cercana que el lector llegue a preguntarse si realmente ocurrió.

P.- Por cierto, ¿Cuál fue tu primer coche y qué recuerdos tienes del mismo?

R.- Mi primer coche fue un pequeño Mini azul, y probablemente sea el automóvil que más ha marcado mi vida. Lo encontré parado desde hacía mucho tiempo en una calle de Huelva. Estaba olvidado, como si el tiempo hubiera decidido detenerse a su alrededor, pero yo veía algo que otros no veían. Sentía que aquel coche merecía una segunda oportunidad.

Antonio Maestre
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Después de insistirle durante bastante tiempo a su propietario, conseguí comprarlo por 15.000 pesetas. Para muchos podría parecer una simple anécdota o una compra impulsiva, pero para mí fue el comienzo de una aventura que jamás olvidaré. Mi padre y yo nos embarcamos en la restauración en una vieja nave de camiones abandonada. Allí pasamos horas y horas desmontando piezas, limpiando, reparando y aprendiendo juntos. No solo estábamos devolviendo la vida a un coche; estábamos construyendo recuerdos que hoy forman parte de mi historia personal.

Con el paso de los años he tenido la suerte de disfrutar de otros muchos vehículos, algunos incluso más exclusivos o valiosos, pero ninguno ocupa el lugar que tiene ese pequeño Mini en mi corazón. Porque su verdadero valor nunca estuvo en el dinero ni en su estado de conservación, sino en todo lo que representó: la ilusión de un joven que cumplía un sueño y el tiempo compartido con su padre entre herramientas, grasa y conversaciones que aún hoy recuerdo con cariño.

Lo más curioso es que todavía lo conservo. Sigue esperando una nueva restauración, y muchas veces pienso que quizá ese momento llegue de la mano de alguno de mis hijos, Antón o Carlos. Me emociona imaginar que la historia pueda repetirse y que las mismas manos que un día trabajaron junto a mi padre den paso ahora a una nueva generación. Sería una forma maravillosa de cerrar el círculo y de demostrar que algunos coches nunca dejan de pertenecer a una familia, porque terminan convirtiéndose en parte de ella.

De hecho, esa vivencia es una de las historias que aparecen reflejadas en el libro. Porque quería dejar constancia que, a veces, el verdadero motor que mueve un coche no está bajo el capó, sino en los recuerdos y en las personas que han compartido el viaje.

R.- ¿Cuántos vehículos tienes en colección?

R.- Actualmente mi colección está formada por 28 coches clásicos y 13 motocicletas, aunque la cifra nunca es definitiva. De hecho, en estos momentos todavía tengo cuatro coches más esperando para ser recogidos en distintos puntos de España, vehículos que compré hace un tiempo y que pronto encontrarán un hueco junto al resto.

Mucha gente se sorprende cuando escucha esos números y piensa que detrás hay una gran inversión económica, pero la realidad es muy distinta. En alguna ocasión me han definido como un 'coleccionista low cost', y creo que la expresión me describe bastante bien. La mayoría de mis coches los he encontrado en estados muy deteriorados, olvidados durante años en un garaje, escondidos bajo una lona o abandonados a su suerte. Muchos han llegado gracias a la paciencia y a la insistencia, convenciendo a sus propietarios de que conmigo tendrían una segunda oportunidad.

No busco el coche perfecto ni el más cotizado. Me atraen precisamente aquellos que parecen no tener solución, porque disfruto imaginando todo lo que han vivido y soñando con devolverles la dignidad que un día perdieron. Además, gran parte de esas restauraciones las realizo yo mismo en casa, dedicando tardes enteras a desmontar piezas, limpiar óxido, reparar averías y volver a montar, poco a poco, aquello que parecía imposible recuperar. Para mí no es un trabajo; es una forma de desconectar, de aprender y de devolver la vida a una pequeña parte de la historia del automóvil.

Pero si hay un verdadero tesoro en toda esta colección, no está aparcado en mi garaje. Es mi mujer, Mimi. Ella ha sido la persona que siempre ha estado a mi lado, la que ha comprendido esta pasión incluso cuando desde fuera podía parecer una auténtica locura. Me ha apoyado en cada paso que he dado, por mucho óxido que hubiera por delante, celebrando conmigo cada coche rescatado y cada pequeño avance en una restauración. Nunca ha visto solo montones de metal viejo; ha visto la ilusión que había detrás de cada proyecto y ha decidido caminar conmigo en ese camino.

Y su papel no ha sido importante solo en mi afición por los coches. También lo ha sido en este libro. Mientras escribía “El Cementerio de Coches”, Mimi se convirtió en mi primera lectora y en mi editora particular. Cada capítulo pasaba antes por sus manos. Lo leía, lo comentábamos juntos, compartía conmigo sus impresiones y me animaba a seguir escribiendo cuando las dudas aparecían. De alguna manera, este libro también lleva una parte de ella, porque ha estado presente desde la primera palabra hasta la última página.

Estoy convencido de que sin su apoyo muchas de estas historias nunca habrían existido. Porque restaurar coches ocupa espacio, tiempo y dedicación, y escribir un libro exige todavía más horas de las que aparecen en el reloj. Tener al lado a una persona que cree en ti incluso cuando tú mismo dudas es un privilegio enorme.

Por eso siempre digo que no colecciono solo coches clásicos. Colecciono momentos, recuerdos y personas que han hecho posible esta aventura. Y entre todos ellos, el mayor valor sentimental no lo tiene ninguno de los vehículos que guardo con tanto cariño, sino la mujer que decidió compartir conmigo esta pasión y que, capítulo a capítulo y restauración tras restauración, me ha demostrado que los mejores viajes siempre se hacen acompañado.

P.- ¿Cuál es la estrella de tu colección?

R.-Es una pregunta que me hacen muy a menudo y, sinceramente, nunca sé responderla. Para mí es como preguntarme como padre a cuál de mis hijos quiero más. Cada coche ha llegado a mi vida en un momento distinto, por un motivo diferente y con una historia única detrás, así que elegir uno solo sería tremendamente injusto.

Es verdad que mi pequeño Mini azul siempre ocupará un lugar privilegiado en mi corazón. Fue mi primer coche, el que conseguí comprar después de mucha insistencia y el que restauré junto a mi padre en aquella vieja nave abandonada. No es el más exclusivo ni el más caro de la colección, pero sí el que más recuerdos guarda y el que me enseñó que devolver la vida a un coche también puede cambiarte a ti.

Luego está mi viejo Seat 1400, completamente desmontado en nuestra casa familiar en Punta Umbría. Mi madre lleva años diciéndome que estaría mejor en un desguace porque es solo chatarra y jamás volverá a la vida. Yo, sin embargo, cada vez que veo todas esas piezas repartidas pienso en el día en que volverán a unirse para rodar otra vez. Quizá por eso le tengo tanto cariño: porque representa la paciencia y la esperanza de quien nunca deja de creer en un proyecto.

Antonio Maestre
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También siento un vínculo muy especial con el Gaz 21 Volga, un coche ruso con matrícula ucraniana que tardé más de dos años en conseguir. Fueron meses de llamadas, insistencia  y espera, y cuando por fin lo tuve delante sentí la satisfacción de haber cumplido uno de esos sueños que parecen imposibles.

Antonio Maestre
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Y luego están mis pequeños Fiat 126, mis “polaquitos”, de los que tengo cuatro. Me enamoraron desde el primer momento por su sencillez, por su simpatía y por esa capacidad que tienen de sacar una sonrisa a cualquiera que los ve. A ellos se suman los coches fúnebres, que siempre me han fascinado por su singularidad y por la historia que representan; el diminuto Trabant, construido con aquella curiosa carrocería de material plástico que desafía lo que muchos entienden por un automóvil; o el imponente Oldsmobile Toronado, que perteneció a un militar estadounidense destinado en Alemania y que llegó hasta mí cargado de un pasado tan interesante como desconocido.

Por eso, cuando me preguntan cuál es la estrella de mi colección, siempre respondo lo mismo: la estrella no es un coche concreto. La estrella es la historia que hay detrás de cada uno de ellos. Algunos destacan por su rareza, otros por su valor histórico y otros, simplemente, por el momento de mi vida en el que aparecieron. Pero todos tienen algo que contar, y quizá esa sea la razón por la que nunca he sabido elegir solo uno. Al fin y al cabo, si algo he aprendido en todos estos años es que el verdadero valor de un clásico no está en lo que vale en el mercado, sino en la emoción que despierta cuando abres la puerta, te sientas al volante y recuerdas cómo llegó hasta ti.

P.- ¿Sales a pasear habitualmente con tus coches?

R.- Por supuesto. Siempre he pensado que los coches clásicos no están hechos para permanecer inmóviles bajo una funda o encerrados en un garaje. Fueron creados para recorrer carreteras, para formar parte de la vida de las personas y para seguir escribiendo historias muchos años después de haber salido de fábrica. Por eso intento utilizarlos siempre que puedo.

Antonio Maestre
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Es verdad que, teniendo una colección tan amplia, es imposible sacar todos con la frecuencia que me gustaría, pero hay algunos que se han convertido en auténticos compañeros de aventuras. Uno de ellos es mi querida 'asturiana', una Seat Terra que llegó hasta mí desde un pequeño pueblo de Oviedo y que hoy luce orgullosa como vehículo de asistencia de Seat. Es una furgoneta sencilla, humilde y muy especial. En ella hemos hecho infinidad de trayectos a la playa mi mujer, mis hijos y yo. No tiene las comodidades de un coche moderno, pero sí algo mucho más importante: la capacidad de convertir cualquier trayecto en una aventura y de arrancarnos una sonrisa antes incluso de arrancar el motor. Mis hijos la disfrutan como si fuera un juguete gigante, y verla formar parte de sus recuerdos es una de las mayores satisfacciones que me ha dado esta afición.

Curiosamente, el vehículo que más utilizamos para movernos por Aljaraque, donde vivimos actualmente, ni siquiera es un coche. Mi mujer y yo solemos desplazarnos en una Peugeot SC 75 de 1988 que tiene un gran valor sentimental para la familia. Fue un regalo que nos hicieron mis suegros el año pasado y, durante toda su vida, había pertenecido a Mamen, la madre de mi mujer. Cada vez que nos subimos a ella sentimos que no solo estamos utilizando una moto clásica sino conservando una parte muy especial de la historia familiar. Es uno de esos vehículos que demuestran que el verdadero valor nunca está en el precio, sino en los recuerdos que lleva consigo.

Antonio Maestre
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Para las concentraciones de clásicos, en cambio, suelo elegir un vehículo completamente distinto: mi Chrysler Saratoga rotulado como un coche de policía de Los Ángeles. Es imposible pasar desapercibido con él. Allí donde aparece despierta la curiosidad de mayores y pequeños, provoca conversaciones, fotografías y muchas sonrisas. Me encanta observar cómo la gente se acerca, pregunta por su historia o recuerda alguna película en la que vio un coche parecido.

Al final, más que salir a pasear con mis coches, lo que hago es crear recuerdos con ellos. Creo que un clásico solo está realmente vivo cuando rueda, cuando comparte un viaje en familia, cuando participa en una concentración o cuando hace feliz a alguien durante unos minutos. Los coches fueron diseñados para moverse, pero también para emocionar. Y mientras pueda seguir haciéndolo, intentaré que ninguno de los míos se quede demasiado tiempo parado, porque las mejores historias siempre empiezan cuando giras la llave de contacto.

P.- ¿Eres partidario de los coches eléctricos?

R.- Entiendo perfectamente por qué el coche eléctrico ha llegado para quedarse, y soy consciente de que representa un paso importante en la búsqueda de alternativas a la dependencia del petróleo y a muchos de los retos medioambientales que tenemos por delante. La innovación siempre ha formado parte de la historia del automóvil y sería absurdo darle la espalda.

Pero si me preguntan desde el corazón, y no desde la razón, tengo que reconocer que soy un apasionado de los motores de combustión. Siempre digo que por mis venas circula gasolina. Para mí, conducir no consiste únicamente en ir de un punto a otro. Es escuchar el ralentí de un motor antiguo, sentir el cambio de marchas, percibir el olor a combustible, notar las vibraciones del volante y sonreír cada vez que un coche clásico despierta después de haber pasado tiempo parado. Son sensaciones que forman parte de una experiencia difícil de explicar a quien no comparte esta afición.

No creo que el coche eléctrico sea el enemigo del automóvil clásico. Simplemente pertenece a otra forma de entender la movilidad. Es una herramienta que seguramente tendrá un papel muy importante en nuestras ciudades y en nuestro futuro, pero personalmente pienso que todavía quedan muchos desafíos por resolver: la autonomía, la infraestructura de recarga, la producción de baterías o la propia sostenibilidad del ciclo completo del vehículo.

Antonio Maestre
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Y, sobre todo, creo que nunca deberíamos perder el enorme patrimonio histórico y cultural que representan los automóviles clásicos. Cada uno de ellos cuenta una parte de la evolución de la ingeniería y de la sociedad. No podemos olvidar que el automóvil también es emoción, diseño, sonido y recuerdos.

Por eso mi respuesta es sencilla: respeto profundamente el coche eléctrico y entiendo su necesidad, pero mi corazón siempre seguirá perteneciendo a los motores de combustión. Porque hay sonidos que son capaces de transportarte a la infancia, olores que despiertan recuerdos y coches que, incluso apagados, parecen seguir teniendo alma. Y esa emoción, al menos para mí, sigue siendo imposible de sustituir.

P.-¿Dónde podemos encontrar tu libro?

R.- Vivimos un momento muy curioso para el mundo de la literatura. Por un lado, nunca ha sido tan fácil publicar un libro y hacerlo llegar a cualquier rincón del mundo. Pero, por otro, también es mucho más difícil abrirse camino como escritor novel entre miles de novedades que aparecen cada día. A veces parece que vende más un nombre conocido o una cara famosa que una buena historia, aunque, por suerte, siguen existiendo autores con un talento extraordinario que demuestran que la literatura de calidad siempre encuentra a sus lectores.

Antonio Maestre
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En mi caso, “El Cementerio de Coches” nació como un proyecto muy personal. No escribí pensando en editoriales ni en cifras de ventas, sino en la necesidad de contar unas historias que llevaba mucho tiempo guardando. Por eso decidí dar un paso más y apostar por la autoedición, asumiendo todo el proceso de principio a fin. He escrito cada capítulo, he diseñado la portada, he trabajado en la maquetación, he revisado cada página y he cuidado cada detalle con el mismo cariño con el que restauro uno de mis coches clásicos.

Quizás, por eso siento que este libro no es solo un libro, es un proyecto construido completamente desde la ilusión, con muchas horas de trabajo silencioso y con la ayuda de las personas que han creído en él desde el primer día.

Gracias a plataformas como Amazon, hoy cualquier lector puede encontrarlo de una forma muy sencilla. Está disponible en formato digital para eBook, en tapa blanda y en tapa dura, para que cada uno pueda disfrutarlo como prefiera. Me gusta pensar que, igual que muchos de mis coches llegaron a casa desde distintos rincones del país, ahora estas historias pueden viajar hasta cualquier lugar y encontrar un sitio en la biblioteca de alguien que, quizá sin ser un apasionado del motor, descubra entre sus páginas que los coches también saben hablar de amor, de nostalgia, de esperanza y de segundas oportunidades.

Antonio Maestre
Antonio Maestre

Y si algún lector decide darle una oportunidad, solo le pediría una cosa: que no abra el libro pensando que va a leer sobre coches. Que lo abra pensando que va a escuchar quince historias contadas por viejos compañeros de viaje que se niegan a ser olvidados. Porque ese, en el fondo, siempre fue el verdadero propósito de “El Cementerio de Coches".

Como habrán podido comprobar en esta entrevista, Antonio es un auténtico apasionado de este mundillo del motor. Solo hace falta hacerle una pregunta y él se explaya de manera sencilla y fácil de entender.

Estar de charla con él es empezar a querer un poquito más a los coches. Antonio, o Ton, como yo te digo, ha sido una auténtica gozada echar este ratito de "cháchara" contigo y enhorabuena por este "Cementerio de Coches", bien merece la pena imbuirse en su lectura.

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