martes. 05.03.2024
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Paco Pérez, el Capitán de las Dunas, In Memoriam

Ha muerto Paco Pérez, el Capitán de las Dunas. El poeta, escritor y traductor Manuel Moya recuerda y glosa su enorme figura y sus libros. (Manuel Moya)
Paco Pérez, el Capitán de las Dunas, In Memoriam

Apenas me levanto, me entero de la muerte de un grande insólito y oculto: Paco Pérez, Capitán de las Dunas. Autor de una mínima obra -un Rulfo de la vida-, su presencia y su nombre no han dejado de habitar en la memoria y en la admiración de una decena escasa de lectores. Yo, modesta y afortunadamente, me encuentro en esa nómina de privilegio.

Lo conocí poco, es cierto, pero lo poco que lo conocí lo pude disfrutar a tope. La penúltima vez que nos vimos fue en el 97 y él residía por entonces en Riotinto, en el barrio inglés, porque a él le gustaba lo extemporáneo, lo insólito y el barrio inglés de Bellavista goza de ambos calificativos.

Entonces, allí, me dedicó Huelva, guía para visionarios, un libro sublime editado -estoy convencido- por un enemigo suyo, pues una obra así, delicada y extraordinaria no puede haberse editado de peor manera, con ilustraciones que parecen fotocopias. Parece ser que ha habido una segunda edición pero tampoco se ha mejorado mucho la cosa. Ese libro de ficción es simplemente uno de esos milagros de la literatura. Olviden que en el título aparece la palabra Huelva y céntrense en en el subtítulo, guía para visionarios, y tengan la absoluta certeza de que no los va a defraudar. No importa repetirlo: un libro sublime. Hace sólo unos meses recomendaba a los amigos de El libro feroz, una editorial realmente heroica, que hace unos libros preciosos, la reedición de este libro que no conocían. Ellos fueron los que me dieron noticia de que el libro había sido reeditado.

Paco Pérez era nieto de Pedro Gómez, el gran paisajista de Huelva y de él aprendió la sutileza del dibujo y del color. José María Franco, otro gran paisajista y discípulo de Gómez, afirmaba que Paco Pérez era tan o mejor dibujante que escritor y que le había visto unos cuadernos realmente admirables. En una ocasión tuve acceso a uno de sus cuadernos y guardo de sus dibujos e improntas el mismo calificativo.

Mientras los ojeaba, Paco me contó una historia que hoy ya podemos airear, porque fue una historia sonada por los pagos donde vivo. Corrían los primeros años de la democracia, tal vez el 78 o cuando más el 80 del pasado siglo. Según me contaba Paco, unos amigos y él decidieron pasar unos días en la Sierra. Querían experimentar con el LSD y necesitaban un lugar tranquilo. Castaño del Robledo, un pueblo a trasmano de todo, con unos doscientos habitantes y la sensación de que el tiempo se había congelado, era, al parecer, el lugar idóneo.

No contaron con el Monumento, un edificio fascinante en mitad de la Sierra. El Monumento era entonces una iglesia neoclásica inacabada, sin techos, de unas proporciones asustadoras y de unas trazas admirables. Nadie sabe qué pasó con el Monumento, quién y a propósito de qué se levantó, por qué se dejó inacabado, y por qué seguía allí, anclado en mitad del pueblo, como un rutilante rubí en mitad de un lujurioso paisaje.

El caso es que Paco y sus secuaces, vestidos para la ocasión de ropas también extemporáneas, se dieron al LSD y acabaron en el Monumento, en cuyo interior se hallaban no pocos nichos pertenecientes a los deudos del Castaño, quienes al levantarse al día siguiente vieron cómo los nichos habían sido profanados. Preguntar cómo aquellos seres extravagantes llegaron a profanar las modestas tumbas es algo que no tiene más explicación que la de los alucinógenos. El caso es que, como cabía esperar, en Castaño se armó la de Dios es Cristo y Paco y sus amigos hubieron de abandonar el pueblo como buenamente pudieron. El 'vandálico' hecho fue reflejado en la prensa con tan buena acogida, que el Monumento, antes desconocido, comenzó a convertirse en lugar de peregrinación y al poco comenzaron las obras de restauración que mayormente consistieron en retirar los nichos, habilitar el techo y cuidar los alrededores, convirtiéndose desde entonces en un lugar único y visitable.

Por entonces, en el diario La Noticia, comenzó a publicarse un suplemento literario llamado el Fantasma de la Glorieta, dirigido por Félix Morales y donde uno veló sus primeras armas. Guardo todos sus números. Pues bien, en ese prodigioso suplemento, Paco Pérez, El Capitán de las Dunas, fue publicando una especie de diario de bitácora titulado Desde El Castaño a Kenitra o algo muy cercano, que yo seguía fascinado semana tras semana, número a número. Ahí tuve noticia primera de aquel aventurero fascinante -a la verdad no le importa repetir el epíteto- y de las aventuras de un intrépido Capitán que hoy, justamente hoy, ha entregado el timón. Seguirá viajando, no me cabe la menor duda, en nuestra memoria y haríamos bien en recuperar su obra escrita y gráfica, pues viajeros como Paco Pérez no abundan.

Una de sus mejores obras también ha sido recordada en estos momentos por la Editorial Niebla.

El Capitán de las Dunas, seudónimo de Francisco Pérez, recupera con ZALASSA la imagen de una época dorada de Punta Umbría de la que asegura “algunos todavía podemos dar testimonio con orgullo, respeto y mucho amor”.

Es la Punta Umbría que su abuelo, Pedro Gómez, pintó hasta el mismo momento de su muerte y de la que, en el libro se incluyen algunas imágenes y dibujos que el pintor realizó con su nieto como testigo.

La Punta Umbría en la que el autor dio sus primeros pasos titubeantes de niño chico, un niño que fue creciendo viendo como pasaba “el tiempo, sobre todo el tiempo, que se marchó entre los dedos como lo haría el agua de su mar o la arena de su playa”.

ZALASSA es un excelente ejercicio de prosa poética, imprescindible en la obra literaria del Capitán de las Dunas, autor nacido en Huelva que ha dedicado su vida a la enseñanza y al Arte, como pintor, poeta y escritor.

De él son títulos como “Grial”, “Los primordiales”, “El juego de la oca”, “Guía para visionarios” y “La mano y la pared”.

En esta obra ofrece la oportunidad de un paseo posible por unas calles en otra época arenadas y ahora llenas de recuerdos que, como fantasmas benefactores, siempre miran a un mar de los mitos, “universal y múltiple, divino y humano, inalcanzable y próximo”, con el que dibujar un mapa emocional y sentimental que sirve de guía para seguir la ruta de recuerdos y emociones siempre presentes en quienes tuvieron el privilegio de conocer una Punta Umbría que se resisten en dejar solo en el cajón de los sueños vividos.

Un mapa que, para el autor “también existe para que los hombres que no quieren perder su alma lo guarden en su bolsillo y a la luz de las claras estrellas lo recorran con su dedo y lo detengan allí donde su corazón se sobresalte”.

Este libro trata al mar como a una antigua religión. Le ofrece su liturgia y su obligada reverencia. En este caso el templo donde se celebran los sagrados oficios es la Punta Umbría de ayer, la recordada, la perdida para siempre como tantas otras cosas de la vieja Huelva, y el ritual es el que brota de la profunda nostalgia de la niñez y la juventud que el autor tuvo la suerte de vivir allí, entonces, junto a su gente, a su mar, a la trascendencia de su belleza y la santidad de sus sencillos asuntos cotidianos.

Sirvan estos textos del escritor, poeta y traductor y de la Editorial Niebla para glosar su enorme figura.

Manuel Moya y Editorial Niebla.