martes. 07.02.2023
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Los fosfoyesos y la marginación social ahogan al barrio de Pérez Cubillas

La barriada onubense afronta una situación límite, emparedada entre miles de toneladas de residuos tóxicos y peligrosos y acuciada por la falta de inversiones que obligan a sus 2.500 vecinos a sobrevivir mayoritariamente de pagas mínimas y ayudas sociales.
Los fosfoyesos y la marginación social ahogan al barrio de Pérez Cubillas

Llegar a la barriada de Pérez Cubillas justo cuando retumba en la radio que España entra en la lista de los ricos y se prepara para ser contribuyente neto de la Unión Europea suena a broma. A sólo unos pasos, un Mercadona y un Media Mark distraen la atención, colas de coches con gente comprando regalos en rebajas te alejan de la realidad. Una pradera destartalada, un solar abandonado te van situando, los tendederos agarrados como pueden a los muros ya te dicen algo, cuando ves los desconchados de las paredes húmedas ya no hay vuelta atrás. Un muro, los bloques de pisos descoloridos situados a la orilla de la carretera de Tráfico Pesado, aísla e impide apreciar este rincón de Huelva donde se apiñan poco más de 2.500 personas. Pocas para que los gobernantes le presten atención, como dice la Constitución.

Antes se veían desde aquí Palos y Moguer. Por lo menos se podía intuir la presencia de Colón, el Navegante. Y los campos de Moguer, dorados, por donde iba el calvo Juan Ramón, el Nobel, por las veredas, con su burrito Platero. A Paula le gusta el burrito de algodón. Pero, como digo, eso era antes. “Ahora vemos esa montaña de fosfoyesos que nos han tirado en la puerta de casa”, dice Antonio. El primero de su nombre. Con él subimos el primer escalón del muro.

Los fosfoyesos, millones de toneladas de desperdicios fabriles, de residuos tóxicos y peligrosos abandonados durante décadas por las empresas del Polo Químico, principalmente de Fertiberia. Los fosfoyesos son famosos aquí. La gente del barrio les culpa de muchos de sus males, de su frágil salud, de las a veces mortales enfermedades que sufren y padecen, de las filtraciones de agua que desde esas escombreras llegan a las orillas de las casas, donde corretean y juegan los niños.

A cualquiera que preguntes dice que los fosfoyesos son malos, malísimos para la salud, un cáncer para la población. Siempre presentes en las reuniones vecinales, de la Coordinadora que trabaja en el barrio, de la Asociación de Vecinos, en las consultas de los galenos. Eso sí, ni un estudio los relaciona directamente con la prevalencia de graves padecimientos. Pero los residentes están cansados de solicitar un estudio de salud que aclare los peligros que conlleva ser vecinos de estos elementos químicos. Y también piden a Aguas de Huelva que revise las tuberías, construidas hace sesenta años con fibras de amianto, fibrocemento, dañino si pierde consistencia, se deshilacha y entra en contacto con el agua potable de los grifos. Aquí no hay fondos especiales para agua embotellada.

Pepe Álvarez, el presidente de la Asociación de Vecinos, los define bien: “Son (los fosfoyesos) un regalo maligno que nos está matando poco a poco y lo peor es la impotencia que sentimos. Y cuando sopla el viento hacia aquí la situación es insoportable”.

No es el único enemigo que tiene esta gente. En los años ochenta del siglo pasado (el XX, no más) la droga (cocaína, heroína, bazuko), curiosamente también un polvo blanco, como los fosfoyesos, ya causó estragos en la zona. El problema persiste, no con tanta prevalencia como entonces, pero da sus crueles coletazos entre el vecindario.

Aunque parezca mentira la gente no quiere dar nombres completos. Temen represalias, perder las pagas, las ayudas sociales, el olvido del que manda, cosas así. Y si pierden eso simplemente no podrían hacer frente a su austero día a día. Temen al poder.

Porque cada jornada en el barrio es una aventura. Hay gente encerrada en casa sin poder salir simplemente porque sus edificios no tienen ascensor, otros porque las puertas son tan estrechas que casi les cuesta una obra ir al servicio. Una obra que no pueden pagar. Y así están, a base de chatas. Las he visto. Lavadoras junto a platos de ducha, peligrosos cableados en paredes húmedas y desconchadas, baldosines abombados que cobijan a tantas cucarachas que salen a pasear en pleno invierno. Madre mía, cuando llega el calor y los 40 grados del estío.

La situación es tan grave que el Banco de Alimentos facilita comida a cerca de 900 usuarios. Casi 200 familias. Cáritas, las Hermanas Teresianas, la Coordinadora de Pérez Cubillas, la Hermandad de la Salud, Cruz Roja, la Fundación Valdoco dan constante apoyo a los vecinos.

Llama la atención que el problema de la vivienda sea tan llamativo en un barrio donde el Ayuntamiento posee 94 casas, la mayoría de planta baja. Desde que en pleno franquismo se construyera la barriada más bien poco se ha hecho. Han pasado unos cuantos alcaldes democráticos: José Antonio Marín Rite, Juan Ceada, Pedro Rodríguez y ahora Gabriel Cruz. En más de un cuarto de siglo, que recuerden, sólo han pintado una vez y ahora acaban de arreglar 8 casas, que destacan blanqueadas y decentes, dignas, entre todas las demás después de una inversión municipal de 260.000 euros. Para el resto no hay calendario de actuación ni presupuesto comprometido. Todavía recuerdan por aquí cuando un concejal del anterior equipo de Gobierno dijo que era mejor hacer casas nuevas que arreglar las existentes.

Carmen nos invita a pasar. Confía en Pepe Aroca, algo así como el ángel de la guarda de la barriada. Él lleva los domingos la comunión a muchos vecinos creyentes e impedidos. Está atada a una bombona de oxígeno y le cuesta hablar con soltura. Quiere que veamos la casa, tan estrecha que cuesta moverse y cruzarse en su interior y con 1,70 de altura incluso te das en los techos de algunas zonas. Antes de irnos le pide a Pepe que le traiga cosas, alimentos, geles, algo que le alivie sus necesidades más perentorias.

Lo mismo pasa en casa de Antonio. Está viendo la tele en un saloncito, con una estufa de esas de aceite, más seguras que las de filamento. Nada más entrar le pide a Pepe el spray. “Me asfixio”, sabe. Y esto me da aliento. Su deseo para año nuevo es que le arreglen la casa. “No sé si lo veré”, dice.

Pero todos tienen fotos colgadas, colocadas en los rincones, de niños que crecieron y que ya no caben en las casas, de nietos en edad colegial. A los que todavía tienen que ayudar a sobrevivir con sus pequeñas pagas que no llegan ni a 600 euros.

El colegio, la educación. Otro de los asuntos que preocupa, y mucho, a los colectivos que trabajan en el barrio. Las tasas de fracaso y abandono escolar son de las más altas de Huelva y de Andalucía. No son las únicas, también encabezan las estadísticas de paro, pobreza energética y otras que no se hacen para no desvelar las verdades del barquero.

En la habitación de Paula cuelga un bonito y decorado cartel dedicado a nuestra Constitución con las siguientes leyendas: En mi escuela somos compañeros; Los juguetes siempre se comparten; Y lo dejamos todo ordenado; Al hablar, la mano levantamos y el turno respetamos; Cuando salimos, de la mano y en orden; Y los papeles, a la papelera. Para que todo marche bien estas normas cumpliré, subraya Paula.

Quizás, por cosas como esta, los vecinos cuentan que allí la integración social es un hecho palpable.

En su habitación, muñecas de trapo, peluches, juegos de mesa y un armario con su ropa, no muy grande, más bien un armario cubrepolvo. Un par de zapatillas sencillas y marrones, como el color de los ojos. Y un montón de dignidad. Porque en casa de Paula huele a dignidad. A qué no saben a qué huele la dignidad: a flores, a fruta, a pan recién sacado del horno, a caldo de puchero, a café calentito, a sentimientos y recuerdos.

Si los ancianos lo tienen complicado para vivir en el barrio, los niños y los jóvenes no digamos. Ni una sola infraestructura cultural, ni biblioteca, nada que se le parezca. Bueno un bajo, un local, con wifi, ordenadores, un Guadalinfo donde comparten tecnología y chat los chavales y las chavalas, los inmigrantes para hablar con sus familias allende los mares.

Lo regenta Valdoco. Paco Fernández, monitor de la instalación, da fe del uso que le dan los jóvenes. Él oye sus inquietudes, sus problemas y también ve el futuro que les espera. Y no le gusta un pelo. “Les hace falta mucha ayuda, apoyo para salir de la apatía”, concluye.

El único lugar que había disponible para este tipo de instalaciones lo ha cedido el Ayuntamiento a la hermandad. “Así se quitan un problema, que no pidamos que hagan un centro social”, piensan muchos vecinos. Eso sí, no falta una peña del Recre, El Milenio. Ahí sí que viene el alcalde, dicen.

Uno de los pocos asideros que tenía la barriada era la puesta en marcha del Plan Integral de Pérez Cubillas. Fue aprobado por unanimidad en el Ayuntamiento de Huelva hace meses a iniciativa del PP pero no se ha cumplido.

No es la primera vez que esto ocurre. Ya en 2009, IU presentó esta misma propuesta para que Pérez Cubillas fuera declarada como Zona con Necesidades de Transformación Social. La propuesta también fue aprobada por unanimidad en el Pleno del Ayuntamiento de Huelva.

Una declaración de estas características (Zona con Necesidades de Transformación Social) por parte de la Junta de Andalucía cambiaría el barrio. Otra vez lo ha propuesto Izquierda Unida. Supondría la implantación de medidas integrales en beneficio de la población residente, en todos los aspectos de su vida diaria y con especial atención a la generación de empleo, a combatir el absentismo y el fracaso escolar, a acabar con la situación de infravivienda que sufren sus habitantes y a luchar contra la exclusión social. Parece que a la unanimidad le falta voluntad.

Pepe Álvarez, como la Coordinadora de Pérez Cubillas, creen que hay que cambiar la imagen del barrio y hasta ahora todos los gobernantes han pasado de largo y de puntillas.

Los fosfoyesos y la marginación social ahogan al barrio de Pérez Cubillas