jueves. 29.01.2026
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Huelva llora unida a sus víctimas en una misa funeral que detuvo el latido de la ciudad

El Palacio de Deportes Carolina Marín se convirtió en un espacio de silencio, fe y abrazo colectivo para acompañar a las familias en su dolor

Imagen de la misa funeral en homenaje a los fallecidos en el accidente de tren de Adamuz.
Imagen de la misa funeral en homenaje a los fallecidos en el accidente de tren de Adamuz.
Huelva llora unida a sus víctimas en una misa funeral que detuvo el latido de la ciudad

Huelva se detuvo. Callaron las calles, bajaron la voz los gestos y el tiempo pareció suspenderse para despedir a las víctimas del trágico accidente ferroviario que ha marcado para siempre la memoria de la ciudad. Miles de onubenses, rotos pero unidos, se congregaron este jueves para compartir el dolor de las familias y arroparlas en una misa funeral cargada de emoción, recogimiento y profundo respeto, en la que el sufrimiento individual se transformó en duelo colectivo. Hasta la lluvia hizo acto de presencia, como metáfora de las lágrimas Huelva ha derramado por los suyos. 

La ceremonia se celebró en el Palacio de Deportes Carolina Marín ante la presencia de 4.350 personas, presidida por la Virgen de la Cinta, patrona de la ciudad, y por la cruz bendecida por San Juan Pablo II durante su visita a Huelva en 1993, dos símbolos que acompañaron a las familias en uno de los momentos más difíciles de sus vidas y que reforzaron el carácter histórico y emocional del acto.

A la misa funeral asistieron Sus Majestades los Reyes de España, Felipe VI y Letizia Ortiz, que llegaron al recinto minutos antes del inicio de la celebración y fueron recibidos por el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra. Junto a ellos estuvieron presentes la vicepresidenta primera del Gobierno de España, María Jesús Montero; los ministros Luis Planas y Ángel Víctor Torres, el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno; el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, así como numerosas autoridades civiles, militares y representantes institucionales.

Imagen de la misa funeral en homenaje a los fallecidos en el accidente de tren de Adamuz.
Imagen de la misa funeral en homenaje a los fallecidos en el accidente de tren de Adamuz. /Antonio Bendala

Al inicio de la celebración de la misa se interpreto el himno nacional de España.

La misa funeral ha estado presidida por el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, y ha sido concelebrada por otros tres prelados: el presidente de la Conferencia Episcopal EspañolaLuis Javier Argüello García; el obispo emérito de Huelva, José Vilaplana Blasco; y el obispo de Córdoba, Jesús Fernández González.

Junto a ellos concelebrarán más de un centenar de sacerdotes diocesanos, procedentes de distintas diócesis, entre los que se encuentra el párroco de Adamuz, Rafael Prados, localidad especialmente golpeada por la tragedia.

La homilía, pronunciada por el obispo de Huelva, puso el acento en el acompañamiento, la esperanza en medio del dolor y la necesidad de no dejar solas a las familias en un momento tan devastador.

El obispo de la Diócesis de Huelva lanzó su homilía que reproducimos de forma íntegra a continuación. 

Majestades; hermanos obispos, sacerdotes, diáconos y seminaristas; autoridades del Gobierno de la Nación y de nuestra Comunidad Autónoma; alcaldesa de Huelva y alcaldes de otros pueblos; autoridades judiciales, militares y académicas;

y un saludo muy especial a vosotros, queridas familias, que estáis sufriendo la pérdida de un ser querido.

También a quienes se unen en oración a nuestra celebración a través de los medios de comunicación social.

Hermanos y hermanas todos, amados por el Señor:

Hoy nos reunimos con el corazón abatido. La tragedia del accidente ferroviario en Adamuz ha irrumpido en nuestras vidas como un golpe inesperado, dejándonos sumidos en el duelo por las víctimas mortales y con la preocupación por los heridos y sus familiares. A vosotros, sus seres queridos, deseamos abrazaros con respeto y expresaros nuestra cercanía y nuestro pésame. Queremos rezar por los que han muerto, para que Dios les conceda el descanso eterno y los abrace en su infinito amor.

Majestades, en vuestra presencia reconocemos un gesto de cercanía y solidaridad con las familias de las víctimas y con toda la sociedad de Huelva, Andalucía y de toda España, conmocionada por esta tragedia. También a las demás autoridades y a quienes prestan su servicio a la comunidad agradecemos su presencia en estos días de dolor compartido.

Imagen de la misa funeral en homenaje a los fallecidos en el accidente de tren de Adamuz.
Imagen de la misa funeral en homenaje a los fallecidos en el accidente de tren de Adamuz. /Antonio Bendala

Estamos aquí porque el sufrimiento humano necesita ser acompañado, y porque creemos que, incluso en la noche más oscura, levantando los ojos a Dios podemos vislumbrar un rayo de luz y de esperanza. Dios nos habla en muchas ocasiones y de muchas maneras, como lo hizo con su pueblo elegido, y ahora nos dirige su palabra por su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, la Palabra hecha carne.

La Palabra de Dios no ignora el sufrimiento de su pueblo. El libro de las Lamentaciones, que hemos escuchado en la primera lectura, nace de la experiencia de un pueblo devastado y desconcertado:

«He perdido la paz, me he olvidado de la dicha… Recordar mi aflicción es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello, estoy desolado», dice el profeta.

Estas palabras podrían ser hoy las nuestras. Son las lágrimas de quienes han perdido a sus seres queridos; el sentimiento de muchas comunidades cristianas y de la propia sociedad española, que no encuentra explicaciones fáciles ni respuestas rápidas.

Pero en medio de ese lamento, la Sagrada Escritura nos ofrece un mensaje: el dolor no es falta de fe. La pregunta, la queja, incluso el silencio, caben en el corazón creyente. Dios no desaprueba nuestro llanto ni nuestras preguntas; al contrario, las acoge. El dolor de las víctimas y de sus familias no es un dolor anónimo: ha sido visto, escuchado y recogido por el Señor. Dios no es indiferente al sufrimiento; camina con nosotros cuando atravesamos cañadas oscuras. Por eso, como sigue diciendo la Palabra escuchada, hay algo que traigo a la memoria, y por eso esperaré:

«Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia».

El Evangelio proclamado nos lleva hoy al Calvario. «Al llegar la hora sexta, toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona». El Evangelio no disimula la oscuridad, no suaviza el drama. Hay tinieblas, hay un grito, hay muerte. La exclamación de Jesús —«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»— es también la voz de todo ser humano que experimenta la pérdida inesperada y el vacío que deja la muerte. Dios mismo, en su Hijo, ha pronunciado ese grito.

Y es precisamente allí, al pie de la cruz, cuando un centurión, un hombre pagano, al ver morir a Jesús, dijo:

«Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

Esta confesión de fe no nace del éxito ni de la gloria, sino de descubrir en el Crucificado el amor llevado hasta el extremo, incluso cuando todo parecía perdido.

Pero el relato no termina con la muerte de Jesús. Hemos escuchado también el anuncio que cambia la historia:

«No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí».

Y esto nos atañe a todos nosotros, porque —como nos dice san Pablo— «si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él» (Rm 6,8). Por eso creemos que las personas por las que hoy oramos no se han perdido en el sinsentido de una muerte inesperada. Sus vidas, sus nombres y sus historias están ahora y para siempre en las manos del Dios de la Vida.

Hoy, en este funeral diocesano, queridas familias, venimos a incorporar el nombre de quienes han perdido su vida y vuestro propio dolor al sacrificio de Cristo. Para que, aun desde el sufrimiento, como dice la carta a los Hebreos, «cobremos ánimo y fuerza los que buscamos refugio en él, aferrándonos a la esperanza, que es para nosotros como ancla del alma, segura y firme» (Heb 6,18-19).

En este momento de dolor, queremos también dar gracias. Gracias a quienes acudieron los primeros, a los vecinos de Adamuz, a los equipos de emergencia, sanitarios, fuerzas de seguridad, voluntarios y personal de apoyo. Gracias a quienes han acompañado con una presencia discreta y cercana: sacerdotes, religiosas y tantas personas que han ofrecido tiempo, escucha, recursos y oración. En cada gesto de ayuda hemos podido percibir un reflejo de la compasión de Dios.

Y junto a la gratitud nace también un compromiso. Porque el sufrimiento de estas familias no termina cuando se apaguen los focos o se acallen las noticias. Acompañarlas en su duelo y reparar las consecuencias del daño recibido será una tarea larga y exigente. Compromete a la sociedad entera y también a quienes tienen responsabilidades públicas. Es necesario esclarecer la verdad de lo ocurrido y actuar con justicia, para que su sacrificio no sea olvidado y para que, en la medida de lo posible, se eviten tragedias semejantes en el futuro.

Ponemos todo lo que somos y todo lo que hoy nos duele bajo la mirada maternal de María, la Virgen de la Cinta, nuestra Madre y Patrona, a quien Huelva ha acudido siempre en los momentos de gozo y de aflicción.

Santa María, Virgen de la Cinta,

acoge bajo tu amparo a quienes han perdido la vida

y preséntalos a tu Hijo.

Consuela a las familias que lloran

y sostiene a quienes se sienten abatidos.

Virgen fiel, que permaneciste al pie de la cruz,

enséñanos a confiar, incluso en la noche del dolor,

en la promesa de Dios.

Virgen de la Cinta,

ruega por nosotros.

Amén.

Con especial atención pastoral, se ha previsto la participación de 336 familiares de las personas fallecidas, que ocuparon un lugar preferente en la pista del Palacio de Deportes Carolina Marín. Este espacio ha sido habilitado gracias a la colaboración de la Diputación Provincial de Huelva, que ha facilitado más de 500 sillas, garantizando un entorno adecuado, digno y respetuoso para las familias en un momento de profundo dolor.

Precisamente, algunas fotografías de los fallecidos se encontraban juntos a sus familiares y amigos, como gesto inequívoco de recuerdo eterno. 

Imagen de la misa funeral en homenaje a los fallecidos en el accidente de tren de Adamuz. / Antonio Bendala
Imagen de la misa funeral en homenaje a los fallecidos en el accidente de tren de Adamuz. / Antonio Bendala

La misa funeral se desarrolló bajo un amplio dispositivo de seguridad, movilidad y atención sanitaria coordinado por la Diócesis de Huelva, el Ayuntamiento de Huelva y los servicios de emergencia, sin que se registraran incidencias.

Antes del final de la misa, Liliana Sáenz, representante de las familias de los fallecidos subió al altar y quiso expresar sus emociones vividas, amén de agradecer a toda Huelva. 

Lectura íntegra: 

Majestades, excelentísimas autoridades civiles

y eclesiásticas que nos acompañáis…

Hoy, cuando el vendaval que recorre nuestro interior parece intentar calmarse, queremos empezar estas palabras dando las gracias.

En primer lugar, gracias a nuestra diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre, en su advocación cinteña.

Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo.

Gracias a los que nos acompañáis por amor, por compasión, por empatía… Gracias, incluso, a los que lo hacéis por agenda.

Gracias al pueblo de Adamuz, ese pequeño rincón que nunca olvidaremos y que nunca olvidará, así como a la ciudad cordobesa, a los que nos sentimos y nos sentiremos unidos para siempre… Sin pensar en las consecuencias, no dudaron en sumirse al caos de los hierros retorcidos, de la sangre, del dolor y de las lágrimas.

Acompañaron a nuestros heridos hasta que estuvieron seguros de que estaban a salvo y luego nos acompañaron en nuestro lamento… Pusieron a nuestra disposición el sustento y el cobijo de esos amargos días, pero, sobre todo, pusieron todo su cariño, su entrega y su deseo de hacer que ese duro momento doliera un poco menos.

Gracias a los cuerpos de seguridad y emergencias que acudieron prestos, como siempre, a la llamada… Hicieron lo que pudieron con la información y los medios de los que disponían… Gracias por vuestra empatía, vuestra cercanía y vuestro afecto en los días posteriores.

Gracias a la sanidad andaluza, sin duda sostenida por los profesionales que la integran. Yo sé lo que es volver a casa de una guardia mala y abrazar a tus hijos porque sabes que alguien ya nunca podrá volver a hacerlo con el suyo. Yo sé lo que es intentar sanar el cuerpo de alguien que tiene el alma herida de muerte… Tuvo que ser durísimo, compañeros. Gracias.

Gracias al personal y voluntarios de Cruz Roja, que no han soltado nuestra mano en ningún momento…

Si no puedes curar, alivia.

Si no puedes aliviar, consuela.

Si no puedes consolar, acompaña.

Gracias a nuestras instituciones autonómicas, que se pusieron de frente desde el minuto cero, soportando el caos y los envites de nuestra propia angustia… Permitidme, no obstante, una crítica a la lentitud de la información, pues, creedme, es mejor saber que imaginar.

Gracias también, como no, a las pequeñas corporaciones locales cuyos vecinos iban corriendo la voz de que algo grave estaba azotando los cimientos de la comunidad y sintieron nuestro quebranto como el suyo propio… Querida Pilar, queridos alcaldes… Habéis demostrado que hay que ser grandes como personas para poder ser grandes como servidores públicos.

Y gracias, infinitas gracias, a Huelva, nuestra querida ciudad bendecida por el sol, que no ha dejado de arroparnos de una forma extraordinaria, haciéndonos llegar la grandeza de su amor y su propio dolor, intentando así que el nuestro fuera un poco menos desgarrador.

Y así han ido pasando los días y el dolor va dejando paso a los recuerdos, y nuestro corazón, aún con la misma espada clavada, empieza a esbozar pequeñas y tímidas sonrisas cuando mil estampas pasadas irrumpen continuamente en nuestra mente.

Yo tendría algo más de pocos años cuando un día le pregunté a mi madre:

“Mami, ¿tú cuánto dinero ganas?”

Supongo que sería algo que hablábamos entre chiquillos.

“Lo justo, cariño” —me dijo ella— “porque lo que queda en mi cuenta a final de mes no es mío”.

“¿Y de quién es, mamá?”, le pregunté porque no lo comprendía.

“De los demás”, me dijo ella.

Así era mi madre… Generosa con todo lo que tenía, generosa con sus ganas, generosa con su tiempo, generosa con sus sonrisas… Así era ella.

Y es que lo que perdimos ese fatídico domingo 18 de enero no era solo una cifra… Eran vagones llenos de virtudes y defectos, eran vagones llenos de triunfos y derrotas, eran vagones llenos de anhelos y silencios… Eran vagones llenos de esperanza.

Porque ellos no solo son los 45 del tren…

Ellos eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos…

Ellos no solo son los 45 del tren…

Ellos eran la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas…

Ellos no solo son los 45 del tren…

Ellos eran la ilusión de buscar un futuro mejor, la alegría de disfrutar momentos en familia o el deseo de volver con nuestros seres queridos… Ellos eran eso que ya nunca serán…

Porque ellos no son solo los 45 del tren. Ellos eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estamos dando cuenta.

Ellos no son solo los 45 del tren…

Pero son los 45 del tren.

Y nosotros… nosotros somos las 45 familias a las que se les paró el reloj a las 19:45 de aquella fatídica tarde.

Somos las 45 familias que se abrazaron en aquel centro cívico, donde el paso del tiempo se iba inundando de silencio y el silencio iba dejando paso al llanto cuando empezamos a comprender, en el lento avance de las horas, que volveríamos sin ellos.

Somos las 45 familias que han aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer y el beso que no damos es el que más recordamos.

Somos las 45 familias que cambiarían todo el oro de este mundo, que ahora no vale nada, por poder mover las agujas del reloj tan solo 20 segundos.

Y también somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad, porque solo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará.

Sabremos la verdad, lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio, desde la paz de saber que…

En los brazos de la Virgen

ahora duermen,

y el regazo de una Madre que los quiere

es quien los mece.

Virgencita de la Cinta,

patrona de este gran pueblo,

dales paz, serenidad,

descanso eterno.

Virgen bella, Virgen guapa,

no los sueltes de tu vera,

que no sientan el dolor,

que no sientan la miseria.

Que el amor y la verdad

los cobije para siempre

y en el abrazo de Dios

la vida venza a la muerte.

Madre de la Almudena,

Virgen que guía el camino,

llévales el beso mudo,

ese adiós que no les dimos.

Remedios, Madre querida,

Reina del Aljaraqueño,

bríndales tus firmes manos,

que ya nunca tengan miedo.

Madre del Amor Hermoso,

Reina de la Victoria,

Dolores del negro luto,

concédeles Tú la gloria.

Y guía también nuestras vidas,

humilde Virgen del Sol,

y que la misericordia

lata en nuestro corazón.

Haz que cese este dolor,

Virgen Morena del Carmen,

llévate esta cruel espada

con la espuma de los mares.

Y Tú, Virgen del Rocío,

la que alumbra mis desvelos,

la que siempre me acompaña

cuando me rompo por dentro,

abraza sus corazones

y llévales un suspiro

con una canción de amor

por los años compartidos.

Diles que tenemos paz

y que seremos valientes,

que el odio no nacerá

en la rabia que nos crece.

Que volverán las sonrisas

y seguiremos viviendo,

y este amor no morirá,

vivirá de sus recuerdos.

Diles Tú, Blanca Paloma,

Pastora de la Rocina,

que siempre los sentiremos

con el sol o con la brisa.

Y que con fe esperaremos

a que llegue ese momento

en el que Dios nos abrace

y así volvamos a vernos.

Descansen en paz.

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Los reyes dieron el pésame a las familias de los fallecidos. 

El acto concluyó entre el silencio y la emoción contenida, dejando una imagen imborrable de una ciudad herida pero unida, que supo convertir el dolor en abrazo y la tragedia en memoria compartida.