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El prestigio europeo del médico serrano Mauricio Domínguez-Adame

El prestigio europeo del médico serrano Mauricio Domínguez-Adame

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La comarca serrana ha parido recurrentemente mentes preclaras, hombres y mujeres que han destacado en diversas facetas y profesiones. Entre ellos, podemos mencionar a Mauricio Domínguez-Adame, médico cirujano nacido en Valdelarco el 22 de septiembre de 1861 y fallecido en Sevilla en octubre de 1928, considerado uno de los mejores exponentes de la medicina, no sólo sevillana o española, sino también europea en su época. Podemos hoy recordar su trayectoria gracias a las menciones que hace el investigador zufreño Santiago González Flores en sus redes sociales y a las investigaciones de Josefa Roso, responsable de la biblioteca y archivo de la Real Academia de Medicina de Sevilla.

Su vida en su Valdelarco natal no debió ser muy distinta a la de otros niños, salvando la de tener una posición más privilegiada por nacimiento en una familia acomodada, situación que supo aprovechar en beneficio de sus conciudadanos y el bien común de todos. Como reconoció años después en una entrevista, no faltaron en su niñez esas largas tardes infantiles, de correrías primaverales en busca de nidos de mirlas o caza de ranas en los riachuelos próximos al pueblo. Según confesaba, esos recuerdos se le presentaban, casi a diario, en los últimos días de su vida.

En 1878 se reúne con su hermano Francisco en Sevilla, viviendo en una casita de la calle Santa Ana. Le ofrecen una colocación como dependiente de farmacia en la calle Santa María de Gracia y, al mismo tiempo, se matricula en el Instituto para hacerse bachiller en octubre de 1879. Al matricularse se entera que no se llama Mateo, como creía, sino Mauricio, según una partida de bautismo de 30 junio de 1882. Después de cursar los cinco años de bachiller se matricula en Medicina. En 1884 se convierte en alumno disector y estudia la clínica quirúrgica con Antonio Salado, con el cual es nombrado alumno interno. En esta clínica se hacen por primera vez en Sevilla los ensayos de antisepsia.

Con apenas 27 años se licencia en medicina obteniendo, gracias a unas excelentes calificaciones, uno de los Premios Extraordinarios de la carrera. Realiza la tesis en Madrid sobre ‘Matritis crónica’ y en 1889 es profesor encargado de la Policlínica de Ginecología de la Facultad, nombrado el 1 de octubre. En 1892 ya es profesor de Anatomía Descriptiva y el 1 mayo 1897 es nombrado catedrático de Histología y Anatomía Patológica, cátedra que le es confirmada por Real Decreto en 1902. En 1892 oposita a plaza de profesor de número de la Beneficencia Provincial y obtiene el número uno de su promoción. Otros destinos fueron director del Hospital San Lázaro en 1894, de la Sala Santa Ana en 1899, en 1923 de la Sala San José del antiguo Hospital de las Cinco Llagas, el edificio que acoge hoy el Parlamento de Andalucía, o médico del Hospicio Provincial.

La prensa de la época lo calificó como el cirujano estelar de la medicina positivista sevillana, ya que cultivó la patología quirúrgica en general. Como curiosidad, fue el primer cirujano en Sevilla que utilizó en sus intervenciones guantes de goma, iniciando así medidas de profilaxis, limpieza y lucha contra las infecciones en un mundo que comenzaba a dar sus primeros pasos de modernidad.

A primeros del siglo XX, concretamente en el mes de diciembre de 1903, Domínguez-Adame acreditó la práctica de una gastrectomía, una operación quirúrgica en la que se extirpa de forma total o parcial el estómago. Este procedimiento se indica en casos de malestar estomacal que requieran cirugía o para remover pequeños tumores benignos. En la práctica, las principales aplicaciones son úlcera gastroduodenal complicada y cáncer gástrico. Se trataba de la primera vez en España y la cuarta ocasión en Europa en que se hacía una operación de este tipo.

Llegó a intimar con el gran Santiago Ramón y Cajal, que le dedicó su libro ‘Anatomía patológica’, y viajó por toda Europa aprendiendo con los mejores médicos del continente. Fue Presidente de la Real Academia de Medicina, desde 1924 hasta 1928.

Se comenta en algunos círculos que incluso tuvo ocasión de ser propuesto para el Premio Nobel, aunque no se tiene constancia de que llegase a ser candidato a este justo reconocimiento. Un cariño que sí le llego durante su vida y al final de su camino, ya que a su entierro acudió lo más granado de la sociedad sevillana de la época y, sobre todo, “las clases más humildes, los olvidados y anónimos ciudadanos, a los que tanto bien hizo”, según González Flores.

Como colofón al recuerdo realizado por este investigador, se añade la frase que gritó una joven madre, tras el callejón de los pobres, al paso del féretro de Mauricio Domínguez-Adame. Se cuenta que se oyó en aquel momento “…hoy no se entierra a un hombre sino a una forma de entender la medicina en Sevilla, más humana y por encima de todo más leal…”.

Don Mauricio se une a otros reconocidos médicos serranos del siglo XIX y XX, como su hermano mayor y también colmenero, Francisco Fernández Adame, precursor de la ginecología sevillana y Decano de la Facultad de Medicina en esa capital, o Gumersindo Márquez, eminente médico al que Galaroza rindió un recordado homenaje en 1916.