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Rafael R. Costa. La joya onubense de la literatura castellana

Rafael R. Costa. La joya onubense de la literatura castellana

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costa02La pérdida de los lugares de tu infancia dejan un solar tan grande en tu memoria que sólo ella lo puede recomponer. Más o menos esto decía Fernando Iwasaki en uno de sus artículos en relación a la desaparición de nuestra historia urbanística y de la niñez. Por ello, entre otras muchas cosas, el encuentro de esta mañana con Rafael R. Costa ha tenido una carga especial de emoción. Por ello y por su sapiencia literaria, claro está. Rafael nació en aquella Huelva, que no era ni lejana ni rosa, sino muy cercana y de colores tan reales como la naturaleza. Mi zona, mi barrio de la Vega Larga, entre la Plaza de Toros a la Plaza de La Merced. Una Huelva con tardes de cielos morados y tabernas con olor a sifón y aceitunas, y niños emulando a Manolete o a Puskas. Una Huelva que, en su periferia, caía en la noche con el descanso silencioso del campo de batalla. Huérfana de gritos de niños, regadas de sillas en las puertas de las calles humanas y hombres en las terrazas de taburetes de palos en los bares, de niños mirando a los cabezos tornados lúgubres y terroríficos a la salida de la noche, pensando mil contiendas y aventuras diurnas. Quizás en esos cabezos de nuestro Conquero se encuentre la razón de ser de tu “Arqueología Poética”, Rafael. Cansado de excavar en sus laderas arcillas blandas y encontrarte restos de moluscos tan lejos del mar.

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Porque la vida de Rafael R. Costa es una vida de libro de aventuras, una vida que no tiene desperdicio en comparación con la vivencias de los mozuelos del Siglo de Oro español. Rafael renació en Huelva en el año 1.959, El niño nació muerto en una habitación de la casa de la abuela, tras un parto complicado. Ni los baños alternados con agua hirviendo y helada o los pinchazos con agujas o voltearlo cogidos de las extremidades desde las alturas al colchón sirvieron de nada. El niño Rafael había nacido muerto. Y como tal lo amortajaron con una toalla y lo pusieron en el salón donde estaban los hombres, fumando y bebiendo, encima de una mesa. El cuerpecito sin vida de Rafael. Entre bocanadas de virutas grisáceas de humo uno de los hombres apenados miró el lío blanco con el recién nacido y tozudo lo deslió y abriéndole la boquita exhaló una carga de nicotina en sus pulmones. Y Rafael lloró, respiró, carraspeó. Así comienza una vida rodeada de naturaleza periurbana donde la marisma del río Odiel en su estuario cercano a la Punta del Sebo, emulaba como el Mississipi onubense a nuestro Tom Sayers particular. Rafael, su caña de pescar y sus recorridos por las escombreras donde forjó su primera biblioteca rebuscando entre las tierras y objetos que se tiraban para tapar la marisma y ganarle terreno al mar. Pero nuestro Tom Sayers de Las Colonias, entre baños secretos en esas malditas aguas que cada año se llevaba invariablemente a algunos chicuelos y compañeros de correrías, deja de entrever su osadía y su vena artística y con ocho años crea “el Periódico de La Barriada de La Navidad”, donde entrevista a los vecinos, relata las noticias del barrio y, en ocasiones, hace de reportero. Las guerras infantiles en esa zona de Huelva no tenía en aquella época nada que envidiar a las americanas y portorriqueñas. Eran brutales, sanguinarias, animalescas. Un mal día, la crónica de la guerra anunciada reúne en los viejos depósitos del Almacén de Madera, a la banda de golfillos de la Barriada de La Navidad contra sus enemigos telúricos y ancestrales del Molino. Rafael ni corto ni perezoso va a el lugar y antes de la contienda entrevista a los dos jefes rivales y se sienta en lo más alto de la nave para presenciar la contienda a fin de poderla narrar fidedignamente en su periódico al día siguiente. Así era la vida. Así era esa Huelva ignota.

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Así, como el escritor y poeta dice, su vida en Huelva gira en tornoa tres lugares fundamentales. La inicial de La barriada de La Navidad, La de La Plaza de la Merced y las horas de la tarde en la taberna de “La Sin nombre” y la de la antigua Plaza de Abasto con Casa Miguel como abanderado. Aquella Huelva que se le antoja con un cielo más azul, un aire más limpio y la gente más bajita. Pero el niño Costa deja sus sueños obligado por las obligaciones académica y tras pulular por academias de la cercanía hace el bachiller elemental y ya a los catorce años lo matriculan en el colegio Salesianos donde los curas intentan poner un poco de orden donde la anarquía reinaba con mágico liberalismo. Por ello, pasó pronto al instituto Alonso Sánchez donde pudo volver a respirar entre cabezos y a soñar con la escritura y el dibujo. En esta época funda con unos amigos el grupo Reloj de Viento y en él, a los diecisiete año, publica su primer poema. Ese año también gana el 1º Concurso de Poesía del Centro, con la Estatua de Colón como musa, y que le reportó la cantidad de mil pesetas. Sin embargo, sobre ese tiempo su padre le compró una Olivetti portátil y con ella se sumergió en la prosa llegando a escribir hasta veintinueve páginas de su primer ensayo novelístico

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Pero Rafael R. Costa siempre ha llevado dentro de sí la sombra de Tom Sayers. Necesita respirar contínuamente, volar, sentirse libre. Así a los diecinueve años se marcha a Alemania, a Nuremberg y su vida transcurre entre la pintura y la escritura para ganarse unos marcos que le permitieran comer y dormir. Pero el Servicio a la Patria le iba a llamar y premiar con una milicia de año y medio en Canarias al servicio estricto de la Policía Militar. Paradojas de la vida, un espíritu rebelde vestido de implacable uniforme de autoridad y rectitud militares. Una vez terminada la milicia obligatoria vuelve a Huelva para marcharse inmediatamente a París intentando vivir como el poeta maldito de Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, de la poesía y el dibujo. Quizás el hambre le abre los ojos y vuelve a su ciudad el tiempo justo para embarcarse con destino a Sudáfrica con un grupo de trabajadores cualificados para trabajar en una central nuclear. Tenía veintidos años y el destino azaroso y algo truculento hizo que pudiera estar seis meses por aquellas lejanas tierras. Pero aparte del peligroso trabajo, muy bien remunerado por cierto, Rafael no dejó de pintar y compòner poemas. Incluso le tradujeron uno al Zulú. De vuelta a Huelva hace unas oposiciones a la Casa de La Cultura y las aprueba estando trabajando en ella durante cinco años. Y se inicia con los ochenta una rica fase de premios literarios. En 1982 queda finalista del Juan Ramón Jiménez con Cobos y Camacho. Un año más tarde gana el primer Premio del Club de Escritores Onubenses con Zirea, que es un libro que le abre una nueva ventana a la poesía con un corte más surrealista o lírico, según la crítica. Sigue su periplo triunfador con “El Lupanar. 23 galantes poemas” y antes de marcharse a Madrid gana el José María Morón con “El Coleccionista”.

Nada más llegar a Madrid gana el premio Pablo Neruda con “Poemas Atlánticos”y el Ciudad de Petrx con un libro sobre Isabel de Gonzaga. Madrid se convierte durante veintisiete años en lugar de residencia, pero su carácter ambulante le hace viajar constantemente. Bien por conocer otros lugares, bien recorriendo España con el grupo de recitales poéticos donde se había incorporado con Martín Gaite y Sánchez Ferlosio. su familia literaria. Para Rafael R. Costa, la literatura es una forma de vivir. “Yo no estoy en la literatura para ganarme la vida. Estoy para perderla”, sentencia. Cuando le pregunto por la diferencia entre la novela y la poesía lo tiene muy claro. Un poema es una explosión que puede surgir en cualquier momento. La novela, en cambio, exige una disciplina. Es como un remero de la película de Ben-Hur, encadenado,sometido a los latigazos de los vigías. Esa disciplina la tiene muy clara y sabe que cuando se enfrenta a una novela su forma y hábito de vida cambia radicalmente sometiéndose a esta. La novela. Él, por encima de todo, se siente escritor. Un escritor que en su etapa capitalina sigue acumulando premios. En 2004 gana el Ciudad de Irún con el “Caracl de Byron”, que se va a convertir en su primera novela publicada. En 2005 gana también el Premio “Onuba” con “El niño que quiso llamarse Paul Newman” y ese mismo año queda finalista del Premio Café de Gijón de Novela. En 2007 se queda finalista del Premio Planeta por dos ocasiones, pues se presenta al “Planeta Casa América” con la novela “El interpretador de sueños” y al “Planeta Barcelona” con “El cráneo de Balboa”. Todo un sueño que ningún escritor español o sudamericano ha podido conseguir.. Dos novelas suyas entre las diez primeras. El nombre de Rafael R. Costa consigue su peso en el difícil panorama literario castellano y en 2.012 publica en Amazón una novela con un éxito considerable, vendiendo más de mil ejemplares al mes. Posteriormente una editorial de Miami se hace con los derechos de las mismas y realiza dos ediciones de ellas en papel. Más tarde la misma novela es fichada por Espasa Planeta. Más tarde llega a publicar diez más con un importante éxito.

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Y ahora de nuevo en su Huelva para presentarnos este miércoles, a las 7,30 de la tarde, en la librería La Dama Culta, su última obra. “Arqueología Poética”. Según sus palabras se diferencia de la antología porque en ésta se recogen las pieza antiguas hasta llegar a las nuevas , mientras que la arqueología es una excavación literaria de las primeras capas hasta llegar a las más antiguas. Esto es desde los últimos versos hasta los más primitivos o escondidos en su historia personal y literaria. Y ellos van desde el 2.017 hasta el año 1,982 con un total de unos ochenta poemas. Para Costa, todas la novelas son una historia de amor. Amor entre el escritor y el manuscrito. La poesía, sin embargo, son lugares comunes que conforman el ser humano como la soledad, el amor…En él, asegura, hay más melancolía que divertimento. Es una forma de interpretarte; como si fueras al psicoanalista. Soy el resultado de todo esto.

Rafael me mira y sonríe cuando vuelvo a hablarle de Huelva. Se siente cómodo hablando de ella, recordando etapas del ayer, analizando lo que ve hoy. Se sincera y me dice que cuando vuelve no termina de asentarse. Se siente de paso. Y sin embargo, reconoce lo positivo que contempla. El acercamiento de la ciudad a la Ría, la mayor vida cultural, cuantitativamente hablando con numerosos eventos literarios. Una ciudad que ha dejado de ser de la exclusividad de unos cuantos y de unos pocos y típicos temas para convertirse en una cosecha que puede dar muchos y buenos frutos. Pero sigue siendo realista cuando mira trás los cristales de la librería y susurra que se siente en ocasiones huidizo aquí, desubicado. Huelva, urbanísticamente, se está convirtiendo en una ciudad fea, sin personalidad, vulgar, donde las calles y casas que formaron sus señas de identidad han sido arrasadas.

Pero vuelve a mirarme y con un gesto cómplice me dice sin decir que nos vendría bien un cigarrillo. En la calle el aire es frío. Una bocanada de humo, como aquella que le trajo la vida, se esparce rápidamente. Se atusa con la palma de la mano su poblado mostachón y termina diciéndome mientras me aprieta la mano que ve con optimismo el futuro, con muy buenas expectativas, con mucha fuerza literaria y con una proyección mayor de lo esperado. Me despido de él hasta el miércoles. Hoy he conocido a un Escritor…y de Huelva.

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