jueves. 23.05.2024
El tiempo
Opinión

La minería y el agua en la provincia de Huelva (I): Dimensión temporal y espacial

Juan D. Pérez Cebada y Félix Talego, profesores de las universidades de Huelva y Sevilla y Coordinadores del “Mapa de conflictos ambientales mineros de Andalucía y Portugal”, abren el debate sobre la contaminación de los recursos hídricos en la provincia.
La minería y el agua en la provincia de Huelva (I): Dimensión temporal y espacial

La minería y el agua en la provincia de Huelva: I Dimensión temporal y espacial

Juan D. Pérez Cebada y Félix Talego*

* Profesores de las universidades de Huelva y Sevilla y Coordinadores del “Mapa de conflictos ambientales mineros de Andalucía y Portugal”

La controversia actual sobre la construcción de la presa de Alcolea, que gira en torno a la utilización para riego de agua afectada por contaminación ácida y de metales pesados, ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el grave y complejo problema del agua en Huelva y su relación con la actividad minera.

Cobra especial relevancia esta cuestión si tenemos presente el proceso de reactivación minera en Europa en el que se inserta y en el que Andalucía (y esta provincia) juegan un destacado papel. En ese sentido, para abordar adecuadamente los efectos de la contaminación minera a largo plazo y su estrecha relación con los procesos de globalización es conveniente situar adecuadamente en el espacio y en el tiempo este problema.

Para empezar, y como pone en evidencia el proyecto internacional que coordinamos desde la Universidad de Huelva, los problemas de contaminación en general, y los de contaminación hídrica en particular, son consustanciales a la explotación minera.

Surgen con fuerza en la segunda mitad del siglo XIX, cuando llega el gran capital minero internacional en el contexto de la primera globalización del capitalismo. La conversión de la provincia en un nodo logístico internacional suministrador de materias primas estratégicas (cobre, azufre, manganeso, etc) iba asociado a la promesa de que Huelva se transformaría en un centro industrial de primer orden. Se hablaba entonces con triunfalismo de la “California del Cobre”.

La inusitada extracción minera provocó graves problemas de contaminación atmosférica, que derivaron en el “Año de los Tiros” en 1888 y, para lo que aquí interesa, de aguas. Las cuencas de los ríos Guadiana, Odiel y Tinto en Huelva, más las del Guadiamar y Ribera de Huelva en Sevilla, se vieron inmediata e irreversiblemente afectadas, con consecuencias directas en otras actividades económicas. Así, por ejemplo, la conclusión de una comisión oficial creada ad hoc en 1877 era que “existe un grave daño…que las aguas vitriólicas causan en la ganadería y en la industria pesquera”. De hecho, hubo una acalorada controversia pública sobre las “aguas agrias”, similar significativamente a la que en aquel tiempo se desarrolló en el Alentejo portugués sobre las “aguas da morte”.

Precisamente, la simultaneidad de estos problemas a ambos lados de la Raya obliga también a situar este fenómeno en sus correctas dimensiones espaciales.

La Faja Pirítica Ibérica, separada por una frontera política, es, sin embargo, un mismo ámbito geológico que, en un corto espacio de tiempo sufrió severos impactos de drenaje ácido de mina en sus cursos de agua. Las manifestaciones de protesta y los juicios se sucedieron desde fechas muy tempranas, tanto en la parte española como en la portuguesa, y en algún caso incluso como conflicto internacional: en 1928, por ejemplo, hubo tensiones diplomáticas entre ambos países relacionadas con los efectos negativos sobre la pesca de bajura de los vertidos mineros al Guadiana.

Conflictos que son, en realidad, la manifestación de un problema que a finales del siglo XIX es ya global: los procesos de degradación de las aguas mineras y las consiguientes tensiones sociales y políticas se extienden por todas las grandes cuencas de minerales de Europa (Gran Bretaña, Alemania, España…), América (Estados Unidos, Canadá…) e incluso Asia (Japón…). Es significativo que, a pesar de su gravedad, los problemas de contaminación atmosférica de la minería fueron reduciéndose ya en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, la existencia de metales pesados y la acidificación de la red hídrica siguen estando muy presentes, porque sus efectos sobre el agua son muy difíciles y costosos de corregir y pueden continuar durante siglos.

La gravedad de la contaminación por metales pesados en las aguas ácidas se debe a que están diluidos y a que no son biodegradables. Esta doble condición facilita que se adhieran a los tejidos de los organismos, transmitiéndose después por la cadena trófica, produciendo la biomagnificación en los últimos niveles, donde está la especie humana. Algunos metales son necesarios para la vida, pero a niveles ínfimos que, sobrepasados, se convierten en tóxicos.

No cabe duda que la contaminación que padecen nuestros ríos desde el último cuarto del siglo XIX no es natural, sino consecuencia de la minería industrial. Así por ejemplo, en el río Tinto, todavía en 1850, el agua entre la Peña del Hierro y la Cueva del Lago, y también en el tramo inferior del río y en su ría, era de buena calidad. Pero el incremento exponencial del arrastre ácido y metálico en las últimas décadas del XIX causó la pérdida de la pesca en la ría de Huelva ya a principios del siglo XX (Olías y Nieto, 2015), y la gente terminó normalizando su calamitoso estado. Pero hoy sabemos que hace 140 años la gente sí denunció la novedad de la toxicidad de sus acequias, fuentes y abrevaderos (Pérez-Guimaraes, 2018).

Para remediar la dilución de los metales pesados habría que lograr su precipitación sólida, algo imposible en la práctica cuando se trata de las cantidades que genera la minería industrial. Es más, como defendía en relación a las soluciones aplicables a la contaminación minera un documento oficial de Rio Tinto Company Lted ya en 1888, lo que en ocasiones es técnicamente posible no es económicamente viable. Por eso, en la actualidad es el gran desafío medioambiental al que se enfrentan especialistas y gobiernos europeos en minas activas o abandonadas desde el Polo Norte hasta el Mediterráneo. En ese contexto, la Faja Pirítica representa un caso de manual de contaminación difusa a medio y largo plazo y uno de los principales, sino el más relevante, de los problemas de degradación ambiental de nuestros ríos, marismas y rías.

Los problemas de contaminación de aguas mineras son siempre poliédricos (sociales, ambientales, políticos, económicos, científico-técnicos…) y afectan a toda la sociedad civil, porque tratan sobre cuestiones que podíamos calificar de transversales.

Cuestiones que, en determinados casos, parecen trascender el tiempo y el espacio. Hace más de un siglo, el onubense Manuel Ortiz de Pinedo defendió en el Senado que en el conflicto relacionado con la contaminación en la cuenca las cuestiones claves eran la salud pública, la propiedad y, sobre todo, la justicia. Hoy hablaríamos de justicia ambiental o, más propiamente, de justicia hídrica.

Básicamente, los especialistas defienden que una adecuada gestión de las aguas, mineras en este caso, debe abordarse en el largo plazo y debe tener en consideración más allá de los intereses, legítimos, de los grupos y actores más poderosos y mejor organizados, el de las comunidades en su conjunto. Por higiene democrática y porque una gestión inapropiada del agua minera es una fuente de tensiones sociales y conflictos. Esa es una idea sobre la que debería girar el debate que, como el de hace más de un siglo, debería ser abierto, público y, en la medida de lo posible, sosegado.

En el siguiente artículo dimensionaremos la contaminación minera de los ríos onubenses, mostrando que supone ya un obstáculo a las posibilidades de crecimiento del regadío y del turismo.

* Profesores de las universidades de Huelva y Sevilla y Coordinadores del “Mapa de conflictos ambientales mineros de Andalucía y Portugal”