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La masacre en el cuartel de Higuera de la Sierra en agosto de 1936

La masacre en el cuartel de Higuera de la Sierra en agosto de 1936

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Las microhistorias de la Guerra Civil en la comarca serrana abarcan numerosas piezas que están estudiando los investigadores serranos y que aportan luz a las razones y sinrazones que imperaron en aquellos trágicos años treinta. Uno de los estudiosos más prolíficos de la zona es, sin duda alguna, el zufreño Santiago Gonzalez Flores, quien, a menudo, divulga en sus redes sociales historias de gran interés que van conformando una red historiográfica imprescindible para conocer a fondo la comarca. La última investigación que ha difundido se centra en el episodio histórico que tuvo lugar en Higuera de la Sierra en los prolegómenos de la Guerra Civil española.

Según cuenta González Flores, hasta comienzos de la década de los años 80 del siglo XX, el cuartel de la Guardia Civil de Higuera de la Sierra lució en su fachada principal una lápida en conmemoración de los sucesos acaecidos al inicio de la Guerra Civil en el acuartelamiento, y en el que perdieron la vida cinco Guardias Civiles y el capitán Juan Peralta. Éste último no formaba parte del acuartelamiento, aunque se unió al grupo al encontrarse de permiso en la villa.

El puesto estaba formado por el cabo Francisco Díaz Martín, natural de Corteconcepción, y los guardias José Bejarano, Alejo Arteaga, Antonio Tejada, José León y Eduardo Florido, que cayó gravemente herido y fue el único que pudo salvar su vida.

Los sucesos se desencadenaron a partir de las 13:10 horas de la tarde del 10 de agosto de 1936, cuando dos camiones procedentes de Riotinto, Nerva y Castillo de las Guardas hicieron entrada en la población con salvas de fusil y escopetas. La investigación de González Flores incluye testimonios de testigos presenciales que apuntan a que, a la altura del Puente de los Cocederos, estallaron dos cartuchos de dinamita, lo que puso tanto en alerta a toda la población por el estruendo de los petardos. Como consecuencia de las explosiones, una vecina del pueblo quedó afectada, perdiendo la audición, según algunos informantes de Higuera.

 

Uno de los camiones tomó rumbo hacia la Plaza de San Antonio, donde algunos vecinos le salieron al encuentro para unirse al grupo, mientras que el otro vehículo se dirigió hacia el acuartelamiento. Probablemente, pensarían que, con toda probabilidad, las fuerzas del cuartel se rendirían, sin mostrar resistencia, y les entregase sus armas, algo que no sucedió.

Al frente de la Columna Minera se encuentra Antonio Molina Vázquez, según se deduce de los expedientes judiciales y carcelarios conservados en diversos archivos. A la llegada al cuartel, según información facilitada por A.R.G., se entabla una serie de misivas entre Antonio Molina y el cabo Francisco Díaz, ya que el capitán Peralta aún no había hecho acto de presencia.

Está claro que las familias de los Guardias Civiles salen del acuartelamiento, aunque distintas versiones discrepan sobre si lo hacen por la puerta principal o por la trasera. El Capitán del Ejército Juan Peralta se une a los Guardias Civiles y asume el mando.

El enfrentamiento fue atroz, quedaron destrozadas ventanas y puertas. Alrededor de las 16:00 horas, los disparos cesaron y pudo comprobarse que en el interior del Cuartel yacían los cuerpos de los que allí se encontraban. Sobre uno de los muros del patio trasero se encontraba el Guardia Eduardo Florido, gravemente herido, que pudo salvar su vida.

El recuerdo de este episodio de las primeras escaramuzas de la Guerra Civil en la Sierra se materializó en un pequeño panteón en el cementerio municipal higuereño, del que tan sólo queda el nicho del Cabo Francisco Díaz Martín.

La masacre en el cuartel de Higuera de la Sierra en agosto de 1936

En cuanto a otras consecuencias, las investigaciones de González Flores sobre Antonio Molina indican que fue detenido y un tribunal militar lo condenó a muerte, aunque la pena fue reducida a cinco años de prisión. En el debate generado en redes sociales se han aportado datos que apuntan a que lideró algunas columnas mineras que recorrieron algunas zonas de la provincia antes de la entrada de la Columna Redondo; adquirió rango de oficial del ejército republicano y estuvo operando en distintos sectores de la Sierra de Madrid. Al acabar la guerra, fue encarcelado y murió finalmente en prisión.

El último recuerdo de este suceso permanece en forma de azulejo, junto al templo parroquial de Higuera de la Sierra.

La masacre en el cuartel de Higuera de la Sierra en agosto de 1936