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La tentación de un Estado paternalista
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La tentación de un Estado paternalista

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Actualmente se supone que vivimos en un Estado democrático en plenitud, en donde se presupone el desarrollo total de la soberanía nacional y la presencia de todos los ciudadanos en las decisiones y estructuras del Estado, bien de forma directa mediante referéndums, bien de forma indirecta en la elección de sus gobernantes.

Un sistema que a priori parece el más bueno y justo, de cara a la vinculación de toda la sociedad con los acuerdos que influyen directamente es sus vidas. Pero, que conlleva una responsabilidad y preparación, que denotan un escollo para que el sistema no empiece a hacer aguas.

Es aquí donde llegamos al núcleo del tema que queremos tratar, no siendo otro que la característica propia de los seres humanos para buscar siempre un chivo expiatorio donde descargar nuestras responsabilidades y dirigir la culpa de nuestros fracasos.

El grial de todo buen sistema de control social, que tiene como paradigma a muchas creencias religiosas, que se sostienen en base a la creación de un dios o una imagen divina, inaccesible, sabia y omnipresente, sobre la que descargar toda responsabilidad vital y libre albedrío, y así poder culparla de los males del Mundo, eliminando la necesidad de autocrítica o reflexión y aprendizaje de los hechos acaecidos.

Un mal propio de la masa inconsciente que ha impregnado a los largo de la Historia a toda modelo de organización política del Estado y del que la democracia actual no ha sabido, pese a todo, desprenderse.

Y es que, es muy apetecible, poder votar a unos líderes, o partidos,  para acto seguido descargar en ellos toda responsabilidad y así, poder criticarlos si no cumplen con nuestras necesidades.

 Se crea así el Estado paternalista, como modelo democrático occidental, donde el líder es aclamado por lo que representa en su persona, no por el programa que promete llevar a cabo, en la mayor de las ocasiones desconocido.

La sociedad, asesinando nuevamente al individuo, se “masifica”, enfrentándose entre si por aclamación de unos y otros, para descargar sobre ellos toda responsabilidad de un gobierno que nunca debería salir de cada ciudadano. Y de este modo, aquel famoso “Contrato Social”, promulgado por J.J. Rousseau, donde afirmaba que “la soberanía no puede ser representada, por la misma razón por la que no puede ser enajenada, porque consiste en la voluntad general y la voluntad no se representa (…)”, desaparece como raíz profunda de los Estados democráticos presentes, creando una sociedad de ciudadanos irresponsables y una nueva clase “aristocrática” de políticos, a los que la sociedad les concede plenos poderes para gobernar sin necesidad de cumplir programas ni promesas hechas antes de ser votados.

Con ello se puede entender las escenas vividas no solo en España, sino en muchos países del Mundo, con masas de gentes saltándose los confinamientos y las normas puestas por sus gobiernos, pero a la vez en continuo estado de crítica y malestar sobre ellos, culpándolos de todo lo ocurrido sin ningún espejismo de autocrítica. O la añoranza que ya empieza a manifestarse en muchas personas de occidente por la instauración de formas de gobiernos más autoritarias, modelo chino, donde el cumplimento de las normas se hace bajo el uso de la coacción y la fuerza, dando mejores resultados.

Sería muy fácil terminar mi artículo de hoy llamando a la responsabilidad de todos, pero pecaría con ello de un alto grado de ingenuidad o, en mi caso, hipocresía. Pues como dije antes, la masa social es siempre propensa a descargar su responsabilidad, pues es un hecho inherente a su propia naturaleza. Es papel de los individuos de la sociedad, aquellos con un suficiente nivel intelectual y moral, para hacerse cargo de este mensaje, el dar un paso al frente y actuar como ejemplo y también guía para los demás, en este proceso de saneamiento de las estructuras democráticas del Estado occidental, bajo formas más justas de representación y de responsabilidad civil, despertando de forma progresiva una conciencia social. Porque, visto lo visto, quizás es nuestra supervivencia como sociedad la que está en juego.

Autor: Enrique Toscano