domingo. 03.03.2024
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Opinión

Apocalipsis

Mientras la televisión basura hacía de las suyas, y ya dispuesto a coger un libro y acostarme, pongo la segunda cadena de tve, en el momento en el que comenzaba un documental sobre la primera guerra mundial, la de 1914, hace ahora cien años. Un documental para pensar en los desastres de la guerra, en sus culpables y en los que pagan el pato: el pueblo llano. La cosa empieza en Sarajevo, donde un muchacho se carga a un matrimonio que, no se sabe cómo, se había hecho cargo de vidas y haciendas a titulo de reyes. Parecía que era un asesinato más; pero el imperio austrohúngaro, donde hacía sus pinitos un futuro genocida llamado Adolf, al que se ve sonriente antes de entrar en combate, aprovechó el momento. Empiezan a desfilar por la pantalla lo peorcito de los gerifaltes de la época: zares, emperadores, reyes y toda clase de generales, almirantes y demás carniceros. Trenes repletos de jóvenes saludando entusiasmados desde las ventanillas de los vagones que los llevan al matadero. Aristócratas divirtiéndose en sus palacios de verano. Mujeres famélicas en las fábricas de bombas y proyectiles, con los que sus maridos padres o hermanos dejarían huérfanos y viudas a millones de mujeres como ellas. Soldados cavando las trincheras en las que serán sepultados, mientras la realeza europea, toda ella emparentada familiar y criminalmente, se monta sus bailes palaciegos y sigue jugando con sus desgraciados súbditos, hambrientos pero contentos con el patriotismo-droga por el que derraman tontamente hasta la última gota de su sangre. Declaraciones de guerra. Los franceses se traen a sus esclavos africanos para que defiendan la patria de sus amos. El adorado superemperador de mierda japonés ordena a su jauría que ataque a los chinos. Los ingleses hacen lo propio, trayendo a la matanza a los descendientes de sus delincuentes deportados a Australia, a los canadienses y, cómo no, a sus carniceros primos de zumosol. La población huye de sus casas con lo puesto. Los lameculos de los dioses, reyes y tribunos destruyen ciudades, destrozan campos y, sobre todo, matan, violan y asesinan sin piedad. Ríos de sangre. Algunos probarían su propia medicina años después, como el zar de todas las rusias. Pero, como casi siempre, los generales y demás culpables de los veinticinco millones de muertos de esta primera carnicería mundial se fueron de rositas. En defensa de la paz, no hay que bajar la guardia.

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