lunes. 26.02.2024
El tiempo
Opinión

Violencias de moda

Se advierte cómo los violentos juegan su papel y cómo sus gestos tienen publicidad y rechazo. Es, sin embargo, común el precio que la sociedad paga en vidas, en desórdenes, en volumen, por estos actos que perjudican un estado de bienestar tambaleante. No es de último cuño el uso de la gresca y el insulto en el fútbol, viene de viejo y hasta se ha hecho crónico en casi todos los partidos; porque el insulto es consustancial con la circunstancia, porque se ha impuesto como necesario para impedir el desarrollo de la contienda o para imponer que esta se dirima a favor de quien más grita.

No estamos en una clase de comportamiento social para convenir normas que se formulen como correctas para la estancia en un campo de fútbol, los espectadores han de llegar educados de casa. El valor coercitivo de las leyes consigue ciertos logros pero no llega a lo profundo, a la génesis del problema, para atajarlo desde tal inicio. La educación, lo sabemos desde siempre, es el antídoto que elimina estas conductas incívicas, mas no contamos con ella en todas sus formas y en todos los momentos, parece que se deja en la puerta del estadio, la poca que se lleve, y que priman otras consignas más decisivas que la educación y que forman parte del espectáculo como parte del divertimento. Los escenarios nombrados no se acomodan a los protocolos de esta disciplina educacional, allí existe un régimen abierto que admite el desahogo más soez y confirma la dependencia de los individuos a la escena para confundirse en un todo fugaz que insufla la desconsideración como valor para el perfecto engranaje de la acción. Sin el gracejo del insulto sin la torpe bulla de reproche colectivo sin la sinrazón en la grada no se consuma la tragedia, no se genera placer a los espectadores. De tal manera que dejaría de ser atractivo el evento sin estos alicientes.

Cuando todo acaba vuelven sumisos y tímidos, otra vez a su rol social, como mosquitas muertas que jamás rompieron plato alguno, se esconden en su miedo pálido, reniegan de los violentos y empiezan a obedecer como única función de vida hasta el próximo derbi, la próxima ocasión o el último grito que la multitud le permita emitir contra el todo de alguien o la nada de la sociedad.

Y en esa estamos, forjando inseguridad y aplaudiendo turbulencias hasta no sabemos cuando.

Comentarios