El síndrome de huida en catástrofes
El terremoto de Venezuela, al igual que toda catástrofe, causará un enorme síndrome post traumático que se magnificará según la personalidad y nivel de resiliencia o resistencia a la frustración del que lo ha vivido, y afectará a la mente y toma de decisiones vitales.
Es muy duro quedarse sin cobijo, sin casa, pero más doloroso es quedarse sin esposo/a e hijos. Todo tu mundo se desmorona y la vida carece de sentido, necesitando ayuda médica y psicológica para prevenir el suicidio. En estas situaciones nos damos cuenta de que lo material es algo banal y no prioritario. Los recuerdos materiales no importan cuando prima la vida.
El miedo a que un terremoto o volcán se repita entra dentro de las posibilidades, y por ello se desarrolla ese síndrome de huida en un lugar que siempre va a recordar la tragedia. Si en este caso es entendible, muchísimo más en quien ha perdido a toda su familia. Querrá empezar de cero en otro lugar, con nuevas iniciativas y proyectos, para retomar una vida que en un principio no quería vivir, sino irse con su familia.
La angustia de estar sepultado, sin poder respirar, y aprisionado es de un cariz angustioso bestial y el solo pensamiento daña. Recordamos a esa menor que, a través de su móvil, dio instrucciones de donde se hallaba su hermano para salvarlo, y al final ella no ha sido rescatada con vida.
Siempre he dicho que el peor momento en cualquier tragedia es la duda, el no saber si un familiar estaba en el lugar o no y si está vivo o muerto, y a veces se extiende demasiado. El saber lo sucedido es un cierto alivio para poder tener un lugar donde rezarle y empezar a asimilar lo inevitable y vivir el duelo.
El tiempo y la ayuda son cruciales, y no solo me refiero a salud mental sino a solidaridad internacional, porque todos somos Venezuela.