viernes. 30.09.2022
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Opinión

No hay ética en la guerra

No hay ética en la guerra

Escribí este texto en el Museo Judío de Berlín: Nunca he entrado en un edificio que me haya generado más sensación de inestabilidad, de pérdida de identidad.

Pasillos negros muy largos e inclinados, escaleras que acaban en una pared tapiada, inexistencia de ángulos rectos, habitaciones brunas, de altísimas paredes de hormigón en donde sólo caben tu soledad e insignificancia como ser humano...

Por todos lados el espanto del holocausto, el dolor de la vida cuando no es vida, la insignificancia de lo que somos cuando el horror y la avaricia sin freno son las que gobiernan.

Todo el sufrimiento del pueblo judío en la piel, en los vellos que se me erizan, en el talante que se me agria... como si llevara cosida a la manga de mi camisa esa estrella de seis puntas, amarilla, que observo en una vitrina, donde reza: Jude.

Pero, a pesar de todo el pavor que anida en mi alma en estos momentos y que de seguro está tatuado en mi cara, no entiendo a los hijos y nietos de los que sufrieron esta horrenda masacre. Seis millones de judíos muertos: gaseados, tiroteados, su grasa utilizada como jabón, sus cuerpos conejillos de india para el avance de la ciencia médica, su cosedad...

No entiendo, decía, a los judíos de hoy, a los herederos de aquellos que padecieron hace tan sólo 65 años tales afrentas. No les entiendo.

No sé por qué hacen ahora con el pueblo palestino lo que están llevando a cabo: expulsarlos de su tierra, masacrarlos, arrinconarlos, levantarles muros de piedra y odio, no dejar que llegue ayuda humanitaria.

¿Cómo es posible que el pueblo de Israel, que tanto tiempo lleva buscando la Tierra Prometida, destierre de ella a otro pueblo que también la busca, que la siente como propia?

¡Qué laberinto el de los dioses!, ¿verdad? ¿O es el dinero el único dios sobre la tierra y por tanto, la reconciliación no es posible y la guerra necesaria? ¿De qué barro -moldeable al gusto de los oráculos de cada época- están conformados los dioses todos?

Todos los dioses huelen a dinero. Al vil metal con el que se acuñan monedas o se hacen rifles de asalto, tanques o aviones no tripulados -esos drones que van al lugar, matan, regresan, y no ponen en peligro vida alguna de los nuestros.

Un juego de rol en el que uno pone las reglas y los demás mueren cuando y como deseemos. ¡Precioso todo!

De paso, grabamos nuestras matanzas para cerciorarnos de que nuestro jugador, nuestro matador, cumplió con las órdenes... para sentirnos satisfechos de que tenemos a los mejores bajo la lealtad a nuestra bandera, ese símbolo que aúna nuestros intereses frente a todos los demás.

Esas grabaciones, si alguna vez salieran a la luz conformarían una filmoteca de los horrores. Pero, para cuando eso ocurra, el daño será irreversible porque de una forma o de otra todos los días mueren multitud de personas inocentes en escenarios bélicos que ni se anuncian ni se conocen: los servicios de inteligencia confirmarán ante la justicia que no existen, que a ellos que los registren.

Ética y guerra -declarada o no- no casan.

¡Qué pena de los judíos de entonces y qué pena de los palestinos de hoy! ¡Qué pena!

No hay ética en la guerra
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