lunes. 26.09.2022
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Opinión

Hambre

Aún recuerdo la impresión que me causó en mi adolescencia la novela de este título, del noruego Knut Hamsun. Por aquel entonces, muchos ya habíamos accedido con cierta precariedad a un estándar de alimentación acorde con el leve despegue económico de los primeros sesenta. Poco a poco nos fuimos liberando de aquella leche en polvo intragable y aquel queso de sabor tan desagradable que los americanos nos donaban a los famélicos niños españoles. Sin embargo, la escasez de proteínas, lácteos, frutas, verduras y alimentos de verdadera calidad, aún me solidarizaban con la angustia de la novela. Las papas en amarillo y la cebada tostada llenaban el estómago, pero no parecían lo más adecuado para cuerpos en crecimiento y cerebros con grandes necesidades de nutrientes. Por eso, siente uno ahora especial sensibilidad, cuando contempla imágenes de personas marginadas rebuscando en los contenedores de basura algo que llevarse a la boca.

Ese es el fracaso del sistema económico en el que vivimos. Ya solo por ello quedaría deslegitimado un capitalismo salvaje, deshumanizado y depredador, en el que lo único importante es el beneficio de los poderosos. ¿Hasta cuándo aguantarán los desfavorecidos que se ven humillados de una forma tan cruel, sin abalanzarse antes de llegar a ese extremo a la yugular de quienes hacen escandalosas ostentaciones de beneficios, a costa de desahucios, suicidios y dramas sin fin? Comunican que este año han ganado el doble que el anterior, sin pestañear, sin un atisbo de rubor, cuando saben que la presión que están ejerciendo produce muertes, hambre y marginación. No es aceptable que cerca de tres millones de niños españoles estén subalimentados en pleno siglo veintiuno; la capacidad global de nuestra economía tiene, a pesar de todo, una dimensión suficiente como para que tales casos no se den.

Y no solo bastaría con facilitarles la ‘sopa boba’ y otras extensiones de la magnanimidad que emana de algunos privilegiados, a cuyas conciencias tales actividades les resultan muy recomendables de cara al cielo que les corresponderá según sus creencias: “Eso del camello y el ojo de la aguja es para los ricos de corazón, don Julián; que a usted le extiendo yo el certificado de pobreza de espíritu; no en balde le regaló el manto a la patrona”.

La pobreza energética, que hace que muchas familias no puedan calentar su casa, la escasez de medios para que estudien los hijos de los pobres, el desmantelamiento en suma del Estado del Bienestar que con tantos sacrificios se había logrado. Todo eso se puede englobar en un epígrafe amplio de hambre y sed de justicia. Hay hambre en España, y muchos de sus causantes se golpean el pecho con denuedo, como si no fuesen ellos quienes trabajan para que un sistema tan injusto se perpetúe. Pero deben saber que la paciencia de la gente es finita, y una sola chispa sería suficiente para que el polvorín de los sufrimientos explotara.

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