jueves. 06.10.2022
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Opinión

A buenas horas

Pululan por los foros de Internet cantidad de fotografías antiguas de una Huelva que se nos fue, de las que se pueden extraer ideas erróneas sobre aquella ciudad que nunca volverá a ser. Las nuevas generaciones de onubenses podrían pensar que la vida en esa Huelva pasada se desarrollaba en un escenario casi bélico, porque en muchas de ellas todo se ve medio derruido, sucio o descuidado. Y no es que aquellas calles fueran un dechado de prístina limpieza ni exorno, pero no cabe duda de que sí poseían el encanto de una sencilla humildad, a la que las mencionadas fotografías no hacen justicia.

El desastroso aspecto que muestra Huelva en tales fotos se debe a que somos muy dados a dejarlo todo para el último momento, incluso la inmortalización de las cosas que nos rodean, de las que solo nos acordamos cuando asoma la piqueta. Puede que hayamos convivido durante décadas con determinadas edificaciones de especial mérito o peculiares características; pero no es hasta que nos damos cuenta de que están a punto de fenecer bajo los modernos ‘picudos amarillos’ o máquinas excavadoras –que diría un buen amigo- cuando nos acordamos de inmortalizar las imágenes en fotos carentes de cualquier encanto, plagadas de casas semiderruidas, rodeadas de suciedad y descuido generalizado.

Por eso es preciso aclararles a los jóvenes que Huelva era pequeña, recoleta y pueblerina, pero que gracias a ello sus fachadas encaladas lucían bajo el refulgente sol de nuestros cielos azules sin par; que sus calles mantenían cierto decoro, gracias a tantas amas de casa como barrían el trozo de su acera a primeras horas de la mañana; que la vida transcurría lenta y plácida, al pie de unos centinelas en forma de cabezos sobre las inmensas marismas, cuyas mareas lamían los pies de barro del Conquero; y que los niños podíamos jugar en unas calles llenas de vida, sin los humos o el ruido del tráfico.

Y para que no perdamos más testimonios de la vida ciudadana, no deberíamos acudir a destiempo, como se decía de aquellos guardias de otras épocas, a los que les recibían con un “A buenas horas, mangas verdes” cuando aparecían por el lugar de los hechos, y que ha quedado en nuestro lenguaje como sinónimo de desaprobación hacia lo que se hace tarde y mal. Ahora, que todo el mundo posee buenos medios técnicos para recoger imágenes y sonidos, es preciso que se guarde el pálpito actual de la ciudad, aunque nos dé la impresión de que estamos archivando documentos bastante obvios. No hay cuidado: seguro que alguien se encargará de convertirlos en piezas de museo. ¿Será por falta de ganas de seguir derribando?

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