jueves. 08.12.2022
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Opinión

¿A por ellos?

Estos últimos días asisto perplejo y estupefacto a los hechos que se suceden en torno al referéndum del 1 de octubre en Cataluña. Un conflicto que se ha recrudecido de manera alarmante hasta el punto de crear una fractura social que, por desgracia, no sé si tiene punto de retorno. Y todo parte de arriba, de los dirigentes. Porque tengo muy claro que este incendio tiene detrás muchos pirómanos. Escribió Platón hace más de 2.300 años que estaba convencido de que todo gobernante de un Estado ideal debe saber en qué consiste el arte de gobernar y qué es lo que debe hacer, porque si no lo sabe, o no tiene la habilidad para ejercer eficazmente esa función, puede hundir tanto al Estado como a sus ciudadanos. No sé qué les parece a ustedes, pero a mí me parece que estamos en el último supuesto.

 La política debería consistir en la capacidad de los gobiernos para dar solución a los problemas sociales y de los ciudadanos. Pero aquí lo que ha pasado y sigue pasando es que, lejos de buscar soluciones, ambas partes se han enfrascado en el tira y afloja de a ver quién la tiene más larga.

 Este conflicto se viene gestando hace mucho tiempo y todos lo estamos viendo venir. Por un lado, los independentistas han ido radicalizando su discurso hasta el extremo de saltarse la ley y a todas las instancias del Parlament, el Estatut, las mayorías necesarias y todos los tratados habidos y por haber, para poner en marcha un referéndum a todas luces ilegal y sin ningún viso de garantías. Por otro, un Gobierno central que desde el principio no ha sabido, o quizás no ha querido, manejar esta situación con cordura, con diálogo. No, no, no. Única consigna. Al final, el Ministerio de Interior enviando a miles de agentes de Policía y Guardia Civil a impedir que se celebre la votación.

 Más allá de eso, que al fin y al cabo las fuerzas de orden público están para hacer cumplir la ley y en Cataluña los gobernantes autonómicos no la han cumplido, lo que me preocupa es la radicalización que observo en las redes sociales y, desde hace pocos días, en la calle. Lo vivido en Huelva el pasado lunes en la despedida de los guardias civiles que partían para Cataluña es para hacérselo mirar. Ya me parece fuera de lugar que se convoque un acto de despedida, como si los agentes fueran a la guerra. Ojo que no me molesta que el personal saque sus banderas a la calle o las cuelgue en su balcón. Es un símbolo de España y a mí me parece cojonudo que la gente esté orgullosa de su país, que seguimos con el puto complejo de la bandera a estas alturas. Luego salimos a la calle con polos que lucen las banderas de Italia, Francia o Gran Bretaña. Tontos de remate que somos.

 Lo que me da miedo y, por qué no decirlo, vergüenza ajena, es escuchar los gritos y las proclamas de ‘A por ellos’, como si de un partido de fútbol se tratara. ¿A por ellos? ¿Qué significa a por ellos? ¿A por quiénes se supone que tienen que ir? ¿Españoles alentando a la Guardia Civil a ir a por otros españoles? ¿Es que no hemos aprendido nada después de lo que ha pasado este país en el último siglo? ¿Es que no se dan cuenta nuestros políticos que no hacen más que sembrar el odio entre los propios ciudadanos por culpa de su incapacidad para sentarse a dialogar y buscarle una solución a este asunto? Pues parece que no. Y encima sale el portavoz del PP en Gibraleón a decir que a estas alturas del conflicto quiere ver a la Guardia Civil “repartiendo hostias como panes”. Toma ya. Eso es un político de altas miras demostrando su talante democrático y dialogante (nótese la ironía). Tipos como este, fuera de las instituciones ya. Espero que su partido actúe en consecuencia, aunque no sé por qué me temo que no. Mientras tanto, el plazo se va agotando y me espero cualquier cosa de aquí al domingo. Miedo me da. A ver qué político es el que la tiene más larga de todos. El 2 de octubre lo sabremos.