El Comienzo… del fin
Hace unos años, con motivo de mi discurso de ingreso en la Academia iberoamericana de la Rábida, me atreví a reflexionar sobre un tema que creo encaja en estas fechas de recogimiento; “El Comienzo… del fin” fue el título con el que me aventuré en ese mundo cosmológico que ha sido universalmente aceptado cuando nos referimos a la gran explosión que dio origen a ese Universo que el heterodoxo ingles Sir Fred Hoyle definió de forma crítica y sarcástica como el “Big Bang”.
Hace 15.000 millones de años según unos autores, 20.000 millones según otros, ¡qué más da!, toda la materia y la energía estaban condensadas en una región casi puntiforme, de densidad y temperatura inicial extremadamente grandes.
En su inicio hubo un completo equilibrio termodinámico, pero la pequeñísima esfera empezó a expandirse y a enfriarse con increíble rapidez y su temperatura descendió hasta unos 100.000 millones de grados centígrados. Se había roto el equilibrio termodinámico y las fuerzas de la naturaleza adquirieron sus propiedades actuales y las partículas elementales que reciben el nombre de “quarks” vagaron libremente en un mar de energía, combinándose los neutrones y los protones, formando núcleos atómicos que generaron la mayor parte del helio y deuterio existente hoy en día. Todo esto ocurrió en el primer minuto de la expansión, (P. James y col., Evolución del Universo, 1994).
Después de los mil segundos, el 75 % de la materia estaba constituido por núcleos de hidrógeno (protones) y el 25 % por núcleos de átomos de helio (partículas alfa). Los átomos neutros aparecieron abundantemente cuando la expansión prosiguió durante 300.000 años más y el tamaño del Universo mil veces menor que el de ahora, y empezaron a juntarse en nubes de gas dando lugar a las primeras estrellas que, con el tiempo, fueron formándose en grupos hasta convertirse en cúmulos de galaxias.
Se había iniciado la “evolución cósmica” de un Universo que se expande a cientos de miles de kilómetros por segundo y que está poblado por miles de millones de cúmulos galácticos que podrían contener cada uno más de un billón de estrellas, separadas por distancias que oscilan entre los trescientos y mil millones de años luz, siendo un año luz la distancia que recorre la luz en un año, unos 10 billones de kilómetros. ¡Un evidente ejemplo de la Gloriosa inmensidad de la Creación!
“Dios es capaz de crear partículas de materia de distintos tamaños y formas.... y quizás de densidades y fuerzas distintas, y de este modo puede variar las leyes de la naturaleza y de hacer Mundos de tipos diferentes en partes diferentes del Universo. Yo, por lo menos, no veo en esto nada contradictorio”, decía Isaac Newton en su libro Óptica.
Y en ese “Mundo finito pero ilimitado” como decía Einstein, en un lugar del Universo imposible de situar, rodeada de millones de otras galaxias, se encuentra nuestra Vía Láctea, una enorme espiral que alberga unos cuatrocientos mil millones de habitantes estelares de todo tipo: nubes de gas, sistemas Planetarios condensándose, estrellas supergigantes azules, estrellas amarillas de mediana edad, gigantes rojas ancianas, enanas blancas, nebulosas, novas, supernovas, agujeros negros….
Un sistema galáctico en continua evolución en cuyo seno se produce un ciclo continuo de vida y muerte, algo natural en nuestro ciclo de vida vegetal y animal, pero con la diferencia de que, en el espacio intergaláctico, los ciclos oscilan entre los cien millones y diez mil millones de años. Comparación sublime que nos debe hacer reflexionar sobre el sentido que damos a nuestra existencia, en un momento en el que el “mundo humano” está inmerso en una espiral de odio y deseo de someter, con líderes “visionarios” y “salvadores” que pugnan por “defender” los derechos de una sociedad que se está construyendo basada en el credo de un consumismo mediatizado que ha ido sustituyendo los “valores” del respeto a la libertad propia y ajena, de la moral que se apoya en el simple cariño dimanado del amor, de la riqueza de espíritu que debe caber en el corazón y la mente de agnósticos y creyentes, e incluso hasta casi llegar a conseguir la abstracción del significado de la palabra Humanidad, que debería enaltecer el concepto de “ser humano” en vez de vilipendiarlo.
Un comportamiento irracional y sin sentido, sin aparente explicación, a la que tal vez supo aproximarse Johannes Kepler, cuando en su obra La armonía cósmica, escribió: “Aquella facultad de captar y reconocer las nobles proporciones de las cosas sensibles y las que se nos escapan más allá de las cosas sabidas, hay que atribuirlas a los dominios del alma”.
Un “alma” que, al igual que el sentido del “espíritu”, es generalmente rechazada por las generaciones actuales imbuidas al culto por lo “material” y el desapego.
A modo de reflexión quizás pueda servir el recordatorio que, con motivo de su discurso al XII Congreso Internacional de Filosofía en el año 1960, el bondadoso Papa Juan XXIII nos hacía de una cita de Santo Tomás:
“El nombre del sabio sólo se reserva a aquel cuyo pensamiento versa acerca del Universo, es decir, acerca de la verdad”.
Y en uno de los brazos espirales de la Vía Láctea, a unos 28.000 años luz de su Centro, nuestro Sistema Solar formado por el Sol y sus nueve Planetas conocidos. Un sistema solar bastante joven, que se formó tan sólo hace cinco mil millones de años cuando el Universo era dos terceras partes del Universo actual. Y en el Sistema Solar, el planeta Tierra, y coordinando su evolución seres como tú y como yo, quienes nunca deberíamos olvidar las palabras que, en su libro Cosmoísmo y Geoísmo, 1976, nos recuerda el ilustre Humanista, Prof. Antonio Lamela.
“Cuidemos los espacios en los que el hombre se desenvuelve. Cuidemos los espacios de un Mundo que se ha quedado empequeñecido para un hombre que tiene ambiciones de galaxia”
Académico de Número de la Academia Iberoamericana de la Rábida