Cuando el pueblo salía al fresco
Las sillas aparecían en las aceras. Los vecinos se reunían para conversar. Los niños jugaban hasta altas horas de la noche. El fresco se buscaba en compañía.
La imagen sigue siendo reconocible en algunos pueblos de la provincia, especialmente en las calles más tranquilas, pero cada año resulta más difícil encontrarla.
Los cambios en los hábitos de vida, el aire acondicionado, las nuevas formas de ocio y el envejecimiento de muchas zonas rurales han ido transformando una costumbre que durante generaciones formó parte del paisaje cotidiano de los municipios onubenses.
Sin embargo, quienes la mantienen defienden que sentarse al fresco era mucho más que una manera de combatir el calor. Era una forma de convivencia. Un espacio donde se compartían historias, noticias, preocupaciones y anécdotas que fortalecían los lazos vecinales.
Quizá por eso muchos consideran que, más que una costumbre, sentarse al fresco forma parte de un patrimonio inmaterial que merece ser conservado antes de que desaparezca definitivamente.