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La última y desgarradora carta de Manuel Ballestero

La última y desgarradora carta de Manuel Ballestero

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Los sentimientos humanos se poner a prueba en los momentos difíciles. Las penalidades afloran la capacidad del ser humano para sentir y transmitir, especialmente cuando se sabe que la vida puede peligrar. Al margen del arrebato, la incomprensión y el pesar que ello puede provocar, siempre hay lugar para la empatía, para la despedida, para las emociones. El cachonero Manuel Ballestero supo reflejar a la perfección lo que siente un ser humano en la hora suprema. Tuvo la valentía de detallar en un papel su adiós a sus familiares y al mundo que le rodeaba.

Manuel Ballestero González nació en Galaroza, el 25 de agosto de 1912, su padre fue Ceferino Ballestero López, nacido en Aciberos, provincia de Zamora; y su madre fue la cachonera Carmen González Fernández, que vino al mundo el 16 de julio de 1872 y murió con 86 años, el 17 de octubre de 1958. Manuel fue bautizado en la parroquia de la Inmaculada Concepción de Galaroza, con Enrique Castaño Ballestero como padrino y Carmen García como madrina.

Su vida no destacó especialmente por su compromiso político, por lo que su apresamiento  y muerte en 1936 no tiene explicación. Más bien se engloba en una de esas represalias motivadas por razones de envidia, por intereses económicos o, simplemente, por error, aquella multitud de errores que segaron las vidas de cientos de personas a lo largo del conflicto civil español.

Confinado de forma incomprensible, probablemente en la cárcel cachonera, ubicada en el antiguo ayuntamiento, era visitado y cuidado por sus familiares, que le aportaban viandas, aseo, cariño y, sobre todo, la esperanza de que acabase pronto aquel suplicio injustificado.

No fue así. El 25 de septiembre de 1936, cuando su hermana acudió al lugar de su  encarcelamiento, lo halló vacío. No encontró a Manuel, pero sí una desgarradora carta que había escrito la noche antes, minutos antes de que fuera sacado del cubículo y subido a un vehículo que lo transportaría a su trágico destino final.

La destinaba a su familia, comenzando por su hermano, al que enviaba “una esquela para memoria mía”. Le enviaba también “besos de mi parte a la niña”, y cariño y abrazos para su mujer y para él mismo, “que en el corazón te llevo”.

Las últimas palabras de Ballestero fueron para su “apreciable madre”. Sus expresiones llenan de drama y lágrimas la misiva, ya que le confiesa que “el único pesar que me queda es morir sin besarla”. Le propone finalmente, que bese la cartilla que le envía, “que yo también la beso antes de  morir, pues muero porque me ha llegado la hora”.

Su última frase fue, literalmente, “a Dios, Viva España”, un país que, a partir de esos días, viviría el cruel escenario de la guerra fratricida.

Las faltas de ortografía no restan un ápice de emoción al texto de la carta, de la cual su familia conserva una fotocopia, y que está escrita con aplomo e incluso con unos renglones garabateados para no torcer las líneas de lectura. Hasta en eso, Manuel fue considerado en su último aliento.

El preso fue llevado, como tantos otros, al pueblo vecino de Fuenteheridos, donde fue fusilado ante la tapia del cementerio. Manuel compartió lugar de ejecución con cachoneros como Luis Navarro, alcalde de Galaroza desde 1931 a 1935, que también murió allí veinte días antes,  sufriendo la barbarie de la tortura previa.

Su hermano Francisco no corrió mejor suerte pero, al menos, la alargó unos meses. Profundamente comprometido con la causa republicana, fue concejal del ayuntamiento desde febrero de 1936. Escapó de Galaroza cuando fue ocupada por las tropas franquistas y fue dado por desaparecido, pero posteriormente se han tenido datos de su paradero, al aparecer en una fotografía junto a otros destacados activistas políticos cachoneros de aquel momento.

La imagen, aportada por José Fernández, refleja a Francisco junto a Vicente Blanco, Teodosio Fernández Carmona, Rafael ‘Lolilla’ y Francisco Pavón, el último alcalde republicano de Galaroza. En el reverso de la estampa puede leerse la dedicatoria que Vicente ‘Lolilla’ escribió el 24 de diciembre de 1983. Dirigía la foto a Santos y sus hijos, la familia de Teodosio ‘Caseta’, y denominaba a los retratados como un “grupo de luchadores que lo dieron todo por la concordia, la libertad y por una España en Paz”. El remitente sitúa la imagen en Gandía (Valencia), el 28 de octubre de 1936.

Al parecer, el grupo de cachoneros huidos luchó junto a las tropas leales a la República en diversos lugares hasta que, finalmente, se dio por muerto a Francisco Ballestero en Villalba Alta (Teruel), el 17 de enero de 1938, según una agenda con datos de toda la familia que atesora actualmente Francisco Ballestero Tovar.