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¿Perdonarías?
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¿Perdonarías?

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El calendario deja atrás unos días muy especiales donde no quiero tristezas sino sentirme reconfortada con los recuerdos de los seres queridos que ya no están pero que siguen vivos para mí a través de los recuerdos.

Son esos días donde nuestros cementerios se llenan de familiares para visitar a nuestros allegados, cargados de flores, tiñendo este lugar santo de colores y cambiando unos días opacos en días de luz. Se dice que los cementerios son un reflejo del pasado, de la sociedad que vivió en una ciudad.

Perder a un ser querido es seguro uno de los dolores más grandes que puede llegar a sentir un ser humano y cada uno de los que hemos perdido a estas personas sabemos cómo ese dolor te oprime el pecho y no te deja respirar. Los sentimientos se agolpan sientes pena, rabia, desconcierto. Acudir al lugar donde yacen los restos o las cenizas de nuestros familiares o amigos nos ayuda a darnos paz interior y nos reconforta saber que están donde querían descansar y así cumplir sus últimos deseos. Estos comportamientos, según los especialistas, son ritos que se hacen necesarios para vivir un duelo sano.

Mientras estos días pasan con normalidad a nuestro alrededor, observo cómo los medios de comunicación sacan en titulares la situación de las familias a las que le fueron arrebatados en otros tiempos de la Historia de nuestro país a sus seres queridos de forma violenta, por guerras, por ideas o por pensamientos y que actualmente siguen sin conocer dónde yacen sus cuerpos, sin poder darles una sepultura digna según sus creencias religiosas o simplemente un adiós digno con un Descanse en Paz.

Y me pongo en su lugar y me pregunto ¿cómo cerrarán esas familias la puerta de dolor? ¿Cómo pondrán fin a su duelo?

No quiero con mis palabras entrar en un debate político utilizado por unos y por otros  para buscar enfrentamientos en función de las siglas haciendo ‘lucha’ política de estas situaciones cargadas de tristeza e impotencia que sufren miles de familias en nuestro país.

Porque pienso, ¿es qué algunos tienen más legitimidad que otros a ‘jugar’ con la memoria y con nuestro pasado? Son sobre todo sus familias las que tienen el derecho a rememorar a sus seres queridos que fueron víctimas de guerras, de  abusos, como una cuestión de humanidad, de dignidad y de paz.

Quizás demos una falsa normalidad cuando por suerte no somos protagonistas de ninguna de esas situaciones como la búsqueda en fosas comunes de los restos de abuelos o abuelas, de padres o madres o de hermanos o hermanas de personas que por conflictos políticos de otras épocas, perdieron la vida y no merecieron una sepultura y un adiós digno. Muchas veces se tratan como simples hechos del pasado, antiguos, pero la realidad es otra. En cada uno de esos nombres de personas desconocidas hay una historia que aún no ha llegado a su punto y final.

Algunos piensan que no se deben volver a abrir esas heridas pero no debemos ejercer una compasión hipócrita. Se trata de hablar de miles de personas fallecidas con nombres y apellidos cuyos restos no sabemos dónde están, si tras un muro, en una cuneta o compartiendo fosa común con otros huesos de desconocidos apilados como si de desperdicios o basura se tratará.

Lo que si se sabe es que sus familiares ni en ese 2 de Noviembre ni en cualquier otro día del año podrán llevarles flores y venerar sus recuerdos. Esas personas no podrán cerrar su duelo, no podrán cortar el cordón umbilical del terror.

Pero junto a ese desconsuelo, a esa angustia, aparece la palabra perdón y me pregunto ¿tenemos capacidad de perdonar y de cerrar las puertas de la rabia y del dolor ante estas situaciones dramáticas?. Para contestar a esta pregunta qué mejor referencia que la película sobre  Maixabel Lasa, que perdió a su marido Juan María Jáuregui asesinado por ETA en el año 2000, siendo uno más de la lista de cientos de inocentes a los que le arrebató la vida la banda terrorista.

Una mujer que con su testimonio de vida ha sido objeto de más aplausos que críticas por el encuentro que tuvo con los asesinos de su marido. Contado así parece incomprensible pero cuando te metes en la historia y conoces los motivos de su actitud, reflexionas sobre si realmente sabemos aplicar en nuestras vidas la palabra perdón en su más generoso significado. Yo, sinceramente les digo, no sé cómo actuaría ante esta situación.

El perdón es una decisión, un proceso y una actitud de quién lo pone en práctica. Perdonar no es olvidar es poder recordar sin dolor.A través del perdón nos liberamos del rencor y se incrementa la confianza de uno mismo.

Dicen los estudiosos de las conductas del ser humano que a través del perdón se cierran capítulos dolorosos de la vida de una persona, se limpian los asuntos inconclusos y nos  liberamos de sentimientos negativos, como el rencor, el resentimiento, el enojo y el dolor.

Decía Nelson Mandela “al salir por la puerta hacia mi libertad supe que si no dejaba atrás la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero”.

Queridos amigos, quizás si cambiamos el modo de ver las cosas sin anteponer prejuicios, las cosas que ves cambiarán también y encontraremos ese bienestar interior que todos buscamos de una u otra manera para sobrevivir día a día. Por supuesto, es mi opinión.