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Maletas de cartón

Maletas de cartón

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Los tiempos cambian y los momentos de conversación entre los miembros de la familia pueden llegar a plantearse como un reto diario. Todos buscamos al menos unos minutos para charlar y contar las vivencias de cada uno en algún momento del día y ese espacio lo encontramos en mi casa sobre todo a la hora de almorzar coincidiendo con la emisión de los informativos o como llamamos muchos, el  telediario.

Y eso pasó ayer. Mientras comíamos y charlábamos vimos las imágenes de numerosas personas inmigrantes que arriesgaban su vida por llegar a nuestra querida España.

Al escuchar y ver las imágenes mis hijos me preguntaron, ¿cómo es posible mamá que hagan eso? que se escondan en los bajos de un camión arriesgando sus vidas para llegar a nuestro país o que recorran miles de metros a nado, algunos casi sin saber nadar, o se suban en barcas poniendo sus vidas en peligro sin importar la edad. Madres con bebés, menores solos… y simplemente por venir aquí.

Pero la pregunta que más me impactó y que me hizo reflexionar fue ¿por qué mamá aquí hay personas que les insultan y los desprecian? ¿Esas personas que vienen son malas, tenemos que tenerles miedo?

Al escuchar sus preguntas y ver cómo sus dudas se agolpaban en sus cabezas y teniendo en cuenta también que no son los mismos tiempos ni las mismas circunstancias, ni el tipo de migración, se me ocurrió contarles una pequeña historia.

Mirad, les dije, os voy a contar la historia de Bibiano y Petra. Corrían los años 60 y España estaba inmersa en una profunda crisis económica donde miles de compatriotas salieron fuera de su país buscando trabajo y labrarse un mejor porvenir. Como muchos  españoles, cerca de 600.000, Bibi y Petra salieron con gran tristeza de  Almendralejo (Badajoz) y se marcharon a un país desconocido, con una maleta de cartón llena de sueños y de ilusiones pero cargada también con la tristeza del que dice adiós a su familia y a la tierra a la que pertenece y que les vio nacer.

Ellos salieron de su casa con lágrimas en los ojos, se montaron en un autocar e iniciaron un largo viaje hacia otro país, a Alemania. Otros se fueron en trenes con asientos de madera. Recién casados y sin apenas poder disfrutar de su nuevo estado civil, cogieron “carretera y manta” buscando un futuro mejor. Así, después de muchas horas de viaje, llegaron a un nuevo destino sin conocer el idioma y sintiéndose unos extraños en un país que lógicamente no era el suyo, donde no había familia ni amigos.

En ese momento mi hijo me interrumpe y me comenta, ‘pero mamá, ellos iban a trabajar’.  Es verdad, Bibi y Petra llevaban un contrato de trabajo y podía ser una diferencia importante, pero los sentimientos estoy segura de que eran los mismos, sentirse extranjero, sentirse solos.

Y continúe con la historia.

Al poco tiempo tuvieron un hijo en la más terrible soledad. Petra intentó criar a su hijo en Alemania aunque las condiciones no eran las más adecuadas. La maternidad es la etapa más maravillosa que puede vivir y sentir una mujer que desea ser madre, pero a veces como en este caso y ante los horarios y condiciones laborales tuvo que separarse de su hijo y llevarlo a España para dejarlo junto a su familia con el dolor y la pena que conlleva para unos padres perderse ver crecer a su tesoro más preciado.

 

Maletas de cartón

 

Mientras les seguía contando esta historia, mi hijo Juan me interrumpió de nuevo y me dijo ‘mamá, ¿tú nunca te separarás de mí, verdad?. Y le contesté, ‘Ningún padre ni ninguna madre quiere separarse de sus hijos’, imaginaos la enorme tristeza que albergaba el corazón de Petra y de Bibi.

Con este relato pretendía que mis hijos entendieran cómo se pueden llegar a sentir cada uno de los rostros que veíamos en la pantalla de televisión. No podemos perder nunca la facultad de la empatía, tenemos que ponernos en la piel del otro para saber qué está sintiendo de verdad o qué está pasando en su vida antes de criticar, juzgar e incluso insultar.

La empatía es una de las funciones más importante de la inteligencia, porque no hay peor pecado, que provocar lágrimas en una cara que nos ha regalado sus mejores sonrisas, decía el poeta.

Con esta historia quiero que entendáis, porque algunos de nuestros semejantes intentan por todos los medios, emigrar a otros países, sin importarles nada, poniendo sus vidas en peligro por conseguir una vida digna, una vida mejor. Salen huyendo de guerras, del hambre, del miedo, de la miseria, buscando un destino donde se sientan libres e iguales, para estas personas la meta es partir. Hay que ser muy valiente para salir de tu territorio y emprender rumbo hacia lo desconocido.

Por eso, en la vida, les dije hay que ser siempre amable con las personas, vestirnos con su piel, sin importar del lugar de donde procedan, porque detrás de cada rostro hay una historia que desconocemos. Decía el filósofo: “lo difícil es ponerse en los zapatos del otro, pero solo el que tiene el don de hacerlo tiene el poder de cambiar el mundo”.

Terminamos de comer y antes de volver cada uno a sus tareas y terminar con nuestro momento de charla en familia, Guillermo, mi hijo mayor,  me preguntó:  ¿mamá tú conociste a Petra y a Bibi?. Claro hijo,  eran mis tíos.