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Los niños de la guerra: el caso de Zufre

Los niños de la guerra: el caso de Zufre

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Los niños fueron las principales víctimas del golpe de Estado que dio comienzo al enfrentamiento fratricida del 36, viéndose obligados a experimentar una infancia pobre, desplazamientos masivos, evacuaciones y otras experiencias que marcaron a una parte importante de la población española.

En pocas ocasiones se ha hablado de la denominada ‘generación silenciosa’, compuesta por aquellos niños y aquellas niñas de la posguerra, nacidos entre 1930 y 1948. Es la generación que nació tras la Guerra Civil y que se vio afectada por circunstancias traumáticas que lastraron su crecimiento y desarrollo.

A través de los textos de investigadores como Santiago González Flores conocemos cómo pudo ser la situación de los niños en la comarca serrana en aquellas circunstancias.

Sus palabras impresionan al afirmar que “el sufrimiento de los niños debió ser enorme y el miedo difícil de precisar, desde el inicio de la Guerra Civil hasta la vuelta a las clases a finales de 1938”.

Zufre registra en 1936 un censo de 143 escolares, entre niños y niñas, constatándose que muchos de ellos perdieron a sus padres, hermanos, tíos, abuelos y demás familiares a partir de ese año.

El Ayuntamiento de Zufre decretó el 23 de octubre de 1936, bajo la alcaldía de José Luis Hidalgo, la constitución de Comisión Gestora de Primera Enseñanza. Se hacía en virtud de los edictos publicados en el Boletín Oficial del Estado nº 218 del 14 de octubre, y una de sus primeras decisiones fue el de mantener el cierre de las escuelas.

La Comisión estaba compuesta por el párroco, José Blas de Mora Montero, “por designación directa y uno de los primeros testigos – acusadores presentes en la mayoría de los consejos de guerra”, según González Flores; el maestro nacional Julián Vázquez, la maestra nacional Encarnación Pérez, el padre de familia Tomás Carmona y el médico Antonio Félix Duque; estos cuatro últimos eran por designación directa de la Comisión Gestora Municipal, a petición de la alcaldía.

Desde 1937 hasta finales de 1938, la salud de los niños se vio gravemente afectada por las condiciones socioeconómicas imperantes en el momento.

La tosferina, al igual que ocurrió en las mayorías de los centros escolares de la Sierra, se cebó con la salud de decenas de niños.

A la falta de higiene, de recursos y una alimentación muy deficitaria “se unió el ambiente de pavor y la utilización de los menores como actores en el aparato de represión”, afirma el investigador zufreño.

Se refiere González a la presencia obligada de los infantes en desfiles, cánticos y otras acciones propagandísticas. Existen casos que lo atestiguan, como el ejemplo de “Antonio, un niño entonces, que perdió a su padre en agosto de 1936 y fue obligado a afiliarse a las Juventudes, desfilando todos los sábados por las calles del pueblo”.

La represión en Zufre alcanzó a dos de cada tres familias, con un número que rozó el centenar de asesinatos, según Flores. Ante el ambiente de terror que se respiraba en muchas familias, “la educación se convirtió en elemento propagandístico y de reeducación que trataba a los niños como meros peones”. A veces, los chavales veían estas actividades como juegos a los que se incorporaban para vivir un momento feliz o de juegos compartidos, ya que era la única ocasión en que podían jugar, aunque fuese con fusiles de madera.

En toda la comarca serrana, y en la mayoría de zonas del país, el hambre hizo mella en las familias, con abundancia de personas ‘hinchadas’ por una deficiente alimentación a base de lo que podían llevar a casa. Hierbas del campo hervidas, recogida de frutos caídos, excrementos de animales que se apañaban para calentarse en la candela y falta de higiene fueron habituales en las casas de la época. Otros testimonios confirman la vida tan dura a la que tuvieron que hacer frente, trabajando para ayudar a la frágil economía familiar. A pesar del esfuerzo de sus padres, los niños de la posguerra sufrieron austeridad, hambre, frío, soledad y una altísima mortalidad infantil.

También hubo familias que ayudaron a los más necesitados, ofreciendo lo que tenían (pan, tocino,…) y tiendas que apuntaban el importe de las compras permitiendo un pequeño respiro.

El título del libro de Carmen Aranda, inspirado en las vivencias de su madre tras la Guerra Civil, resulta ilustrativo del período infantil que sufrieron. ‘Flores entre escombros’ hace alusión a la inocencia y la esperanza que hubieron de mantener en décadas de tanta escasez.

Los que se marcharon y los que fueron robados

Los que se quedaron no lo pasaron peor que los que tuvieron que marchar. Con el objetivo de evitar secuelas físicas y psicológicas a la población infantil, el gobierno de la II República, con la ayuda de organizaciones humanitarias internacionales, impulsó el acogimiento de más de 50.000 menores en países europeos y latinoamericanos. Algunos envíos se convirtieron en tristemente célebres, como los llamados ‘Niños de Rusia’, que fueron a la entonces Unión Soviética, o los ‘Niños de Morelia’, acogidos por México.

La Oficina Central de Evacuación y Asistencia a Refugiados (OCEAR) o la Dirección General de Evacuación y Refugiados fueron algunos de los organismos encargados del éxito de esta misión. El viaje, con toda probabilidad, les salvó la vida, aunque generó consecuencias muy negativas, como la separación familiar prolongada, el desarraigo y en ocasiones el exilio forzoso, ya que muchos no pudieron regresar a España.

Otro grupo de niños afectados por la guerra fue el de robados o perdidos. Se estima que durante la Guerra o los años posteriores, alrededor de 300.000 niños fueron arrebatados por las autoridades franquistas a sus madres republicanas porque estaban encarceladas, o bien fueron tutelados porque sus madres habían muerto durante el conflicto.

En definitiva, los niños de la guerra sufrieron una infancia repleta de pobreza y escasez, con traumas que les marcaron duramente, aunque supieron sobreponerse a fuerza de lucha y tesón.

En diversos estudios se les califica como ‘generación bisagra’, aludiendo a que vivieron tanto la tristeza del pasado como el progreso del futuro en la España actual.

En todo caso, nunca se quedarán cortos los reconocimientos a aquellas niñas y aquellos niños nacidos entre los 30 y los 50, que lucharon para mantener un país vivo y nos legaron el régimen de libertades que ahora disfrutamos.