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La vergüenza del hambre

La vergüenza del hambre

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Tenía mi artículo preparado para enviarlo a los compañeros de Diario de Huelva pero tras leer las últimas noticias sobre esa desgraciada realidad llamada ‘colas del hambre’ sentí una profunda tristeza, vergüenza e impotencia y cambié mi escrito para hablar sobre este problema que sufren muchas personas a diario.

La vergüenza del hambre

Nada más que su nombre, ‘colas del hambre’, te traslada a la época de tus abuelos, a épocas de guerras y hambrunas, cuando hablaban sobre las cartillas de racionamientos y cupos. Para no relacionar esta época, fruto de gobiernos indecentes con años de guerras y desesperación, empeoramiento de las condiciones laborales, falta de agua y de restricciones eléctricas con nuestra época actual donde se supone que estamos en el Estado del bienestar y donde enviamos robots a otros planetas para ver si hay vida, todos debemos hacer un profundo examen de conciencia pero principalmente nuestros actuales gobernantes.

La vergüenza del hambre

Todas estas coincidencias con épocas anteriores deberían ser motivo para analizar en profundidad la situación real de necesidades que sufren muchas personas en Huelva, en Andalucía y en España y la falta de políticas eficaces y efectivas que hacen que las cifras de personas afectadas por la crisis social que vivimos se engorde cada día más.

Si vemos los datos fríos que arroja la realidad, observamos cómo son las distintas organizaciones y asociaciones las que ayudan a miles de familias a paliar la falta de alimentos y recursos. Son esos vecinos, nuestros vecinos los que día a día tienen que acudir a estos organismos para llevar un plato de comida a la mesa de sus hogares.

Y digo que cambié mi artículo porque tuve la necesidad de plasmar mi tristeza, impotencia y vergüenza ante esta situación desgraciada de muchos de nuestros semejantes.

Participando en la tertulia de los martes en Radio Huelva-Cadena Ser, escuché numerosos testimonios de hombres y mujeres, con edades más adultas o más jóvenes, solteros y casados, de nacionalidad española o migrantes pero a los que les unía una situación de desprotección absoluta del Estado. Todos tenían un denominador común, la necesidad urgente de recursos económicos o de alimentos para ellos y sus familias.

Al escuchar esos testimonios, el corazón se te encoge y te planteas ¿qué estamos haciendo mal?, ¿cómo es posible que nuestros semejantes se vean obligados a mendigar un trozo de pan? y lo digo y lo expreso de la manera más dura mientras otros de forma directa o indirecta miramos a otro lado transformando lo anormal en normalidad.

¿Dónde empieza y dónde acaba el ‘estado del bienestar’?

Hoy en día nos encontramos ante una expansión descomunal de nuevos vulnerables. Nadie está libre de padecer esta crisis social y de hecho los datos fríos hablan de que uno de cada tres hogares de nuestras ciudades se ha empobrecido debido a la crisis derivada de esta pandemia.

El perfil de las personas que acuden a pedir comida ya no es solo el de las personas sin hogar, que estarían dentro de los programas sociales de exclusión, sino que cada vez hay más gente necesitada de alimentos. ¿Quién dice que mañana nosotros o algún familiar o amigo pueda verse en esta situación donde se pisotea la dignidad y desaparece de nuestras vidas?

La situación de pobreza que siempre ha estado en nuestra sociedad y que se ve agravada por esta pandemia con la pérdida de muchísimos puestos de trabajo, se puede deber a una mala distribución de las riquezas, porque la riqueza cada vez más se concentra en menos manos, según decía un catedrático de la Universidad, pero también esta triste situación es debida a la ineficacia de políticas que pongan freno a esta inaceptable realidad.

Las cifras del desempleo nos asustan y nos revelan la dura situación económica que vivimos. La tasa de desempleo en España superó los cuatro millones de personas, en Andalucía a finales de año se incrementó en un 10% y Huelva cierra el año con la tasa de paro más alta de nuestra Comunidad. Estos datos son números de una tremenda crisis social.

No podemos simplemente lamentar estos datos y permanecer impasibles como si con nosotros no fuera, protegiendo nuestra conciencia con el escudo de la insolidaridad, mirando con pena y lástima a los que acuden a diario a esos centros convertidos en “restaurantes de comida rápida” o ‘repartidores de comida’ mientras sus familiares angustiados esperan en sus casas.

Hemos pasado del ‘estado del bienestar’ a una sociedad caracterizada por la incertidumbre de muchos a saber qué le deparará el nuevo amanecer, donde el hambre se instala en muchos hogares convirtiéndose en verdaderas tragedias individuales y familiares.

A través de estas líneas quiero alzar mi voz contra esta pesadilla de hambruna y desesperación de miles de personas que día a día acuden a “las colas del hambre”, donde dejan de lado el sentimiento de la vergüenza. Pero no olvidemos que necesitar ayuda de los demás no es una vergüenza, lo que es una vergüenza es no prestarla.