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Rendición
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Rendición

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Yo me rindo. Sí, ya no puedo más. No es pesimismo, es desistir ante una lucha absurda por intentar hacer ver a otros lo que hay más allá.

Yo me rindo ante esos derrotistas que intentan arrastrarte ante sus decadencias, sus vicisitudes y sus energías negativas que te hunden y te quitan la fe. Me rindo ante la idea de que sólo nos rodea gente negativa, con maldad, que maquina y es maquiavélica.

Pero no seamos ilusos, están ahí. No podemos negar que hay una milicia dispuesta a esperarte, a verte flaquear para que, en esa rendición, rediman sus frustraciones internas contra ti. Ese momento en el que tu te abres, enseñas tu pureza que puede ser más o menos intensa, pero es la tuya, y la compartes con toda la inocencia del mundo. Esa debilidad que, (¡ojo! para mí no lo es), te hace mostrar tus sentimientos, tus necesidades, tus anhelos, tu bondad y te deja en una situación de vulnerabilidad absoluta que evidentemente, te deja fuera de combate. Total, ya que te has abierto, ¿qué tienes que perder?

He ahí el quid de la cuestión. Deberías ganar. Porque cuando una persona se abre ante ti, te enseña su esencia o su alma en calidad de huésped que busca cobijo, deberías obtener una buena alcoba dónde encontrar ese abrigo.

Pero están ahí. Acechando tu esencia para atacar y devorar a su presa. Presa joven, carne fresca e inocente que cae a la primera de cambio. Porque no os confundáis, no atacan a los de su categoría, atacan a los que están vírgenes en el terreno de la picardía, la astucia y la sagacidad.

Malditos carroñeros egoístas, que no sois conscientes de la deuda que os estáis creando y lo que tendréis que pagar por ello. No sois consecuentes del daño que dejáis y las vidas que apagáis. Tirando de refranero español, tan sabio y elocuente como siempre, os lanzo la siguiente pregunta para que os sirva de reflexión: ¿manitas que no dais, que esperáis?

Por ello:

Yo desisto. Yo me quedo al otro lado de la vida. Esa vida en la que existe gente que te ayuda, te comprende, te escucha y te da su mano. En esa vida en la que vemos a alguien llorar por la calle y nos acercamos a preguntar qué le ocurre y si podemos ayudar.

Yo me quedo en el lado de la vida en la que hay gente que acompaña a otras en los hospitales, que es sensitiva, que no te esquiva la mirada.

Gente con la que contemplar la vida. Gente que pide por la gente. Gente de frente. Gente con la que disfrutar los siete días de la semana. Gente que da la vida y no la pide a cambio. Que te ofrece su mejor versión y que, aunque la vida vaya pasando, siguen estando ahí para ti. Gente que no tiembla cuando llegan tiempos duros. Gente que infunde fe. ¿Qué más da que tipo de fe? Fe para moverte, para continuar, para valorar, para levantarte.

Que verdad es que cuando te paras a mirar hay un montón de ángeles a nuestro alrededor. Esos ángeles de carne y hueso que comparten contigo tus revoluciones internas y que se abrazan contigo fundiéndose en tu temor y te renueva la ilusión, la esperanza, la paz.

Yo desisto. Me desquito. Me quedo con esa gente que dan luz, que no se amilanan ante la oscuridad de las almas, que siguen dando fresca sombra bajo sus brazos. Yo me acomodo ahí, en un pequeño rinconcito de ese corazón.

Yo lo dejo. Abandono la guerra. Me quedo con esa gente que te llenan la vida, te inundan el corazón de ríos de esperanza, que te dejan una raíz de su tronco para que tengas dónde agarrarte cuando no te queda nada. Yo me quedo ahí, en un pasaje de esa historia.

Yo me voy. Me desentiendo. Me quedo con esa gente que te hace creer en la gente. Que sin conocerte te ofrece ayuda, que te da su corazón limpiamente, sin ocultar nada. Gente que renueva la esperanza de que algún día te llenarás de amor, paz y bondad. Yo me acoplo ahí, en el amor desinteresado.

Y yéndome te digo: gracias a ti que eres parte de esa gente.

A todos los demás: Hemos terminado.