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Los 365 días de marzo

Los 365 días de marzo

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De nuevo se acerca la conmemoración del 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. Una fecha señalada en el calendario donde se quiere visualizar el compromiso y el trabajo por conseguir la igualdad real entre mujeres y hombres. Pero también una fecha donde las distintas instituciones y organizaciones, incluso se ‘pisan’ las actividades por uno y otro lado para demostrar quién o quiénes son más feministas en el amplio significado de la palabra, es decir, como principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre.

Este día no es un invento ni de la izquierda ni de la derecha. En este día se recuerda la lucha de la mujer por su participación en la sociedad en igualdad con el hombre, en su desarrollo íntegro como persona. Su primera conmemoración en Europa se realizó el 19 de marzo de 1911, concretamente en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza.

El 8 de marzo se conoce como el día de la lucha por conseguir una verdadera igualdad entre mujeres y hombres, entre hombres y mujeres. En este día salimos a la calle enarbolando banderas de uno u otro signo político haciendo ver a la sociedad que nos solidarizamos y nos comprometemos en trabajar por erradicar la desigualdad, por trabajar desde uno u otro ámbito por las mujeres.

Pero y ¿después de ese día? ¿Qué queda de la lucha por la desigualdad con la que conviven millones de mujeres en el mundo? ¿Con nuestra presencia tan importante en las calles ese día se soluciona la desigualdad entre hombres y mujeres?

¿Quizás utilizan algunos ‘varones públicos’ ese día para rodearse de féminas como un decorado para ‘vender’ que ellos son iguales a nosotras?

¿Quizás por coger una pancarta o leer un manifiesto para visualizar la desigualdad existente se erradica la violencia machista o desaparece la brecha salarial?

Pues yo a esas cuestiones me respondo.  No, nada cambia o poco cambia después de un ‘escaparate’ por la igualdad pasado el 8 de marzo. Necesitamos una vida con derechos todos los días del año.

Solo con el 8 de marzo no se llega a la cima del gran camino que recorren mujeres y hombres por erradicar las diferencias que hoy siguen existiendo entre ambos sexos. Se necesita poner en marcha políticas que cambien nuestro mundo cargado de desigualdades, porque es difícil ser un luchador cuando tienes atados los brazos.

No podemos conformarnos con que se haya conseguido hablar de todos o todas, de miembros o “miembras”, es decir, utilizar un lenguaje no sexista u otros logros porque si bien son pequeños pasitos en ese largo recorrido de la igualdad, no sirven para alcanzar la cima. La cima no es un día ni un gesto, la cima es la igualdad real y efectiva.

Porque el asunto es mucho más amplio. Sigue habiendo brecha salarial en pleno siglo XXI; sigue habiendo mujeres que realizando el mismo trabajo que un hombre ganan menos. Se sigue discriminando a las mujeres en las contrataciones por su voluntad de ser madres; sigue en algunos trabajos la mujer siendo un reclamo. Sigue sin haber una ley de conciliación laboral y familiar efectiva para que la mujer pueda realizarse personal y profesionalmente, porque muchas mujeres siguen sufriendo violencia machista (14 mujeres asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas en lo que va de año); siguen muchas mujeres siendo violadas en países del mundo sin que pase nada y así podría seguir enunciando uno tras otro ejemplos del día a día de muchas mujeres en esta sociedad tan “moderna” y “civilizada” de la que presumimos todos y todas.

La igualdad buscada para las mujeres no puede quedarse solo en pequeños logros en detalles, en titulares, en fotos en las redes sociales, sino que debe ser un objetivo ambicioso y hay que ‘salpicar’ con el valor de la igualdad la ciencia, el deporte, las letras, las artes, la educación, la economía… Y llegamos a la conclusión que el masculino y el femenino no son dos sexos superiores o inferiores el uno al otro. Simplemente son diferentes, los roles masculinos y femeninos son socialmente construidos, no están fijados biológicamente.

Después de estas reflexiones me quedo con la ESPERANZA. Con la esperanza de que son muchas mujeres y hombres los que día a día ponen su granito de arena para que el 8 de marzo tenga sentido de verdad y no se quede en celebraciones de pancartas y luces, selfies ni en gritos ni en lemas algunas veces desafortunados. Son muchas personas las que entienden que el feminismo no se basa en odiar al hombre sino en luchar contra la absurda distinción de sexo o de género. Porque el feminismo, señoras y señores, no es solo para mujeres.