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Discurso del odio

Discurso del odio

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Hace tiempo que la política española cuenta entre sus filas con personas a las que se les calienta la boca en demasía, que dicen auténticas barbaridades, abonando el odio cuando más deberían trabajar por el respeto. Nelson Mandela decía que “el odio se enseña y si se puede aprender a odiar también se puede enseñar a amar”.

Hoy, en nuestra España, en la de todos, aunque haya algunos empeñados en patrimonializarla, hay demasiados “docentes” del odio, enemigos acérrimos de la sensatez y la concordia.

En esa tarea de acrecentar el odio, las redes sociales están jugando un papel fundamental, envalentonando a ciudadanos que rebasan los límites para provocar o atacar a otros y que con un solo clic en sus teclados o móviles una falsedad en forma de tuit puede llegar a millones de personas en tan sólo unos segundos.

Hay estudios que acreditan que es un 70% más que probable que se compartan mentiras en Twitter que noticias fidedignas. Cada vez más, la gente escribe cosas en las redes sociales, escudándose en el anonimato, y teniendo la sensación de que “no pasa nada” para aumentar su violencia verbal.

Claro que alguna vez, algunos de nosotros, hemos sentido odio, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, pero el problema es cuando ese odio se enquista y se convierte en persistente.

Estas semanas estamos viendo, oyendo y sufriendo, la crudeza del “discurso del odio” con motivo de la campaña electoral, sus resultados, debate de Investidura y conformación del Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos. La Tribuna del Congreso, las tertulias, los medios de comunicación en general, están siendo ocupados por aquellos que basan sus opiniones en el desprecio o el insulto hacia los que no coinciden con sus postulados o posiciones políticas, abonando un clima de hostilidad que ha originado, y origina, actos discriminatorios, ataques violentos a sedes de partidos, insultos y descalificaciones hacia representantes electos en las urnas.

El odio ha causado muchos problemas en el mundo pero que se sepa, no ha ayudado a resolver ninguno. Tendríamos que tener más respeto democrático a unos resultados electorales que, por dos veces consecutivas, han otorgado la mayoría al PSOE y también habría que aceptar que tu voto o tu escaño, no tiene más valor que el voto o el escaño de cualquier otro diputado del hemiciclo. Ya está bien de tanto golpe de pecho reivindicando el constitucionalismo cuando los que se los dan, no respetan en absoluto nuestra Constitución.