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Miguel A. Velasco presenta su nuevo libro en Ponferrada

Miguel A. Velasco presenta su nuevo libro en Ponferrada

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Se trata de la segunda ocasión en la que presento una de mis novelas fuera del territorio natural donde vivo. Las causas pueden ser varias y, quizás, en este artículo las podamos analizar pero no me merece mucha atención el hecho. Lo que si me resulta tremendamente enriquecedor, en muchos sentidos, es presentar una obra y a tu persona misma en lugares tan remotos, como pueden ser Bilbao o Ponferrada, y sentirte más querido y conocido que en tu propia tierra natal. Si en Bilbao, con la presentación de la novela “Las habitaciones del servicio”, conseguí que la primera edición se agotara en algo más de una semana, cosa lógicamente totalmente desconocida para mi, en Ponferrada me pude venir con sólo con tres ejemplares. Para un hermano, una amiga y otro para mí. 

Ni Bilbao ni Ponferrada las había visitado con anterioridad. De una conocía todo por la lectura diaria, por la televisión y por haber sido amante del fútbol; de la otra, por su castillo templario y pare usted de contar. Pues esa cercanía que sentí tanto en un lugar como en otro, esas ansias de conocer al autor y de interesarse por los personajes no las había visto en mis anteriores presentaciones solemnes y formales realizadas en Huelva. Y, ¿porqué? En ello está uno de los puntos que quería tocar en este breve artículo. Las presentaciones de libros se han convertido en una especie de rito obligacional en el que el invitado se ve casi compelido a comprar un ejemplar de lo que se muestra. Una especie de Feria del Libro de compra educacional obligada. Y es que el precio de un libro, de 20 a 25 euros, no está como para hacer esos estipendios innecesarios, quizás, en la mayoría de las ocasiones. El editor quiere vender a cualquier precio, intenta hacerte pasear cuán mono de feria por todos los municipios de la provincia con la misma intención de arrancar los euros de unos cuantos bolsillos. El libro no interesa; o es lo menos interesante. Interesa cubrir gastos y llevarse, el editor, el beneficio por riesgo prudente de su negocio. Y esto en el caso de que el autor se vea tocado por la varita mágica de no tener que poner un duro y en su bisoñez e ingenuidad, creerse Eslava Galán, por poner un ejemplo, porque ha firmado en un tenebroso documento de dudosa legalidad, la suerte de llevarse un 10% de la venta, que nunca verá.

Si es el autor el que ha tenido que rascarse el bolsillo y llenado su orgullo y ambición ególatra, después de haber aflojado al menos los mil euros largos, pasados esos fugaces instantes de notoriedad y celebridad, sentirá el leve vacío en su cuenta corriente e intentará acudir a cualquier acto donde poder colocar y vender algún ejemplar. Da igual si es un bar, una cafetería, una peluquería o una desesperada reunión de amigos. Pero no quiero meterme en este tema. Hay “editores”en Huelva que al flujo de las ansias de publicar por noveles autores son auténticos bucaneros que mal favor le hacen a la cultura. Recuerdo a uno que mató una obra mía este invierno pasado…pero me reservo ese capítulo para un artículo que me coja con el estómago en buen estado.

Pero vamos a centrarnos en la presentación de “CHUMA. El VALLE DEL SILENCIO”. No voy a hablar de público, de cariños, de besos y de bonitas palabras. Esas me las guardo en el centro del pecho. Pero quiero hacer hincapié en la levedad que me produce ver una sala en la que los asistentes son público y no amigos o conocidos obligados a acudir al acto. Eso no tiene precio y yo lo he podido vivir por dos ocasiones fuera de mi tierra. Pero quiero hacer, finalmente, mención a una editorial de verdad. Una empresa que trata al autor como lo que es y que tras analizarlo y releerlo sabe pulirlo y corregirlo. Se trata de “El Ojo de Poe”. Una editorial que supo transformar un mocho de más de ochocientas páginas en un libro de setecientas treinta. Un libro limpio, profesional en su forma y cuidado al mínimo detalle con una portada que ya de por sí entiendo como un lujo y eso que me vanaglorio de haber contado con la mano artística de la pintora Lola Reymundo en mi primera novela, “La Sombra”.

Pero ante todo me ha hecho poner en valor a un personaje. Al personaje por excelencia. A Chuma Vega de La Hoz, un viejo detective privado que pertenece a esa generación ya casi invisible para los jóvenes pero siempre admirables para nosotros, los mayores, cuando fuimos también jóvenes. Un personaje que se define con su propio vivir, con sus palabras y sus actos; sin conciencia pero con un sentido del bien tan particular que lo hace sublime; un rufián, un golfo y un señor y caballero como pocos. Bebedor sin límites y amante de cualquier tipo de lujuria. Capaz de los actos más bellacos y procaces y de los sentimientos más puros y limpios. Los que pasamos nuestra juventud en Sevilla, cerca de los barrios cercanos a La Macarena o a la avenida de Colón, nos serán conocidos. Siempre hemos visto la figura espigada, cansada, dura y peligrosa de este tipo de personas, a la puerta de un bar o charlando con una mujer de dudosa pinta.  Los hemos mirado con miedo y sumo respeto. Casi de hurtadilla por temor a ser observado por él. Pues si, y lo digo con toda la humildad del mundo, he conseguido el personaje de mi vida; ese Pepe Carvallo de Montalbán que siguiendo con mi humildad, es mucho más personaje que él aunque yo no pueda acercarme a su autor.

Y es por ello, que preparo una segunda presentación. No en Huelva, ni mucho menos. En Sevilla, en su tierra. Chuma Vega es un sevillano anónimo de pro de los que ya no quedan pero que afortunadamente para los que peinamos canas siempre estaran en nuestras retinas. Si, seguro, en el último trimestre de este año Chuma Vega será presentado en sus calle y en su cielo y en lugar de El Valle del Silencio, será la antigua Alameda de Hércules su compañera…