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Manuel Moya estrena libro: ‘Colibrí con hielo’; “No hay paraíso sin infierno”
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Manuel Moya estrena libro: ‘Colibrí con hielo’; “No hay paraíso sin infierno”

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Cito a Manuel Moya en una cafetería del centro de Huelva, en el que, dicen, será uno de los días más calurosos de los últimos años. Moya no es un escritor que se deje ver mucho.  No le gustan demasiado las entrevistas, ni las presentaciones de libros, ni las firmas en las Ferias del libro, donde el escritor aparece como una especie de tucán enjaulado y vive en soledad, casi en penitencia, la soledad y vulnerabilidad del firmante de libros. Vive en un pequeño pueblo de la serranía y le pilla muy lejos eso que llaman la cultura del espectáculo. Mi invitado llega al cabo de diez minutos con esa antigua apariencia suya de campesino polaco o irlandés escapado de una comuna. Se lo comento y le gusta. Siente, confiesa, devoción por polacos o irlandeses, pueblos tradicionalmente maltratados por sus vecinos y que, además, han destilado, entre otras cosas, buena literatura. Lo de la comuna no lo ha intentado, pero no es tarde para hacerlo. Se disculpa por el retraso, se sienta, pedimos un café vespertino y, mientras vamos rompiendo el hielo y pongo en marcha la grabadora, hablamos del tiempo. De la ola de calor que no acaba de desembarcar.

– Esto me recuerda un microrrelato suyo recogido en Caza mayor, donde se trata de expresar la noción de fascismo a través de una curiosa parábola.

-Me pillas con las manos fuera del tiesto. No recuerdo ahora el título del microrrelato. En todo caso no puedo decir honradamente que sea mío. Se lo escuché a un obrero de un pueblo toscano, mientras fumaba un cigarro en la puerta de un bar. Eran tiempos del rodillo Berlusconi, en los que ese señor, presidente del Gobierno, era dueño de casi todos los medios de comunicación del país. El obrero contaba la historia de un individuo que se asomaba a la ventana de su casa y veía un día terrible, con rayos y truenos por todas partes, con arriadas y árboles arrastrados por la corriente, de forma que el tal individuo pone la tele para ver qué está pasando y resulta que las imágenes que aparecen de la ciudad donde vive, son las de una ciudad radiante, de un sol primaveral, con los pajarillos cantando y la gente sonriente y haciendo footing. El tipo vuelve a la ventana y lo que allí ve es horrible, las marquesinas enterradas en el agua y los coches flotando, pero en la tele la gente sigue tomando el sol en los parques y un niño toma un helado. La cuestión es que el individuo acaba por no saber si lo verdadero es lo que ve con sus propios ojos o lo que le cuentan las imágenes que vuelve a ver por la televisión, y llega un momento en el que duda si salir a darse una vuelta o no. Para ese obrero toscano el fascismo era eso. Dos realidades distintas, la que uno experimenta, en la que uno vive, y la que te cuentan, la que una y otra vez te hacen ver. Al final, claro, el individuo duda entre lo que percibe por sí mismo y lo que le cuentan. Al menos este individuo duda, pero hay quienes se lanzan a disfrutar del día y al final son arrastrados por la corriente. Me pareció una muy buena visión de estos tiempos de manipulación informativa, donde los medios cuentan, no lo que ocurre, sino lo que interesa a ciertas corporaciones económicas. Se demoniza a ciertos partidos o a ciertos países en virtud no de la realidad, sino de los intereses en juego por parte de quienes invierten en el medio. Algo terrible.

 ¿Cómo definiría su nueva novela, Colibrí con hielo?

Colibrí con hielo (Maclein y Parker, 2019)  es una novela amable en lo formal, adobada con un cierto lirismo e ironía, aunque su tesis, por así decir, sea dura. No hay paraíso sin infierno, viene a decir. Para disfrutar del paraíso hay que zafarse cada día en los sótanos del infierno. Para que nosotros podamos vivir una cierta sensación del paraíso, otros o nosotros mismos tenemos que bajar a las oscuras galerías del infierno. El paraíso, cualquier paraíso es una burbuja, rodeada de oscuridad. En todo caso, la novela me ha ido acompañando durante mucho tiempo, más de una década. Cada vez que me sentía con el ánimo alicaído recurría a ella, me dejaba transportar por su fluido y siempre salía mejor de su lectura. Me oxigenaba. Me despertaba. Me daba vidilla. Espero que algo así ocurra con sus lectores.

Suena bien. Lo del paraíso, digo. Y por saber algo, cuál es su argumento?

Se trata de la historia de un escritor de segunda fila que escribe para otro viejo escritor de fama. El tipo en cuestión ha salido bastante mal de una relación sentimental, pero al cabo del tiempo encuentra a una chica caribeña de la que se enamora. Ella ha ido a París con la pretensión de ser actriz y él, pasados los primeros brillos de la pasión, cree que también va a perderla, pues ella siente nostalgia de su tierra. Entonces él, con tal de retenerla, trata de fundar una isla en medio de París,  de buscar un territorio emocional propicio para ella, donde ella pueda sentirse a salvo de la nostalgia. Pero montar una isla no es sencillo y es muy caro, claro, de forma que ha de recurrir a negocios no del todo lícitos que acaso lo conduzcan más allá de donde pensaba… El desenlace, claro, lo vamos a dejar un poco en el aire, si no le importa. Así dicho, parece un argumento bastante extraño, extravagante incluso, pero no, tiene su lógica y su peculiar arquitectura.

La novela está ambientada en París. ¿Por qué?

Sí. La novela es, entre otras muchas cosas, un homenaje a París, al París existencialista, pero también al París de entre-guerras donde todo era posible. Una ciudad libre, donde el arte en cualquiera de sus formas y la libertad, como una manera de vivir sin ataduras religiosas o morales, eran algo consustancial a la propia ciudad. Es un homenaje a las lecturas de juventud y a los anhelos de libertad. El París que narro es como el baúl que encontramos en el desván, y que contiene nuestra juventud. Mis lecturas de Cortázar, Baudelaire, Nerval, Henry Miller, Hemingway, Rimbaud, Verlaine, Vian, Aragon, Zola, Balzac…, la visión de las vanguardias, la sensación de que otra forma de entender la vida es posible, que es, al cabo, el sueño o la idea que yo guardo de París, están, es obvio, presente en la novela, aunque sea de forma irónica, descreída. Diríamos que París es un personaje más de la novela. Acaso el principal.

Vemos en la novela una visión cuando menos curiosa de las ciudades contemporáneas, de la vida contemporánea.

A pesar de todo el confort y de toda la tecnología que nos rodea, vivir en una ciudad contemporánea no es fácil. Hay demasiada presión social y económica sobre el individuo. Si en el siglo XIX y XX la ciudad atraía a los ciudadanos que en ella buscaban más oportunidades, hoy las ciudades tienden a expulsar a su individuos, a llevarlos a sus arrabales, donde la vida es más fácil. Es un hecho que los llamados centros históricos se están vaciando. Demasiada soledad, demasiada incertidumbre. Una presión y una soledad que cada cual, es obvio, intenta negociar como puede. Uno tiene la necesidad de salir de la ciudad, de quitarse de en medio la ciudad y todo cuanto representa, sin salir de ella. Uno ha de buscar salidas sin abandonar su barrio o su zona de confort. Las ciudades contemporáneas están llenas de corpúsculos casi invisibles pero que van creando un tejido cada vez más tupido y que funcionan como respiraderos sociales. Sin ellos vivir en la ciudad sería un infierno. Funcionan como elementos oxigenantes, al igual que los parques o los eventos culturales.

Mucho de todo, un archipiélago, sin mar,  pareciera.

Por ejemplo, hay clubes de remeros, de lectores, de aficionados al cómic, de futboleros, de músicos, de costaleros, de micólogos, de gastrónomos, de papirofléxicos, de bibliófilos, de vinilópteros, de filatélicos, de amigos del caballo, de la chinchilla o del macramé, criadores de canarios, amigos de la foto, del gusano de seda, del manga, de la samba, de la astrología, del zapateado, del idioma coreano, de la gastronomía turca, de las distintas modalidades del sexo y de la comida rápida, del club ciclista, de oenegés, de movimientos reivindicativos… Cada cual escapa de la opresión de la ciudad a través de esos corpúsculos que están repartidos por todas partes y es raro que un habitante no pertenezca a uno o más corpúsculos, que los martes no asista a la reunión de los amigos de la música y el sábado o salga a hacer unos kilómetros con un club ciclista, tejiendo así una red curiosísima y apasionante. En definitiva uno busca sus propias islas, sus propias maneras de huir de la opresión que nos rodea en un entramado social que tiende a aislarnos. Es un fenómeno curioso y me temo que necesario.

En principio, no tiene nada que ver esta novela, Colibrí, con la anterior, Mojama.

No. No me gusta escribir siempre la misma novela. Mojama hablaba de un problema social importante como era el ascenso de determinadas ideologías de riesgo y cómo la sociedad mira para otra parte cuando comienza a ver signos preocupantes. Me estoy refiriendo al ascenso del fascismo, una manera de ver el mundo y las relaciones de poder, que ha traído problemas muy graves a la sociedad del siglo XX y, que a mi juicio debiéramos vigilar muy de cerca, porque nadie asegura que no pueda volver a surgir, con nuevas caras, nuevas coartadas y nuevas estrategias. No hay nada más penoso que escuchar a jóvenes reivindicar un pasado que no han conocido y cuyas funestas consecuencias desconocen. La noción de fuerza y de lucha por conquistar un territorio es algo connatural en el joven, que no sabe cómo abrirse paso en la sociedad. Pero los chicos son fácilmente manipulables. Si escuchan mil veces que los inmigrantes les quitan las oportunidades, que viven del cuento, que reciben ayudas, y todos esos bulos y mentiras, ellos lo creen, de modo que si alguien los seduce con la idea de que hay que eliminar a una parte de la sociedad, por las razones que sea, muchos de esos jóvenes aceptarán el reto y se irán a las calles a buscar a homosexuales, emigrantes, mendigos, hippies o cualquiera que no piense como ellos o no sirva a sus ideas de limpieza.

Viejos dogmas de la intolerancia.

La creencia de que una sociedad corrompida y sucia ha de ser limpiada, reordenada, como si fuera el cuarto de un estudiante, es una idea que puede resultar atractiva así, de primera mano. Claro que limpiar una sociedad no es limpiar un cuarto. No podemos eliminar a quienes no nos interesen, como hicieron el nazismo, Stalin, Franco, los jemeres rojos y tantos otros.

Todos llegan al mismo sitio, el infierno, la devastación, la depuración del discrepante.

La historia está llena de ejemplos de limpiezas étnicas, religiosas o ideológicas. No es algo que acabara con Hitler. Tenemos ejemplos muy actuales. Yugoslavia, Ruanda, Sierra Leona… Y en eso, en un tiempo de crisis de valores, reaparece el fascismo y el nazismo en toda Europa, que algunos tratan de pintar tan atractivos, aprovechando los tiempos de crisis sociales, culturales e ideológicas, en la que los chavales lo tienen francamente difícil. De todo eso trata Mojama. De cómo el fascismo se nos va colando en la vida cotidiana y no actuamos, sino que lo dejamos ir, creyendo que son casas de jovencitos exaltados, de pijos desnortados, hasta que un mal día anos levantamos con la resaca que los andaluces nos levantamos el 3 de diciembre, con el fascismo en el parlamento.

Leo, veo un intento de liberación en ese pájaro, digo en ese título, en ese contenido profundo: Colibrí con hielo.

Colibrí habla de otras contradicciones de la sociedad contemporánea, desde un ángulo acaso menos evidente, pero necesario, pues habla del anclaje del individuo en una sociedad que cada día lo aísla y ahoga más. En fin, me gusta que mis novelas arañen un poco la piel y no se queden en meros artilugios literarios más o menos interesantes o virgueros. Escribir una novela debiera convertirse en una larga y, a poder ser, una productiva reflexión, donde ha de ser el lector, obviamente, el que, tras reflexionar, tenga la última palabra.

Después de esta charla tengo la sensación de que algo ha cambiado, no es por el título, o la portada, por cierto muy buena. Pareciera que hemos cambiado los papeles.

Aguantar mi charla, estoicamente, pacientemente, suele producir esos efectos colaterales. Pero es pasajero, váyase tranquilo.

 

Colibrí con hielo (Ed. Maclein y Parker, Sevilla, 2019)

Mojama (Ed. Niebla, Huelva, 2018)

Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960). Poeta, narrador y traductor, ha editado cuatro libros de cuentos, La sombra del caimán (2006, finalista del Premio Setenil), Cielo municipal (2009), Caza mayor (2014, Premio de la Crítica de Andalucía y finalista del Setenil) y Zorros plateados, Premio Tiflos (Edhasa, 2017), así como las novelas La mano en el fuego (2006), La tierra negra (2008), Majarón (2009), Las cenizas de Abril, Premio Quiñones de novela (Alianza, 2011), traducida al portugués e italiano, y Mojama (Niebla, 2018). Es especialista en Fernando Pessoa, de quien ha versionado Libro del desasosiego y Ficciones del interludio (ambas para Alianza, 2016), las ediciones de Campos, Reis (Visor, 2015-2016) y Caeiro (Baile del sol, 2016), Mensaje (Visor, 2017) o sus Cuentos (Páginas de Espuma, 2016). Su obra está incluida en numerosas muestras colectivas de relato y poesía, tanto en España como en el extranjero.

 Sobre la editorial:

Maclein y Parker lleva en activo desde el año 2014 y cuenta con cuatro colecciones: Taiga, de narrativa, en la que tiene veintitrés títulos publicados hasta la fecha entre novela y colecciones de relatos; Mirto, la dedicada a poesía, con catorce títulos publicados; Clemátide, dedicada a textos ilustrados, en la que tienen cabida obras que destacan por la sintonía entre la palabra y la imagen, aportando al libro un valor como objeto; y Alerce, dedicada a ensayos sobre arte y literatura. 

Entre las firmas que han publicado con Maclein y Parker encontramos autores de todo el territorio nacional además de Argentina y Uruguay. La editorial destaca por su cuidado al detalle tanto en las ediciones como en el trabajo con los autores, lo que se ha convertido en una de sus señas de identidad.

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