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Ingrid González. La musicalidad del verso

Ingrid González. La musicalidad del verso

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Amor, te me perdiste una mañana

Amor, cuando volví la vista atrás no te encontré.

Tu rostro, ya volatil, se quedaba

entre las sábanas.

Tanto te amé….

Este jueves, día 7 de marzo, en el salón clásico de la cultura onubense, en Las Noches del 1.900, la poetisa ayamontina, afincada en la capital, Ingrid González, presentará nuevamente, después de un largo silencio, su libro “Alma de mujer ”ante ese auditorio, a las nueve de la noche, junto a la poetisa donostiarra  Fátima Frutos, que será presentada por el escritor Santiago Aguaded. Cuando Ingrid me invitó a presentarla no me lo pensé dos veces. Su invitación me trajo a la memoria la magnífica impresión que me causó esta mujer, ella y su obra, cuando hace dos años tuve la fortuna de hacerle una humilde semblanza para el Diario de Huelva

En el prólogo de su poemario, Manuel rubiales decía con acierto pleno: “La poesía de Ingrid se transforma en el filo del acero para desentrañar todo lo que habita en su interior. Este poemario, “Alma de mujer”, no es un castillo o un palacio, pero es un hogar agradable. Es un diario de madrugada, un albúm de fotografías dónde ángeles y demonios luchan por abrir las cremalleras del alma”. La propia Ingrid González lo define como “una colección de la multitud de trazos en el que se ha roto siempre mi alma y que me ha servido de pegamento para unir estos trocitos”.  Sin embargo, a mi me gusta indagar en el alma, bucear en la mirada y colarme en ese interior que, en el caso de Ingrid González, te promete un descubrimiento continuo. Los ojos de esta poetisa irradian una permanente sonrisa dentro de unos surcos que me saben a lucha, a dolor y a sufrimiento. La sonrisa solo me sabe a excusa porque ella es positiva y vence con lágrimas de amor las lágrimas del dolor. Hoy, dos años después de aquella semblanza, me mantengo en decir que Ingrid sigue siendo una mujer excesiva en todo. En su romanticismo, en su sensibilidad, en su pasión. Nada le es ajeno. Todo le afecta porque ese  todo forma parte inseparable de su ser y de su vivir. No se considera una poetisa prolífica, a pesar de tener toda una colección de cuadernos con sus versos, pues ella necesita su momento, su lado oculto dónde y cuándo poder desparramar sus sentimientos con esa sensibilidad suya que hace que su poesía y su prosa logrando en muchas ocasiones esa prosa poética que tanto hace enaltecer el realismo mágico. No es cuestión de hacer rimas bonitas que sucumben al paso mínimo del tiempo. Sus letras tienen esencia y verdad y hasta que no suenan en sus oídos y laten en su corazón como una melodía noble no tienen su visto bueno.

Aún recuerdo aquella tarde que le pedí que me leyera uno de sus poemas y la mirada suya ante esa petición. A pesar de su aspecto externo de mujer capaz de comerse al mundo subyace una persona tímida y celosa de su privacidad. Ella estaba acostumbrada a escribir para si misma y leer, en todo caso, para los más íntimos. Nunca pensó en publicar, tenía miedo escénico a pensar que se iba a desnudar en público a través de sus letras. Y cuando lo hizo, recitar, arañar sus poemas con la exclusiva vehemencia o humildad que solo su autor lo puede hacer, cuando vi su transformación, la de su voz y la de su alma, me di cuenta de que estaba ante una autora de calibre. Pasional, excesiva, pero tierna y sensual a la vez.  Sus versos salen del alma y bailan en ella, te confunden y te abrazan, te llenan con unas composiciones y estructura deliciosamente formadas, que delatan una alta carga intelectual. Sigo diciendo lo que hace dos años manifesté. Esto no es poesía para mí. Es algo más. Es vida en versos. Es hablar de amor y desamor en versos.

Estamos ante una poetisa fuerte, muy fuerte, que solo necesita Paz y Tranquilidad para crear, aunque sean las situaciones de tensión las que le producen contradictoriamente un estado de catarsis apto para la creación. Para mí lo único que necesita es hacerse creer. Su valor e importancia escapa a sus pensamientos e inquietudes, y miedos, porque ya nos pertenece un poco a todos. A sus lectores.

No dejaste ni una mala nota en mi ventana

ni una última taza de café

Trás el cristal sólo quedan las miradas.

Solo un te quiero de un arrugado papel

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