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Sandra López Santos. La virginal tentación de una mirada
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Sandra López Santos. La virginal tentación de una mirada

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Recuerdo perfectamente el día que conocí a Sandra. Fue un viernes del mes de abril del año pasado. Ese fin de semana decidí pasarlo en Huelva y después de almorzar cogí mi bolsa y cerré mi piso de la Avda. Periodista Quesada Chacón, en Córdoba. Faltaba aún hora y media para que el Alvia procedente de Madrid parase en las instalaciones del Adif con destino a Sevilla y Huelva. Pero el día era uno de esos alegres en la mora ciudad y me encantaba caminar despacio hasta la estación, como siempre hacía, mirando al suelo a sabiendas que me iba a encontrar con un resto arqueológico que no había visto antes. De esos que crecen como las setas en la única ciudad del mundo que puede decir que es y sabe a mora. Con perdón de los del Reino. Pues como iba diciendo, al llegar a la estación , y también como de costumbre, bajé del edificio hasta la Vía Augusta. Enfrente me gustaba recorrer la Estación de Autobuses que era un auténtico museo urbano en sus sótanos donde lo mismo podía ver restos de una casa mozárabe, la unión de dos acueductos o una mezquita con sillería romana. Tomé un café y volví sobre mis pasos para volver a entrar en la Estación de trenes.

No más de treinta pasajeros esperaba el Alvia y nos dispusimos a bajar las escaleras mecánicas antes de pasar por el control de pasajeros y llegar al andén. Miré el número de vagón y asiento. El número 3, asiento 34. Apuré el penúltimo cigarro antes de que se acercara la máquina y observé al resto de viajeros. Algunos estudiantes, parejas de mayores y otros chicos y chicas por su cuenta. Una de ella me llamó la atención. Al llegar el tren una auténtica marea humana salió de su interior y hasta que no bajó el último la bella azafata de estrecha falda burdeos y camisa blanca con finas rayas del mismo color que la falda y pañuelo corporativo, no permitió con una eterna sonrisa, también corporativa, que los nuevos viajeros entraran. Encendí otro cigarro consciente de que la parada era de pocos minutos y observé con cierta tristeza melancólica la labor de la azafata entre tantas estaciones diarias por todo el mapa nacional. Tiré la colilla a la vía y di las buenas tardes a la linda rubia. Me había metido por el vagón anterior y tuve que andar entre asientos casi vacíos hasta llegar al mío. Sólo se veían dos cabezas en él. Un chico al fondo, con los auriculares puestos y una chica en un asiento con mesa leyendo una revista. El 34 era justo enfrente a ella, al otro lado de la pequeña mesa plegable. Saludé y la chica levantó la mirada. Sus ojos eran verdes, sus labios pintados por la mano de Dios, amplios y carnosos, su rostro anguloso marcándose los pómulos de bella simetría y su mirada un misterio escondido en el dibujo perfecto de unos párpados acariciadores y una pestañas negras como el entorno de los mismos. Buenas tardes, me llamo Sandra López Santos y vivo en Huelva.

Cuando reía sus pómulos se ensanchaban y sus labios se extendían dejando asomar una hilera preciosa de perlas blancas y en las pupilas se les encendían una estrella. Era y es, me dice tímida pero muy sociable. Y así me lo parece porque aunque ella no lo sepa la mirada se le retrotrae sin perder su luz. Pasa por nosotros el paisaje llano cordobés y el sol de abril nos hace bajar las persianas de nuestra ventana. Viene de ver a su novio porque está preparando los últimos flecos de una boda pospuesta, como en las película. Ríe cuando me lo cuenta. Su novio se llama Miguel y es cordobés. Miguel Estepa Cabello de Alba que se ha tenido que quedar allí para tratar unos asuntos. Pues resulta, me narra entre risas, que tenían señalada la boda para el 4 de octubre del 2,014 y justamente ese día le ponen al novio un examen para opositar a la Policía Local y lógicamente, deciden aplazarlo y no casarse. E hizo bien porque aprobó y en la actualidad ejerce como tal en la localidad onubense de Palos de La Frontera. Y ahora se encuentra nerviosa, muy nerviosa porque le queda menos de veinte días para afrontar su segunda tentativa nupcial. Mira profundamente, sonríe como un lujo de costumbre. Su voz es linda, vocaliza a la perfección y sabe manejar el verbo con soltura. Y charlamos. La dejo hablar porque me encanta oírla y casi no nos damos cuenta de que hemos llegado a Santa Justa. El chico de los auriculares del fondo desaparece y nos quedamos sólos en el vagón. Los dos y su voz. Ambos y su historia.

Sandra López Santos quiso el destino que naciera en Madrid y viviera hasta los once años en Móstoles donde su padre fue destinado al cuerpo de Tráfico de la Guardia Civil. Tiene una hermana menor, Sonia, me cuenta, y que su padre es natural de Gibraleón y su madre, María, de Oporto. Madrid es su casa pues vivir la primera época de una vida en ella te marca. Nació en julio de 1,982 y le digo que tiene la misma edad que el número de mi asiento. Mira el billete y ríe como una niña feliz. Sigue hablando y la siento como si la conociera de toda la vida. “Allí en Madrid, en Móstoles, fui muy feliz con una infancia preciosa, en una marco histórico, rico en y de piedras, que estaba todos los fines de semanas lleno de madrileños de la capital. Por ello cuando mi padre nos dió la noticia de que nos veníamos a Huelva y a Gibraleón, más concretamente, fue como una bofetada sin guantes”. Cuando llegó a Huelva todo le pareció extraño, raro. Tanto, la ciudad, como el pueblo y la gente como sus costumbres.”Ni Huelva era Madrid, ni Gibraleón Móstoles.” Incluso ahora, después de tantos años, le digo que la historia de Gibraleón es bastante más antigua y rica que la localidad madrileña, desconoce el detalle y se asombra. ” Mira si venía cabreada, Miguel, que cuando llegamos al pueblo vi a una señora mayor sentada en una silla en medio de la calle. ¿Qué hace esa mujer ahí, mamá? ¿Está loca, la pobre?.¡Calla niña que es tu abuela y eso de sentarse a la fresca en la calle es muy típico en Andalucía…Ya lo entenderás! Para mi era todo nuevo, distinto, extraño. Me siento mal y tengo miedo porque le producía hostilidad el contacto con los naturales. Pero gracias a mi sociabilidad, aunque sea tímida, me adapte rápidamente.” Su padre se construyó una amplia casa en su tierra y seguía recordando a sus amigos de Móstoles pero comprendiendo que el sino del Cuerpo de su padre era ese. “Nosotros, los hijos e hijas de Guardia Civiles, sentimos una fraternidad especial entre todos nosotros. Existe una unión muy positiva porque nos marca el hecho que, por ejemplo, en Móstoles, antes de entrar en el coche tenían que mirar los bajos del mismo. ¡Y teníamos miedo, claro que teníamos miedo, y eso nos unía como una piña.”

Sandra es muy buena estudiante. Pasa por el Colegio Miguel de Cervantes y hace el COU en el Instituto Odiel de Gibraleón. Al llegar la hora de elegir carrera universitaria duda entre Biología y Psicología, pero como es una amante de la naturaleza ingresa en la Facultad de Ciencias Ambientales de Huelva. Esa etapa universitaria la enriquece en todos los sentidos. La hace madurar sin perder su inocencia innata porque la maldad nunca podrá ante una sonrisa sencilla y clara de Sandra. ¡Y, además, ya está hecha una choquera y una barriga verde más! Se reúne con un grupo de compañeros con el que forman la inseparable pandilla universitaria que , hoy en día, aún dura y se reúnen cuando así lo quieren.

Por su parte, Miguel Estepa estudia Psicopedagogía en Córdoba y fue en el último curso cuando conoció a Sandra en Madrid. El padre de Miguel tiene una empresa de Imagen y Sonido y se encontraba ayudándole en un trabajo en la capital de España y Sandra se había ido a pasar el fin de semana a Madrid para poner en claro sus pensamientos. El flechazo fue automático y mútuo y a partir de ese fin de semana de 2.007 su relación que comenzó a través de messenger hasta que se formalizó, en cierta manera, cuando él decide venir con unos amigos a Matalascañas en julio de ese mismo año. Si no llega a ser por la frenada del tren y el pase de la bonita azafata rubia estaríamos aún hablando. Bajamos a la oscuridad de los andenes de la Estación de Sevilla en Huelva. La esperaban en el exterior su madre y su hermana .Nos despedimos como dos viejos amigos ante las miradas extrañadas de los suyos que se preguntarían quién sería el señor que abrazaba a su hija. Nos dimos los teléfonos y quedamos en tomarnos un café después de la boda.

El tiempo pasó y el recuerdo de esos ojos no se perdieron en el olvido. Además, a través de las redes sociales pude seguir su trayectoria vital virtual. Algunas veces me esforzaba en vano en encontrar un significado a la profundidad de su mirada y nada encontraba. Recordé sus palabras en el tren cuando se refería a un momento determinado de su vida. ” …Necesitaba mucho, mucho amor.” Quizás fuera eso. O era eso. Sandra ha nacido para crear amor, para hacer de su vida una activa y dulce película en la que el amor es tan fundamental como el sol o la lluvia. Dar y…recibir. En partes iguales, porque el amor es un acto correspondido. Niña, mujer… una dicotomía que la perseguirá afortunadamente mientras viva. Pero que nadie se piense que es una “Campanillas” al uso. Es una mujer acostumbrada a los malos momentos y a las malas situaciones profesionales. Curtida, sufrida, acostumbrada a ponerles parches a su espíritu tierno, porque la vida no lo es, tierna, en muchas ocasiones. Y por esas redes veía sus fotografías y su felicidad repartida en mil imágenes. Esos preparativos del enlace cercano, esas románticas instantáneas en el Odiel, en el viejo puente británico de hierro y madera, con el horizonte celeste morado del atardecer de Huelva marismeña al fondo. Y nos escribíamos. Y vi paso a paso como su estado de gestación avanzaba sin que el mismo deteriorara ni un ápice su figura de Ángel.

Sin embargo, hasta para ello es especial. Desde mucho antes de contraer matrimonio ya vivía con su futuro marido y sabía de las vicisitudes de la convivencia, de la vida en común. En la hermosa y grande casa paterna-materna se había construido un pequeño apartamento para hacer de su vida un mundo diferente dentro de un concepto estricto de familia que los López Santos han tenido siempre muy arraigado. La convivencia es buena y su padre y Miguel se llevan de maravillas. Y lo fundamental, se sienten la pareja ideal, porque se saben pareja. Tratan con las mismas gentes, poseen los mismos intereses y las mismas necesidades. ¿Puede pedir algo más una pareja jóven a la vida? Un hijo. No obstante, a Sandra le entra el típico ataque de pánico y de inseguridad propio en muchas madres primerizas, ¿Voy a saber cuidarlo? ¿Voya a estar a la altura de tanta responsabilidad? ¿Voy a saber gestionar mi vida, los cambios que se van a producir en ella? Porque era consciente de que a partir del nacimiento de su hijo su prioridad no iba a ser ella, iba a ser su hijo y esa pérdida de libertad le daba pánico. Por ello, ahora me mira y me fusila con esos ojos que amo y sonríe diciéndome que cómo pudo ser tan egoísta y tonta, que su hijo es lo más importante, junto a su marido y su familia. que tiene en la vida. Que la renuncia a los derechos individuales deben ser considerados como un acto de amor, como la progresión individual del desarrollo personal. Y nació Daniel, así se llama la criatura objeto de esas dudas que se disiparon nada más tenerlo en sus brazos y que hasta el día de hoy no se ha despegado. Crece a su lado, sienten el latir de sus corazones a cada instante y mama diariamente una dosis abusiva de cariño y de celo materno. Yo toqué virtualmente esas manitas y también virtualmente besé esos pómulos sonrojados maternos pudiendo sentir tras la frialdad del cristal de la pantalla el calor que emanaban.

Y ahora la he tenido nuevamente conmigo. No separados por una mesa plegable de tren, sino unidos por un sofá en la Librería La Dama Culta, donde quedé con ella y su marido para que me hablara y terminara esa conversación interrumpida hace algo más de un año en una estación de tren. La encuentro perfecta. Madre, mujer y niña. Nada se le ha ido o escapado en su persona con la llegada de Daniel. Nada. Es más, ha ganado. Hay más luz y brillo en su mirada y en sus labios. Sin embargo siente que octubre se acerca y empieza una prueba de fuego para ella. Sandra es profesora de Ciencias en La Ciudad de Los Niños y comienzan las clases. La Ciudad de Los Niños. ¿Y como puede una chica como ella dar clase en un sitio aparentemente complicado y difícil? No me encaja en absoluto, me digo. Sin embargo, ella es firme al respecto. “Ser profesora en este Centro ha sido la experiencia que más me ha hecho crecer como persona. Yo no pensaba que llegaría a dar clase allí, pero como tenía el CAP y un Máster en investigación en Educación eché el curriculo y me llamaron. He vivido momentos muy duros. Situaciones de pánico físico constante. He llorado mucho por dentro y por fuera al salir de las aulas, pero sabía que no podía acobardarme sino abordar los problemas de relación alumnos – profesor desde otra óptica. No imponiéndome desde la base de la autoritas sino del diálogo y conocimiento mútuo…Y creo que, al día de hoy, lo voy consiguiendo.” Yo no puedo más que mirarla y recordar la película de Sidney Poitier, Rebelión en las aulas. Y es que yo me digo cuando ves unas manos tan blancas y un rostro y un corazón lleno de amor y calor no hay sentimientos negros carcomidos por las manos oscuras de la sociedad que no se paren a examinarse y se reblandezcan por querer saber y conocer el porqué de tanta bondad y tanta empatía sin falsedad.

La entrevista llega a su fin. Como todo lo que esperas con mucha ilusión se te hace pequeño, breve. Podía haber seguido escuchándola durante toda la tarde y la noche y las otras. Ella no le pide nada al futuro, sólo continuar como hasta hoy. Además, no le gusta hacerlo; la vida hay que vivirla al instante. Nos levantamos sabiendo que después de ese momento hay un punto de partida entre nosotros. Ya no serás Sandra Santos un recuerdo en el tren, una imágenes virtuales en la red. No. A partir de cuando te vi marchar con Miguel calle arriba sabía que se iba Sandra López Santos. Una amiga.

MIGUEL ÁNGEL VELASCO

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