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El wasap de la rosa amarilla

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La primera flor de invierno del rosal del arriate del patio de arriba apareció un día de la última semana del otoño completamente hecha. A mí me sorprendió verla como la vi cuando la vi, una proeza singular y perfecta, como surgida de la nada. ¿La vio alguien brotar, crecer, abrirse? Mis ojos no, pero allí estaba ella como la cosa más natural del mundo, sin alardes, sin mítines, sin aplausos. Como crece la vida. La rosa amarilla era tan perfecta que ensalzaba todo en el entorno y en todo él hermoseaba.

Coetánea de las Elecciones Generales del 20 D y sus resultados, aquel círculo fraccionado en coloristas porciones inéditas e irregulares, la rosa amarilla le envió un wasap al ipad de mi mente aquellos días sin romper el silencio. Lo recibí entonces pero lo abrí más tarde, cuando el desencanto, cuando la certeza de la infertilidad se abrió paso en la conciencia del pueblo hasta instalarse en su primera fila y puso allí la silla de la decepción, la única silla que el pueblo llano encuentra disponible en este hoy en el que por quinta vez el PP dice PP, el PSOE dice PSOE, Podemos, Podemos, Ciudadanos, Ciudadanos e IU IU, por quinta vez sin moverse de la misma parrilla de salida, es decir de sí mismos. Qué flor podría brotar de semejante planta.

Jorge Lorenzo ha ganado en Katar la primera carrera del mundial de motos GP justo tres meses después del 20 D. Y su proeza, vista desde fuera, parece la cosa más natural del mundo. Como si no llevara tiempo, esfuerzo, sacrificio, consagración a la entrega, consagración a la superación de los límites que ponen situaciones temporales.

Obra colectiva, decía el wasap. La rosa amarilla de mi patio era fruto de una obra colectiva, fruto de la laboriosidad del rosal unida a la eficiencia de los nutrientes de la tierra unidas a la eficacia del agua dulce y al calor de la luz y al frescor de la noche, al aire y al testero. ¿De quién la autoría? ¿Importa? a quién, a qué. Ni la reclama el rosal, ni el sol, ni agua dulce alguna, ni el aire ni la luna. Es su obra conjunta. El estilo propio de lo que da vida, co-creada por el común espíritu de servicio al servicio de un bien común, auténtico, perfecto, hermoso para cualquier mirada. La proeza.

A la política nacional le falta aprender a hacer una obra colectiva, un Gobierno. Les falta a los partidos saber dar de sí para todos, no de sí para sí, sino para todos, lo que necesita y quiere el pueblo, espíritu de servicio para avanzar desde su propia historia, adelantarla y hacer una proeza que parezca, como la rosa amarilla o el triunfo de Lorenzo, la cosa más natural del mundo.

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