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El Séptimo de Propaganda

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Uno de los populares lemas de la extinta revista de humor gráfico y literario ‘La Codorniz’ decía: ‘Donde no hay publicidad, resplandece la verdad’. Y aquella certera fraseera todo un axioma en sí misma. Sin embargo, el problema se presentaba y sigue haciéndolo si se formula una pregunta: “¿En qué momento de la humanidad han estado las verdades de unos y otros exentas de propaganda? La respuesta es: nunca.

El concepto de propaganda en su versión menos virulenta, estaría unido a la publicidad. Pero en sus formas más sectarias ha impregnado toda la vida:la religión, la historia, la política, las artes… Incluso está muy presente en una actividad en principio tan inocente como es el cine. Fijémonos en concreto en el cine americano, porque es el más desarrollado técnica y artísticamente, es decir es el mejor del mundo. Pues bien, hasta el mejor cine está y ha estado siempre trufado de propaganda pura y dura, aunque no lo hayamos advertido,camuflado entre las escenas de sus agradables producciones. Envuelto en el papel de celofán de la acción, las aventuras, la comedias, los dramas y las historias románticas, las medias verdades o claramente sesgadas se han mantenido desde el primer golpe de manivela hasta nuestros días.

Solo es preciso que una persona se haya parado un momento a reflexionar sobre lo que ve en la pantalla, para que note que algo no cuadra. A servidor ya le ocurría con aquellas películas de la Segunda Guerra Mundial, en las que los malos eran los alemanes. Cuando se enteró de que los malos habían sido uña y carne con nuestro Régimen, le resultó difícil comprender que nosotros hubiéramos estado al lado de aquella gente, cuando aquí la política olía a recibimientos bajo palio, inciensos y aguas benditas.

Y sin que nadie le explicara nada a uno, a partir de cierta edad fue atando cabos, y comprendió que los americanos en el cine, y los nuestros en directo, nos contaban las milongas que les venían bien en cada momento.Resultaba evidente, después de una atenta observación de los mensajes subyacentes en cada película, desde la más ambiciosa superproducción a la más humilde serie de televisión. No importaba que las cintas fueran del Oeste, con ‘pieles rojas’ a los se les podía disparar con impunidad; era el deber de los ‘buenos’ abatira aquellos salvajes vociferantes que a la menor ocasión te arrancaban la cabellera. Además, quedaba claro que fueron barridos por la ‘civilización’ porque eran unos haraganes adictos al ‘agua de fuego’.
Pero cuando de verdad se les vio el plumero a los cineastas yanquis fue a raíz de la Guerra de Vietnam, que como es notorio perdieron. Con sus Rambos reescribieron la historia, dejando constancia de que prácticamente la habían ganado ‘a los puntos’ en cada episodio.

Así, cuando los gobiernos americanos tienen la necesidad de elevar la moral de su gente o de extender su propaganda sobre la población mundial, solo tienen que encargarle la tarea a Hollywood, donde, previo pago de su importe, se reinterpreta la justicia de sus guerras o de sus frecuentes intervenciones en su ‘patio trasero’ de Sudamérica.

Es evidente y ridícula su pretensión constante de que, pese a la corrupción policial o a la sociedad tan violenta que han generado, el sistema es tan perfecto que al final siempre ganan los buenos; lo que, como sabemos, no es verdad. Lo dicho: El Séptimo de Propaganda.

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