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Un tiempo para cada cosa

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Es ancestral la costumbre de que las cosas se afronten en el momento adecuado; hasta la Biblia reflejó cómo hay un tiempo para nacer y otro para morir, uno para sembrar y otro para recoger, uno para amar y otro para odiar… Así ha sido desde los primeros balbuceos de la humanidad. Hasta que hemos llegado a estos tiempos confusos que vivimos, en los que todo se ha vuelto borroso y desdibujado.
En las grandes empresas que iniciaron su andadura con jóvenes plantillas de edades comprendidas dentro de un arco limitado, resultaba divertida la observación de cómo todos los empleados se casaban, tenían los hijos y se compraban el cochecito o la casita en la playa casi al mismo tiempo, con pequeñas diferencias debidas a la edad. Y, como el que da primero da dos veces, quienes se casaban antes recibían regalos de boda regios, porque había almas cándidas que se aprestaban a homenajear a los que daban el primer paso: “Vamos a aportar una cantidad para el regalo de boda de fulanito”; y nadie se atrevía a señalarse en negativo. El ardor contributivo iba disminuyendo conforme la gente comprobaba que al mes siguiente se casaba otro, y al siguiente otro…
Las perspectivas de estabilidad permitían el trazado de unos planes seguidos por la mayoría casi con disciplina militar. En cualquier caso, parecía que solo se podía ir a mejor, y era cuestión de tiempo que se pudiese acceder a metas a que otros habían alcanzado ya, en función de su edad.
Sin embargo, cuando se comprueba hoy cómo nuestros hijos vivirán peor que nosotros, una angustia descorazonadora nos invade, y es lógico que muy pocas personas se aventuren en esa tarea de ‘trenzado del nido’ a largo plazo, como se proyectaba antes.
Se equivocan los políticos y los empresarios que supeditan la solución de todos los problemas a que la existencia de los trabajadores sea más precaria. Esos ‘sueños húmedos’ de algunos, de tener a todos los currantes colgados de percheros, en ordenados armarios pertenecientes a empresas de trabajo temporal, esperando a que la ‘voz de su amo’ les dé la orden de: “¡A jugar!”, no solo hará más infeliz a la clase trabajadora, sino que, de paso, redundará en un pasar miserable para los poderosos, cuyas vidas transcurrirán en urbanizaciones exclusivas, amuralladas, blindadas y vigiladas; serán cárceles de oro, pero cárceles al fin y al cabo, de las que nunca podrán huir.
Como ocurre con las plantas, que ahora han enloquecido con el innegable cambio climático, aunque lo niegue el primo de Rajoy, y florecen cuando les parece bien, los jóvenes, con el trastorno de los tiempos razonables para cada cosa, en lugar de hijos tendrán nietos; si es que llegan a tenerlos, porque cada día es menor su deseo de traer a este mundo mano de obra barata, para que la exploten los de siempre.
Ya no se harán las cosas en su momento, ni habrá sueños esperanzadores; y ello nos afectará a todos por igual. Porque cuando se está convencido de que ‘después de perdidos, al río’, no hay ningún tipo de barreras que frenen al desencanto y al desapego de las instituciones, más tarde al resquemor y al sentimiento de injusticia, y por último al odio destructor; en un in crescendo inevitable.

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