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Punto y coma

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Existe una barrera que nos clasifica a los seres humanos de un modo más sutil quelos signos externos derivados de nuestro poder adquisitivo. Va asociada a la manera en la que nos expresamos por escrito, y no deja de ser un modo de discriminación como otro cualquiera, dentro de la serie de señales que nos hemos ido asignando los seres humanos los unos a los otros, en un intento por conocer quiénes somos, de dónde venimos y de qué pie cojeamos, tal y como hacen los animales cuando se huelen entre sí.

Esa necesidad humana de localizar y situar a nuestros posibles amigos, enemigos o competidores, se ha dotado de una herramienta específica en la evolucionada sociedad en la que vivimos. Puede que esa marca sea más sutil quizás que la que nos otorga la zona de la ciudad en la que vivimos, el coche que conducimos, o los lugares que frecuentamos; aunque no deja de colocarnos otra etiqueta identificativa.

Dicha señal, a menudo indeleble, procede generalmente de circunstancias ajenas a nuestra voluntad; de ahí lo injusta que puede llegar a ser. Porque, ¿qué responsabilidad podrá exigírsele a alguien que no haya podido acceder a una formación adecuada?

Y dentro de ese rastro que deja el modo personal de escribir, destaca todo lo relacionado con el uso de las tildes, de las mayúsculas y los signos de puntuación. Si afinamos algo más, llegaremos al cenagoso mundo del punto y coma, un signo cuya discutible oportunidad en cada texto lo ha ido relegando cada día más a un oscuro ostracismo. Como todas las medianías está condenado a sufrir acoso desde arriba y desde abajo; porque el punto y coma es la clase media de las pausas; y así le luce el pelo.

Visto por muchos como un signo repipi, propio de sabihondos a quienes les gusta destacar en todo, es ignorado por quienes ni siquiera llegaron a familiarizarse con el uso de sus primos carnales, la coma, el punto y seguido y el punto final.Tanto es así, que en una antigua serie de la televisión en blanco y negro de los sesenta, el personaje protagonista que encarnaba Adolfo Marsillach, explicaba en la cabecera de cada capítulo que él se llamaba Fernández, y aclaraba: “Fernández Punto y Coma”, y que nació sabiéndolo prácticamente todo.

Como se ve, la fama de redicho que puede otorgar el dichoso punto y coma viene de lejos. Y en evitación de disquisiciones sobre los matices que podría aportar a cada frase, aquí casi hemos optado por la vía directa de su supresión, de manera similar a lo que se contaba de aquel guardia poco letrado del viejo chiste,que le preguntó al cabo si arcén se escribía con hache o sin ella, cuando tuvo que escribir en el informe que el accidentado había sufrido una decapitación y que la cabeza se encontraba en ese lugar. Como es sabido, el cabo le dio una patada a la cabeza, al tiempo que aclaraba: “En el sembrado; la cabeza se hallaba en el sembrado”.

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