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Expulsados del paraíso

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Uno de los aspectos positivos que poseen las ciudades medias y pequeñas es que en ellas es posible percibir el paso del tiempo a través de los cambios en los rostros conocidos. Puede que incluso no termine uno de saber a ciencia cierta de qué conoce a aquella persona que ve al paso, y necesite un momento de reflexión para situarla.
Así acabo de ver a un viejo conocido de la infancia. Estaba el hombre en la puerta de un bar, pegado al quicio, como si no quisiera hacerse notar demasiado, no fuera a ser que le echaran de allí. Como es lógico, los parroquianos que no consumen no están demasiado bien vistos. Deteriorado por la edad, como supongo le parecería yo a él, si es que llegó a reconocerme, me produjo una sensación de malestar y tristeza. A media mañana de un día cualquiera estaba allí, parado, como si su única misión en la vida fuese ya la contemplación de los afanes ajenos.
Supongo que no será un ‘manitas’ ni tendrá ningún tipo de afición que llene su tiempo. He visto así a otros hombres, y la única explicación que encuentro a su pasiva ocupación es que les ‘espanten’ de sus casas, para que las tareas domésticas puedan desarrollarse sin ‘estorbos’.
En la época en las que las viviendas no reunían ni siquiera un mínimo de confort, eran los hombres quienes buscaban refugio en las tabernas y consuelo para sus penas en el vino peleón. Pero hoy se está mejor en casa que en la calle, salvo en los casos en los que el fantasma de la crisis ha eliminado las comodidades a las que nos habíamos acostumbrado en general. Sin embargo existe un fenómeno digno de estudio, que ha suscitado poca atención:
Bastantes amas de casa, son tan celosas de sus dominios domésticos, que no ven con buenos ojos que sus compañeros interfieran en unas manías de limpieza rayanas en lo patológico. Se trata de personas que quieren tener sus casas de exposición permanente, ‘como los chorros del oro’, que decía el sainete. Ni siquiera permiten que la vida se desarrolle en el salón o pieza más amplia de la casa, y obligan a la familia a apretarse en reducidas salitas de estar, con el pretexto de que resultan más acogedoras.
Y no solo podemos estorbar quienes pisemos el suelo recién limpio, sino que, como somos animales de costumbres, puede que hasta se eche de más a quienes acostumbran a ausentarse por largos períodos de tiempo. Me comentaba un marino, amigo mío, que cuando él volvía a casa después de varios meses, era un extraño que estorbaba en todos lados, porque la vida familiar se había adaptado a discurrir sin su presencia; sabía que todos le querían y que nadie discutía su lugar en el clan, pero después de tanto tiempo, los suyos se habían amoldado a vivir sin él: “Con el que no está, no se cuenta”.
Verdaderamente, son demasiados los expulsados del paraíso cada mañana.

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