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Ciencias duras y ciencias blandas

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No es una tarea sencilla comprometerse a una colaboración, como en esta ocasión, con el Diario de Huelva como el que me ha solicitado mi buen amigo José Luis Camacho. Son numerosos los momentos vividos coincidiendo en diferentes medios de comunicación de Huelva desde los años ochenta: ¡no me podía negar!

La inicio con cierto temor a defraudar a propios y extraños pero al compartirla con Paco, Ramón, Vicente, Alfonsa, Andrés, Elena, Fernando, Helenio, Ángel, José Antonio, Juan Manuel, Miguel Ángel, Vanesa, Hugo,Víctor, …; con humildad científica y modestia quiero apostar por una cultura dinámica y viva en un momento en el que el rigor, la seriedad y la puesta en valor por las cosas que nos hacen felices, no están pasando por un buen momento.

La influencia cultural e ideológica en la masa ciudadana va induciendo a pensar de una determinada forma, de manera que determinados modelos sociales son considerados como deseables y correctos, y en consecuencia se convierten en una aspiración que todo ciudadano percibe como normal. Esta conformación social llega hasta tal punto que logra que aquellos individuos que se apartan del patrón de conducta políticamente correcto sean considerados como inadaptados y en pocas ocasiones marginados, ridiculizados e incluso perseguidos como consecuencia de su oposición a la corriente cultural dominante.

Quiero iniciar mi singladura con una clasificación de las ciencias que ¿puede inducir al debate? Las clasificaciones de las ciencias a lo largo de la historia son o han pretendido ser, en su mayoría, clasificaciones teóricas, racionales, que intentan presentar, de una manera u otra, un orden o jerarquización de las ciencias válido para siempre.

Aparte del valor absoluto o no de esas clasificaciones, es un hecho que suelen resultar poco prácticas a la hora de transmitir las ciencias en la enseñanza o a la hora de una distribución real de los lugares materiales en que los científicos deben cultivarlas o sencillamente a la hora de organizar de alguna manera los libros o los ficheros de una biblioteca o de un centro de documentación. Por eso, paralelamente a las clasificaciones, han surgido a lo largo de la historia otras diversas, establecidas de modo pragmático sin excesivas preocupaciones teóricas, para resolver de alguna manera la organización de la educación, de la investigación u otras necesidades concretas e inmediatas.
No comparto la simplista clasificación, y que estamos acostumbrados a oír siempre: hombres y mujeres de LETRAS u hombres y mujeres de CIENCIAS. La oposición de ciencias y letras es el aspecto más visible del denominado debate de las dos culturas. Es mucho más amplio y es algo que desde el convencimiento lo mantengo: la clasificación genérica en Ciencias Duras y Ciencias Blandas. Ciencia dura y Ciencia blanda son términos nacidos y construidos de forma un tanto coloquial, no utilizados institucionalmente por su carácter problemático (no existen facultades ni licenciaturas de ciencias duras o de ciencias blandas), pero de uso epistemológico muy extendido para comparar campos de investigación científica o académica, designando como duros aquellos que son capaces de producir predicciones y caracterizados como experimentales, empíricos, cuantificables y basados en datos y un método científico enfocado a la objetividad,[ ]mientras que los designados como blandos quedan marcados con los rasgos opuestos.

Como matemático, por un lado, defiendo la tesis de que hay que humanizar las ciencias. Coincido con Martha Nussbaum la gran humanista nacida en Nueva York a la que se le concedió el Premio Príncipe de Asturias en 2012 de Ciencias Sociales cuando decía: “Las humanidades son necesarias para pensar críticamente, para superar las lealtades locales y acercarse a los problemas globales como un “ciudadano del mundo”, y, finalmente, para comprender empáticamente a otras personas.; pero por otro, nobleza obliga, aquellos que navegan en el mar de las humanidades deben hacer el esfuerzo de “cientificarlas”.


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