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Morir laboralmente

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Todo tiene remedio, menos la muerte. Este dicho popular siempre ha venido bien cuando han llegado las desgracias o se ha tenido algún que otro contratiempo. No deja de ser un alivio, aunque no esté exento de verdad. Y es que el tiempo lo cura todo.

La crisis ha provocado tres millones de parados nuevos. Las causas ya se saben y también los autores, aunque nadie acabe por asumirlo. Las versiones son tantas como simpatizantes tengan los partidos. Cada cual más ruin. Unos se echan las culpas a los otros, y tan contentos. Todos tienen sus correligionarios que les sacan de apuros, aún a cuenta de ponerles la cara colorada. Todo está permitido para acogerse a herencias recibidas, promesas incumplidas y triquiñuelas al estilo ‘y tú más’. Una vergüenza que implica que muchos de esos parados acaben siendo cadáveres laborales, pues saben muy bien que difícilmente volverán a encontrar un trabajo digno. Muertes laborales en las que están encuadrados la mayor parte de los ex trabajadores que hayan cumplido los 50 años, ya sean o no personas cualificadas. Trabajo hay, pero no para ellos, que en muchos casos son tratados como apestados en un sistema que está acostumbrado a enterrar todo lo que no se mueve.

Mal momento para dejar de trabajar, que penaliza la experiencia y demanda personas inexpertas que hagan poco ruido y acepten condiciones que no sean capaces de comparar al estar acostumbrados a no cobrar o hacerlo por imperiosa necesidad. Y si con todo ello viéramos que acaban ganado las nuevas generaciones, pues borrón y cuenta nueva, pero me temo que aquello de ‘el muerto al hoyo y el vivo al bollo’ tiene en estos tiempos poco predicamento. Laboralmente hablando, claro.

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