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Temporada otoño invierno

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El lenguaje está tan sujeto a los vaivenes de las tendencias como lo están todos los aspectos de la vida. Se podría realizar una presentación del mismo como si se tratase de una pasarela de la moda femenina. Imagínense una voz en off engolada, ligeramente nasal, que desde la oscuridad de las bambalinas dijese algo así como: “La próxima temporada otoño-invierno se llevará mucho la ciclogénesis explosiva, con un toque en tonos macroeconómicos de prima de riesgo y crecimiento ralentizado; todo ello aderezado con complementos políticos de puestas en valor o no nos representan, y caídas de justicia a lo no lo sé, no me acuerdo, rematadas con economías sumergidas y evasiones fiscales.

Esos términos asociados a cada momento y otros por el estilo, nacen a la luz de autores a la fuerza anónimos, se repetirán hasta el hastío, y tras una corta existencia enmudecerán sus sonidos en nuestras bocas, y sus formas escritas desaparecerán de las hojas impresas y las pantallas digitales. No llegarán la mayoría a adquirir señas de identidad como para ser incluidos en el diccionario de la RAE, que cada día recibe más presiones con la pretensión de añadir a sus páginas términos sin verdadera tradición lingüística.

Sin embargo, a pesar de su volatilidad, las modas en el habla permanecen en el recuerdo de las generaciones como muros que las delatan y diferencian entre sí, de forma global desde que los medios de comunicación han ido extendiendo sus tentáculos omnipresentes. Antes, se producían en círculos muy localizados estos fenómenos repetitivos que saltaban de boca en boca. En Huelva, a modo de ejemplo, durante los años cincuenta le dio a la gente por interpelarse mutuamente con un tipo de bromas o pullas curiosas; iba alguien por la calle con el cabello algo más largo de lo normal, y de pronto cualquier desconocido podía gritarle: “¡Y no se pela porque no quiere, porque pelo tiene, boooooooó! Lo que no dejaba de ser una tontería más, común sobre todo entre los más jóvenes. Tanto era así, que el famoso día 8 de diciembre del 54, en el que fueron recibidas en la capital la mayoría de las vírgenes patronas de la provincia por el primer obispo de la ciudad, unos gamberretes increparon al padre Laraña desde lejos: “¡Y no se afeita porque no quiere, porque barba tiene, booooooooó!”. Y como era de esperar, fueron detenidos.

Lo que viene a demostrar de nuevo el paralelismo entre la moda y el lenguaje, y la dificultad que supone estar a la última; como siempre se ha dicho: “Para presumir, hay que sufrir”.

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