¿Sabemos más que Briján?
Hay un dicho muy popular en Huelva: “sabes más que Briján”, que alude a aquel ingeniero inglés de las minas de Riotinto que sabía mucho, y que en realidad se llamaba Brian, que no habla solo de inteligencia, habla de tener criterio, de saber distinguir “las voces de los ecos”.
Y quizá esa sea hoy, que acaba la campaña electoral, la gran pregunta democrática andaluza: ¿sabemos más que Briján los andaluces y las andaluzas? ¿O simplemente reaccionamos emocionalmente a aquello que más miedo, rabia o dolor nos provoca?
Las elecciones andaluzas del 17M llegan atravesadas por una secuencia emocional muy poderosa: el accidente de Adamuz, el asesinato de los dos guardias civiles en Huelva, la ansiedad sanitaria, la vivienda imposible y la sensación permanente de incertidumbre.
Toda la campaña ha girado alrededor de eso: la gestión política de las emociones colectivas.
Juanma Moreno lo entendió rápidamente. Por eso abrió el debate electoral hablando del narcotráfico y de los guardias civiles asesinados. No hablaba solo de seguridad. Hablaba de protección. De estabilidad. De control frente al miedo. Y en ese movimiento consiguió algo políticamente muy relevante: arrebatarle a Vox el monopolio emocional de la seguridad.
María Jesús Montero, en cambio, conectó con otra herida: la sanidad.
Su campaña se ha apoyado en las listas de espera, el deterioro de los servicios públicos y la sensación de abandono de muchas mujeres por caso de los cribados del cáncer de mama.
No intentaba activar miedo, sino la vulnerabilidad compartida porque “nos va la vida en ello”, ha repetido el PSOE en cada sitio, canal y espacio.
Vox ha trabajado mejor que nadie la emoción inmediata: seguridad, inmigración, confrontación, identidad.
La lógica perfecta para un ecosistema digital que premia el impacto y la reacción rápida.
Pero, probablemente, las dos figuras más interesantes de esta campaña hayan sido Antonio Maíllo y José Ignacio García. Porque ambos entienden que las emociones importan, pero las utilizan de forma distinta.
Maíllo, de Por Andalucía, ha sido posiblemente el gran pensador de esta campaña. El único candidato que ha trabajado las emociones como vehículo, no como destino. Cuando habla de dependencia no habla de burocracia: habla de la persona mayor que necesita pagar a un asesor privado para acceder a una ayuda. Y cuando refiere a que “la sanidad pública me salvó la vida”, no busca solo impacto emocional, intenta convertir una experiencia individual en reflexión colectiva. Y cuando le dijo a Vox: “Usted está aquí para que Moreno Bonilla parezca moderado”, hizo algo poco habitual y brillante: explicar el mecanismo emocional del debate mientras el debate ocurría.
José Ignacio García, candidato de Adelante Andalucía, ha trabajado otra idea muy potente: “Adelante, vota lo que sientes”, y detrás de cada apelación emocional hay siempre construcción ideológica. Incluso, en el vídeo de niño cantando el himno de Andalucía, no hay solo nostalgia, hay identidad política, memoria colectiva y construcción de pertenencia. Porque la emoción sin relato se disuelve, pero el relato sin emoción ya no moviliza a nadie. Y ahí aparece la gran cuestión de fondo.
La neurociencia lleva años explicando que las emociones no son enemigas de la democracia. Antonio Damasio demostró que sin emoción ni siquiera podemos decidir. El problema aparece cuando el dolor, la rabia o el miedo sustituyen completamente al pensamiento crítico.
Daniel Kahneman explicó que bajo estrés emocional buscamos respuestas rápidas, certezas simples y culpables claros. Pensamos menos. Reaccionamos más.
Y eso define buena parte del clima político contemporáneo. La democracia no se deteriora solo cuando falta información. También se deteriora cuando sobra ruido emocional y falta capacidad de deliberación.
Y quizá ahí esté también la gran incógnita onubense de este domingo: cómo van a votar quienes lo hacen por primera vez.
Porque los y las jóvenes de Huelva han crecido entre redes sociales, hiperestimulación emocional, precariedad, dificultad para emanciparse y sensación constante de incertidumbre.
Más de 22.000 onubenses, que votarán por primera vez este domingo 17 de mayo, no recuerdan otra conversación pública que no sea acelerada y fragmentada. Pero también son probablemente la generación más consciente de la salud mental, la vivienda, la ansiedad laboral y la fragilidad del futuro. Y puede que su voto se decante menos por fidelidad ideológica que por autenticidad percibida, o no.
No preguntarán solo: “¿Quién tiene razón?”. Preguntarán: “¿Quién entiende mejor lo que me pasa?”. Y eso nos obliga a una reflexión democrática incómoda. Porque una ciudadanía que solo reacciona emocionalmente es más manipulable. Pero una ciudadanía incapaz de emocionarse tampoco construye comunidad política.
La clave no está en eliminar las emociones ¡superemos esto!. Está en impedir que sustituyan completamente al pensamiento crítico. Por eso la gran pregunta de este domingo no es únicamente quién gana. La pregunta es: ¿desde dónde (quieren que) votemos?, ¿Desde el miedo?, ¿Desde la rabia?, ¿O desde una comprensión crítica de lo que sentimos?.
Porque quizá la verdadera sabiduría democrática —la de Briján— consista exactamente en eso: en ser capaces de sentir el dolor colectivo sin dejar de pensar sobre él.
Porque entre la ciudadanía que reacciona y la ciudadanía que comprende está la distancia entera que separa una democracia emocional de una democracia madura.