Los rostros que la tragedia de Adamuz le robó a Huelva
Vidas cruzadas por el azar, recuerdos que ya no volverán y una provincia herida por la ausencia
Huelva amaneció distinta tras la tragedia ferroviaria de Adamuz. Más silenciosa. Más rota. Porque el accidente no solo dejó vagones destrozados en una vía de Córdoba, dejó sillas vacías en casas de Huelva, miradas perdidas en pueblos que aún no entienden por qué. Detrás de la cifra —42 muertos— hay rostros, nombres y vidas que formaban parte del pulso diario de esta tierra.
Entre ellos estaba Ricardo Chamorro Cáliz, funcionario de prisiones y formador de opositores. Un hombre entregado a ayudar a otros a cumplir un sueño. A su lado viajaba Andrés Gallardo Vaz, profesor de Derecho Penal, docente vocacional, referente para muchos alumnos. Regresaban a casa tras acompañar a sus estudiantes en Madrid. No volvieron.
Tampoco lo hizo Miriam del Rosario Alberico Larios, joven de Lepe, llena de futuro. Huelva la llora sin haber podido despedirse.
En la cafetería del tren estaba Rafael Millán Albert, que viajaba con su mujer. Ella sobrevivió. Él no. A veces el destino decide con una crueldad imposible de explicar.
Aljaraque y Punta Umbría quedarán marcadas para siempre por la pérdida de casi toda una familia. José Zamorano, Cristina Álvarez, su hijo Pepe Zamorano y el sobrino Félix Zamorano murieron cuando regresaban de un regalo de Reyes: conocer el Bernabéu y ver al Real Madrid. Solo sobrevivió la pequeña Cristina, encontrada sola, caminando entre el caos, imagen que ya forma parte del dolor colectivo.
Huelva perdió a una abuela querida por todos, Nati de la Torre, que había reunido a sus nietos para regalarles un fin de semana inolvidable. Gibraleón despide a José María Martín Guerrero y Eduardo Domínguez, otro de los jóvenes que soñaban con una plaza pública.
Isla Cristina llora a Josefa Sosa Casado y a su hija Ana Martín Sosa, madre e hija, inseparables, que viajaban juntas sin saber que sería su último trayecto.
El periodismo onubense perdió a dos de los suyos: Óscar Toro y María Clauss, profesionales comprometidos, personas queridas, que regresaban con un trabajo bajo el brazo y no llegaron nunca a entregarlo.
También se fue David Cordón, enfermero del Juan Ramón Jiménez, padre del futbolista Davinchi, deportista, ejemplo de vida sencilla y entregada. Huelva entera sintió su muerte como un golpe cercano, injusto.
Y junto a ellos, el cardiólogo Jesús Saldaña, el agente Samuel R. S., la profesora María del Carmen Abril, la vecina Antonia Garrido Chávez y el joven maquinista Pablo B.. Vidas distintas, un mismo final.
Huelva está sesgada por el dolor. Porque no son solo nombres en una lista: son profesores que enseñaron, sanitarios que cuidaron, periodistas que contaron historias, familias que soñaron. Hoy quedan sus rostros. Y su recuerdo, que ya nadie podrá arrebatar.