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Rosa Soler. La pintura como terapia del alma
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Rosa Soler. La pintura como terapia del alma

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Hace algunos años realicé un artículo sobre LA ELEGANCIA en Huelva en el que participaron doce mujeres onubenses o residentes en la capital. La mayoría de ellas destacaban como concepto de Elegancia la no artificialidad, la naturalidad y un don natural con el que se nace y se puede desarrollar a través de la clase o el estilo. Es algo que está en la piel; así de natural. Dentro de poco comenzaré otro parecido pero enfocado desde otro prisma y a un nivel más reducido. ¿Y porqué digo todo esto? Pues, aunque la conocía de vista y siempre me había llamado la atención por su elegancia natural, conocí a una señora en el estricto y grande sentido de la palabra. Una dama que sabe llevar el paso del tiempo como si este, el tiempo, fuera su fiel aliado. Una persona de esas que cuando la dejas te dices lo bien que sabe ser y estar. Ser y estar dos verbos y dos requisitos esenciales para distinguirse de la vulgaridad, de la artificialidad, de lo burdo. Esa señora se llama Rosa Soler Medel, nació en Huelva hace setenta y dos años y es la mayor de seis hermanos.

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Rosa Soler, como otras tantas niñas de su generación, vivió en una Huelva recoleta, acogedora y entrañable en la que todos se conocían y las distancias entre plazas o calles casi no existían. Esa Huelva de puertas abiertas y sillas en la calle las noches calurosas del estío. Ella nació, además, en la calle Isaac Peral, en un punto equidistante de la Plaza de La Merced y la calle de Enmedio, donde la Alameda Sundheim era una señal de salida para el Barrio Obrero y El Polvorín. Ella era de una familia humilde, en la que, como muchas otras de la posguerra, no faltaba la comida en la mesa pero no sobraba el dinero para alegrías. Su padre era Marino y la mayor parte del año lo pasaba navegando. La niña Soler vivía, en ocasiones, con una tía sin hijos, en una calle cercana, a fin de aliviar del peso de tanto trabajo y hermanos a su madre. aunque pronto, muy pronto llegaría su hora, la de llevar el timón del barco familiar. No obstante, no faltaban las horas eternas que se le convertían en minutos, a la niña Soler y se la veía correr por la calle Aragón, La Piterilla, La Merced y La Plaza de Las Monjas. El correr era su juego preferido. Más, mucho más que el teje o la cuerda que sus amigas jugaban en la Plaza del Piojito hasta que escuchaba la voz de su madre para ir a comer.

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A los trece años se mudan de domicilio y la familia se va a vivir a la La Huerta Mena. Deja su calle Isaac Peral y su colegio San Vicente de Paúl. Era una época en la que estudiar no era un proyecto de futuro para la mayoría de las mujeres de entonces y deja el colegio a esa edad. Pero ella es trabajadora. No quiere estancarse y sabe que debe de ayudar a sus padres en el mantenimiento de la casa. El dilema se lo plantea a su madre con claridad. “Si no puedo estudiar quiero ejercer una profesión”. Además, para colmar el vaso de los males, el padre vuelve a casa aquejado de una temible tuberculosis y se necesita dinero. Peluquería y Estética, pensó. Ni corta ni perezosa llamó a Henri Colomer para realizar un aprendizaje de seis meses en Sevilla. Su madre se negó en redondo; le pareció demasiado tiempo para que una niña estuviera fuera de su casa. Incluso vino un representante de la firma a hablar con ella y llegaron al acuerdo de realizar dicho curso en el plazo de un mes bajo su responsabilidad y tutela. Pasado ese mes, Rosa Soler regresa a a Huelva con el título de Peluquería y Estética bajo el brazo. Su madre le dejó una habitación en la casa y así comenzó su periplo profesional.

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La juventud se le pasó en un suspiro a Rosa. Una juventud marcada entre el trabajo constante y duro, el noviazgo que crea a los quince años y los cánones de la generación de “a las diez en casa”. Francisco Rodríguez Cruz, así se llama el novio y posterior esposo, jugaba entonces al fútbol en el Recreativo de Huelva, pero como Ingeniero de Minas que era comenzó a trabajar en Riotinto Minera, primero como Jefe de Seguridad y luego, durante veintidos años hasta su jubilación como Jefe de Personal. Se casaron cuando Rosa tenía veinte años y, a pesar de que diariamente tenía que ir su marido a Rio Tinto decidieron no trasladarse allí pues no vieron conveniente trasladar sus vidas a la cuenca minera teniendo en Huelva ambos a sus padres y demás familia bajo su responsabilidad. Al casarse, Rosa cerró el negocio para dedicarse básicamente a la dura función de las entonces Amas de Casa y Francisco siguió durante un tiempo matando el gusanillo de su afición futbolística jugando en el Riotinto. Todo iba perfectamente en el matrimonio y Rosa, a pesar de la carga familiar que llevaba a cuesta, era feliz. Pero…

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Una crisis personal y psíquica se apoderó gravemente de ella. Algo que le partió el corazón en mil pequeños pedazos y que le hizo conocer de primera mano de la maldad humana. Ella que había intentando caminar por la vida haciendo el bien se encuentra, ingenua de si, que ésta, la vida, está poblada de algunos seres indignos que no se paran en marras para hacer el daño y el mal ajenos. No encontraba tratamiento médico para salir de ese bache emocional que le embargaba y le afectaba física y psíquicamente. Y la luz la encontró en su amor al arte, en sus muchas visitas a los museos nacionales en los frecuentes viajes que realizaba con su marido. La pasión por el Arte y especial por la pintura, la abstraía. ¿Porqué no intentar dar riendas sueltas a su imaginación y a la habilidad de sus manos y comenzar a pintar? Rosa Soler siempre ha sido una mujer valiente que no se achica ante nada y por nada. Si la pintura pudiera ser una terapia para el mal que mordía su alma, esta sería su fiel compañera a partir de ahora. Y cogió el lienzo y el pincel y comenzó a trazar al óleo, primero, tres jarrones. Bella flor de cúspide blanca acampanada y pétalo amarillo y después, un bodegón.

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Sus cuadros son como sus hijos y sólo los conocen amigos y familiares. Al principio, algunos la animaron a que fuera a alguna escuela o academia para adquirir la técnica necesaria, pero ella siempre se negó. “Mis cuadros carecen de técnicas básicas o academicistas porque son mis sentimientos. Es una forma de ser feliz y de alegrarme la vida. No quería hablar con la boca, quería volcar esos sentimientos pintando. Es difícil de explicar, Miguel, cuando me pongo a pintar me evado, vuelo; es como si despegara de la tierra…En todos mis cuadros, y he hecho más de cuatrocientos, hay un vómito, no de rencor o de odio hacia aquello que me hizo el mal, sino de reconocimiento hacia mi misma porque estoy aquí…Si querían hundirme no lo han conseguido”. Se basa por tanto, Rosa, en lo positivo, como siempre, de la vida. En cuanto a los colores que utiliza es otro canto por esa lucha individual para salir de la cárcel mental en la que quisieron encerrarla. “La alegría lo dan los colores y por ello no tengo ninguno en especial, sino todos me dicen algo. Los colores de la naturaleza me inspiran. El mar, el campo, los árboles y sobre todo la luna.”

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La pintura, el amor por la pintura por encima de todo, ha conseguido de Rosa ser una mujer nueva, activa, emprendedora, amante de la cultura en general y de cualquier nueva tendencia o movimiento que exista en nuestra ciudad.”Me gusta sentirme viva. Tengo una ganas tremendas de vivir; quiero vida, tengo y necesito vida, y eso lo expreso en mis cuadros…” Rosa Soler , en definitiva, es una mujer inquieta que se ha vuelto encontrar con una persona que llevaba en su interior y que desconocía. Como ella dice, si no fuera por esta crisis pasada posiblemente su vida seguiría siendo la misma vida de antes. Una vida dura y sacrificada siempre atenta a los demás y poco a ella. Una mujer, una dama, una señora que ahora contempla esa vida desde la tranquilidad y el afán de superación propio de cualquier joven con su marido al que tantas cosas , necesidades y gustos les han unidos. Ahora en esa libertad matrimonial en la que sus dos hijos y una hija siguen velando por sus padres, pero siendo ellos los protagonistas de su mundo, Rosa sigue pintando. Es su necesidad. Es su Arte. Rosa Soler Rodríguez. Pintora.

MIGUEL ÁNGEL VELASCO