Doñana agranda su leyenda mundial con la visita de la canciller Angela Merkel - Diario de Huelva
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Doñana agranda su leyenda mundial con la visita de la canciller Angela Merkel

Doñana agranda su leyenda mundial con la visita de la canciller Angela Merkel

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Mucho se criticaba a Felipe González en los años 80 del siglo pasado cuando el presidente socialista aterrizaba en la marisma para pasar sus vacaciones, puentes o fiestas de guardar. El caso es que a fuerza de pernoctas, paseos en barca para pescar, arreglos de bonsáis y otras aficiones veraniegas, González y Carmen Romero convirtieron Doñana en un particular Camp David español.

Sin duda, la importancia internacional y repercusión de aquella primigenia decisión es tremenda aunque a nivel local también tuvo su aquel esa visita de González. Nada menos que allí se gestó y consolidó lo que se dio en llamar La Renovación, que no fue otra cosa que el desempate entre las huestes de Felipe y las de Guerra, que pugnaban entonces por hacerse con las riendas del Partido Socialista.

En los cuadernos de notas y apuntes que el ex presidente acaba de hacer públicos vienen muchas de sus reflexiones políticas escritas bajo la inspiración del antiguo coto real de los reyes medievales y alguno de hoy, que también vinieron. Bueno, el actual, Felipe VI, vino de Príncipe de Asturias y protagonizó una serie de televisión sobre la fauna hispana. Se recuerda el menú: sardinas asadas, quizás el más austero de la historia real española. La verdad, ese ambiente, mosquitos y sequía aparte, daba para escribir tratados de todo tipo. De hecho tuvieron que rellenar un trozo de marisma con agua para poder grabar al hoy Monarca chapoteando al galope con su caballo.

En aquel caso, digo, lo que hizo Felipe González fue invitar a unas cañas con aceitunas a los defensores de la Renovación socialista en Huelva: Javier Barrero, Genaro García, Juan Ceada, Félix Soto, Paco Bella y otros. Esa imagen les catapultó y dopados por el presidente le doblaron el pulso a Carlos Navarrete, entonces secretario general.

Pero esta es la historia pequeña de Doñana.

Después de ese evento casero el líder socialista se dedicó a invitar al Parque a los más renombrados, floridos y afamados líderes internacionales, una costumbre que luego, después de tanto criticar, continuaron José María Aznar, Mariano Rajoy y que ahora retoma Pedro Sánchez con la mandataria germana Angela Merkel. Sin olvidar las visitas de José Luis Rodríguez Zapatero.

Allí se gestó el europeísmo de España, la colaboración francesa en la lucha antiterrorista, el apoyo alemán a una España en pañales europeos. Allí alumbró también el candil de la Perestroika, los ecos de los Acuerdos del Viernes Santo, la unidad Ibérica, el cuaderno azul de Aznar, los paseos de Rajoy y el baloncesto de Zapatero.

El presidente de la República francesa, Francois Mitterand, ¡qué serio era! vino a Doñana en marzo de 1988. Años duros. Se fue encantado con aquel Versalles que la naturaleza había concedido gratis a Huelva, Cádiz y Sevilla. Luego vinieron las visitas del canciller Helmut Khol, que se declaró fan de aquellos paisajes. El premier británico, Tony Blair, llegó a Doñana tras firmas los acuerdos de Stormont que supusieron la desaparición del terrorismo del IRA y de sus bombas. Aznar también trajo al presidente de México Ernesto Zedillo y al de Colombia, Andrés Pastrana, y el primer ministro marroquí Abderramán Yusufi. También acudieron al Parque el Rey de Balduino de Bélgica y el luso Cavaco Silva. Falló Obama que iba a venir por Rota y no vino finalmente.

Ninguno sabía que allí se guardaba un secreto: la mesa que sostuvo el cuerpo inerte del anarquista Buenaventura Durruti en el frente de Madrid. Pues allí sigue. Lo desveló Pérez de Ayala en su libro sobre Doñana y sus encantos palaciegos.

Khol le regaló a Felipe González un todoterreno Mercedes Benz muy grande, vehículo al que le dio buen uso la Estación Biológica de Doñana. Gorbachov, el hombre que venía del frío, de la unión Soviética, de Siberia, se presentó un 24 de agosto en pantalones largos. González le regaló unos cortos y se los llevó de vuelta a Rusia, encantado. Raysa, su esposa, lo agradeció.

De Carmen Romero se dice que daba clases particulares a los hijos de los guardas de la Reserva, de Ana Botella que le dio por enmoquetar parte de las estancias del Palacio y de Sonsoles Espinosa que le molestaban los mosquitos. Pero esto son chismorreos sin importancia.

Sí, fue Felipe González, todo hay que decirlo, quien decidió que se destinara el Palacio de Marismillas para uso estatal. Un lugar muy discreto, seguro, casi inaccesible. De hecho, la primera vez que llegó González no había ni teléfono. Así que Telefónica tuvo que montar una línea deprisa y corriendo.

Palacios hay tres. El Acebrón, junto a El Rocío y dedicado a centro de interpretación de los usos tradicionales de la zona, el Palacio de Doñana, sede de la Reserva Biológica de Doñana y del CSIC y Marismillas, el elegido para las relaciones internacionales.

Cuando González dejó la Presidencia del Gobierno llegó a decir: “Es lo único que he echado de menos cuando salí del Gobierno”. Se refería a sus estancias en Doñana. La frase la recogió Pérez de Ayala en su obra Viajeros de Doñana.

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