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Mujeres. Eran (son) de las nuestras

Mujeres. Eran (son) de las nuestras

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Como cada invierno pasaron los actos reivindicativos del 8M. Aunque este año han tenido renovado ímpetu y repercusión, un gran despliegue, inusitado en todos los medios de comunicación escritos, digitales, televisivos, radiofónicos, redes sociales (hastag, si hoy no tienes un # no eres nadie). Una jornada total, una huelga exitosa. Un hito para el Movimiento Feminista. Por eso hubiese sido un buen momento para recordar y homenajear públicamente a los cientos, miles de mujeres que sufrieron la represión franquista, las rapadas, vejadas, maltratadas y muchas de ellas violadas solo porque fueron sindicalistas, anarquistas, comunistas, socialistas, trabajadoras o simplemente madres que defendieron a sus hijos, a sus maridos, a sus hermanos, a su familia del exterminio brutal organizado por los ideólogos del fascismo. Eran (son) de las nuestras. Bien se merecían un gesto público de reconocimiento hacia su lucha más allá de una simple mención en un texto, en un manifiesto.

Resulta extraño encontrar todavía hoy en nuestros pueblos y ciudades recuerdos visibles en memoria de las luchadoras antifranquistas que sufrieron en sus carnes la crueldad infinita de sus verdugos.

Lo deja escrito el profesor Ricard Vinyes: “Durante la posguerra las presas políticas fueron algo más que simples cautivas. Tuvieron que soportar un asedio humano premeditado con implicaciones y derivaciones de extrema crueldad”. O la investigadora Pura Sánchez en su obra Individuas de dudosa moral. La represión de las mujeres en Andalucía.

Cuesta trabajo comprender por qué los actos del Día de la Mujer se olvidan casi siempre de las mujeres represaliadas a pesar de que los franquistas y sus secuaces cometieron crímenes directos contra ellas en la mayoría de pueblos de Huelva (en 40, según el recuento del historiador Francisco Espinosa), en todos los partidos judiciales y en toda España. Constan más de 200 mujeres fusiladas (solo en Huelva) y miles fueron vejadas, humilladas, rapadas, paseadas en camiones por sus verdugos y encarceladas durante años a capricho, usadas también como vientres antes de robarle a sus hijos. No tenían que hacer mucho. Bastaba con que se acercaran a la cárcel provincial de Huelva y a otras tantas españolas, atestadas de prisioneros condenados a muerte y a la hambruna, a llevar comida a un familiar preso para que los carceleros franquistas comenzaran con su letanía de humillaciones.

Se dieron casos de extrema crueldad. A las mujeres detenidas por su ideología de izquierdas o por prestar su apoyo y amparo, su fidelidad, a sus hijos, a sus hijas, a sus maridos o familiares se les conducía a la plaza pública, donde eran purgadas y rapadas en medio de un jolgorio cómplice y cruel. Después, las que sobrevivieron y habían salvado la vida en las primeras oleadas y meses del terror caliente, y que quedaron en total desamparo, sin padres, ni maridos y sin hijos tuvieron que subsistir al capricho de una humillante caridad de los vencedores. Primero malvivieron y luego fueron muriendo de hambre y necesidad en una interminable posguerra. Sí, eran de las nuestras.

Si a las nuevas generaciones que están revitalizando la lucha por los derechos de las mujeres no se les muestra su trabajo, su lucha, su ejemplo… su sacrificio fue en vano. Sí, eran (son) de las nuestras.

Hoy, muchas de ellas, sufren las heridas en el alma que abre y reabre el alzheimer y las demencias cada día. Porque los recuerdos están ahí, vivos, frescos, imborrables, bien visibles. Y la memoria viene a oleadas y trae a la orilla, al ocaso de la vida, un mar de recuerdos tristes en forma de lágrimas que parecen no tener explicación.

Sí, eran (son) de las nuestras.

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