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Ingrid González. Las cicatrices tapadas del alma

Ingrid González. Las cicatrices tapadas del alma

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Es costumbre de este cronista, al hacer la semblanza del entrevistado, intentar retratar el alma del mismo partiendo de su infancia, de su entorno familiar, de sus primeros pasos por los distintos colegios hasta que el o la entrevistada se asienta en el motivo de la entrevista. Pero en este caso, y creo que es la primera vez que me ocurre, no lo voy a hacer así. Algo me dice en el interior que debo guiarme por otra forma de elucubrar sobre los ojos, las miradas de la actora. Y no es que Gracia González Garrido no tenga una infancia que contar o unos colegios en los que se matriculó o una intrahistoria donde hablar y descubrir. Y es precisamente esto, la pesada intrahistoria de Gracia la que me atrae y por lo que este artículo va a ser completamente distinto a los otros.

Ingrid González presenta su opera prima en la Librería La Dama Culta, de Huelva, este viernes, 6 de octubre, a las 7 de la tarde. El poemario se titula “Alma de mujer” y el mismo está compuesto por 75 versos elegidos de los muchos que la autora guarda en su cuaderno de bitácora. Será presentada en Huelva por Manuel J. Soriano, propietario de La Dama Culta y prolífico autor onubense, que presentará a su vez, a Manuel Rubiales Requejo, que ejerció de tal en la Casa Grande de Ayamonte, en la primera presentación oficial de la obra fuera de la capital. Para Rubiales, tal y como dice en su prólogo, con Ingrid González, “la poesía se transforma en el filo del acero para desentrañar  todo lo que habita en su interior. El poemario “Alma de mujer” no es un castillo o un palacio, pero es un hogar agradable…Es un diario de madrugada, un albúm de fotografías donde ángeles y demonios luchan por abrir las cremalleras del alma”. 

Sabias palabras la de Rubiales porque hay que leer este poemario en profundidad para definir este texto con tanto acierto y realismo. Y ademas, es la propia Ingrid la que lo dice. “Alma de mujer no es más que una colección de la multitud de trazos en el que se ha roto siempre mi alma y que me ha servido de pegamento para unir esos trocitos”. Y es ahí donde quería llegar. Y es por ello por lo que no quise empezar este reportaje como una semblanza más de colores amarillos y rosas, porque este va a ser un escrito en negro. ¿Hasta que punto la vida es condicionada por la niñez de uno? ¿Hasta que punto la soledad te convierte en tu otro yo, en esa otra alma gemela que te dice y te habla y con la que juegas y compones; con la que discutes y reflexionas? Los ojos oscuros de Ingrid González están enmarcados dentro de una constante sonrisa. Quizás para que nadie descubra su dolor, quizás para que nadie, a excepción de sus íntimos, sepan de las cicatrices de su alma. Porque eso ojos se vuelcan en ser positivos y aplastar la negatividad que una vida basada en cien mil incidencias se niega ser callada.

Ingrid no conoció la infancia o la juventud de una chica de los setenta. Se vino pronto de su ciudad natal, Ayamonte, a la capital y hasta que no terminó el COU no supo muy bien lo que era eso de salir, tener una pandilla o ir a una cafetería o discoteca. Era la mayor de tres hermanas y, como suele ocurrir en muchas ocasiones en las casas donde la severidad paterna prevalece, ella sirvió de parapeto y rompehielo para la educación posterior de sus hermanas. Como dice, desde pequeña fue excesiva en todo; en romanticismo, en sensibilidad, en lo pasional. Todo lo que ocurría a su alrededor le afectaba. De ahí la soledad querida o forzada, pero que al final la ve como un antídoto necesario. Nada mejor que su cuarto, en esas largas tardes de fines de semana para plasmar sus escritos del pensamiento. Ingrid y Gracia mantenían conversaciones íntimas. Era Gracia la que más hablaba e Ingrid la que plasmaba en papel. Y siempre ha sido así. Las cicatrices de Gracia era el motivo de Ingrid para escribir y cantar. Gracia encontró en la música una compañera inseparable para poder acompañar la necesidad de mostrar los escritos de Ingrid. Le gustaban y oían a solistas como Perales, Cano o Luis Miguel. Autodidacta de cuatro posturas en el mástil de la guitarra, pero con un oído musical maravilloso comenzó a poner música a esas letras que Ingrid le transcribía en un papel. Aún recuerda con supremo cariño un tema que le compuso a su hermana menor y que al paso de los años ha servido de bandera o emblema de aquella pasión que le llevó a conocer a su gran amor. La Poesía. Ella quería escribir en prosa pero la poesía siempre le llamó la atención y todos sus escritos derivaban en una musicalidad poética.

Gracia siempre fue una buena estudiante. Comenzó a estudiar Filología Francesa en Sevilla, pero no pudo continuarla por la falta de recursos económico. Una cicatriz más en su alma que paga como buena primogénita. Ella no se echa atrás, sigue con su sonrisa y positividad el rumbo que la vida le quiere marcar. Se matricula en  la universidad de Huelva en Relaciones Laborales y lo termina abriéndose a otra sexpectativas. Ella sabe que puede y vale. Trabaja para despachos de Abogados y Administradores de Fincas. Monta su propio despacho y consigue sus propios clientes sintiéndose realizada hasta que en 2008 la crisis económica mundial enseñó sus fauces negras por la ciudad del Tinto y el Odiel y como otras tantas, en esa maldita cadena que hizo caer a un sector tras otro, tuvo que cerrar. Pienso que es el momento en el que las almas gemelas se separan. El alma de Gracias se encuentra completamente acribillada de cicatrices que la vida hasta entonces le ha ido dejando por el camino. Ya no puede más. Está como inerte. Y nace a la vida real Ingrid como una sombra vengadora y curativa de sus males. Y la culminación de ese cambio en positivo radical lo consigue al conocer a un valenciano que le hace pensar que tienen edad y amor mútuo suficientes, aparte de capacidad y alturas de mira, para casarse con él  y llevar con vocación de maestros a cuatro niños propios con edades que oscilan desde los cuatro a los nueve años.

Le pedí que me leyera un poema de su libro y me mira como dudosa, pero pronto lo coje del interior de su bolso y elige precisamente el poema que da título al poemario “Alma de mujer”. Empieza a leerlo con voz suave- la librería se encuentra llena de gentes y eso le recuerda su temor a la crítica literaria sobre los mismos. Ella publicaba en las redes sus poemas para los suyos huyendo temerosa que una crítica pudiera hundirla. Y yo le digo que eso es algo normal en el nuevo, pero que en el fondo lo que latía en ella era lo mismo que Kant sentía por el derecho cuando decía que éste es algo tan mío que el uso de él sin mi permiso me hace daño. Esa eterna confusión entre derecho y propiedad. Para ella sus poemas, hasta ahora, solo podían ser suyos y de aquellos que ella y solo ella quisiera- , pues con voz suave que se va elevando poco a poco, declamando, me lee ese poema de desamor. Le pido uno en positivo, esto es, de amor. Y hace igual y siento lo mismo. Descubro que estoy ante una poeta que, como decía Rubiales, ha hecho de su poesía una casa muy agradable  con basamentos suficientes para aguantar un palacio. Añado. Porque son versos que salen del alma y bailan en ella, se recrean literariamente en ella, te confunden, te abrazan, te llenan con sus composiciones bellas y su estructura bien formada que delata una alta carga intelectual. De verdad les digo, y los que me conocen lo saben, que no soy un amante de la poesía. Pero esto no es poesía para mi; es algo más. Es vida en versos. Es amor y desamor en versos. Son historias reales contadas en versos…. Por ello, Ingrid González lo que le pide a la vida es PAZ, necesita sentir paz interior y exterior, porque la felicidad no es un fin, es el camino. Sin PAZ no hay nada. Gracia – Ingrid González ha sido un verdadero placer haberos conocido y siempre estaré en deuda con vosotras por haberme hecho querer, aunque sea un poquito, LA POESÍA.


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