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De bares

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El bar-restaurante, sito en el centro de Huelva, estaba vacío; era la una y media y no había clientes es ese momento. Se trata de un sitio muy bien situado, del que conozco al dueño y al que voy con cierta frecuencia. Pido la carta y le ruego al camarero, por favor, si puede poner la música más bajita, que estoy mal del oído (el derecho, claro está). En principio me dice que no, pero ‘hace un esfuerzo’ y la baja un poquito "Pero no puedo quitarla". No le pido explicaciones. Me voy a otro lugar, donde comer algo sin castigar mis oídos. Son cosas que pasan.

Por la mañana en un bar de la Isla Chica había pedido un descafeinado con leche, y me lo pusieron con un dedo de espuma. Le digo a la muchacha que atendía, que lo quería sin espuma. "Pues habérmelo dicho". Usted perdone, pero yo siempre pido un café con leche; nunca se me ocurrió pensar que ahora se llevaba pedirlo, además, sin espuma; como mucho, especifico si es con azúcar o con sacarina. Me lo tomo con una tostada “¿Viena o mollete?” De pueblo, como yo “¿Aceite o mantequilla?". Aceite, muchas gracias.

Por la tarde fui a visitar a un viejo amigo: el Monumento a Colón, lo saludé pero no dijo ni pío. Debe de estar de mal humor, desde que algunos se empeñan en llamarle "Monumento a la fe descubridora". Miro hacia el horizonte: Punta Umbría, La Rábida, un butanero en el muelle de Refinería, y cientos de coches cruzando el puente hacia Mazagón.

Vuelvo hacia Huelva, paro en el Kiosco Manolín, y me tomo otro café con leche, una tostadita con aceite, y la cuenta. "No es nada, aquel señor se lo ha pagado". Donde menos te lo piensas te encuentras a un amigo. En este caso a un paisano llamado Miguel.

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