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Anclas mentales para vivir mejor

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Va a empezar a llover de nuevo. En otro tiempo la lluvia era para mí un desencadenante de malestar y sensación de ahogo. Ahora, cuando miro a través de la ventana y veo gotas en el cristal, eso me reconforta y trae a mí una agradable sensación de buen rollo. ¿Qué ha pasado? Que mi mente ha aceptado un cambio. Eso lo primero. Y que he conseguido romper una asociación mental que no me apoyaba. Eso lo segundo. En resumen, he conseguido cambiar lo que se denomina un anclaje mental.

La mente es así. De forma natural asocia las sensaciones que percibimos por nuestros sentidos a nuestros estados de ánimo, nuestros pensamientos y nuestras reacciones. Son los anclajes mentales o anclas emocionales. Así es como aprendemos, y gracias a esta capacidad mental es también como nos volvemos muy eficaces y rápidos adaptándonos a las distintas situaciones que vivimos.

Cómo se genera un ancla mental

Cuando un estímulo concreto nos provoca la misma reacción una y otra vez, la mente crea una asociación causa-efecto que es más fuerte y más difícil de romper cuanto más intensa es la experiencia o más frecuente se da el estímulo. Es decir, que cuantas más veces vivimos un estímulo con la misma reacción o conducta, más automática e inconsciente se volverá esa reacción.

Por eso supongo que mi antiguo anclaje negativo con la lluvia tenía su origen en la infancia. Seguramente de niña vivía los días lluviosos como días de prohibiciones: no corras, no pises los charcos, no te desabrigues, no te separes… Además para mí, que soy de la generación que jugaba en la calle hasta que mi madre se asomaba al balcón y chillaba mi nombre, los días lluviosos eran también días de limitaciones, sin salir, sin ver a mis amigos…

También supongo que todas aquellas sensaciones crearon poco a poco un anclaje en mi mente que disparaba mi malestar y mi tristeza cuando amanecía un día lluvioso. Y se mantuvo esa sensación durante años a pesar de que conscientemente ninguna de aquellas limitaciones infantiles continuaba y no había razón aparente que justificara mi estado de ánimo.

De hecho, con los años aprendí a hacer cosas distintas que sí me gustaba hacer los días lluviosos: tardes de cine, sofá y películas con amigos, juegos de mesa, paseos con chubasquero, fotos de tormentas…

Sin embargo, hasta hace muy poco no me preocupé de cambiar esa sensación fea que acompañaba mi amanecer los días nublados aunque tuviese los mejores planes de chubasquero del mundo.

Cómo romper un anclaje

Nada más fácil para romper un anclaje mental que crear otro anclaje que nos apague o bloquee ese que ya hemos identificado que no nos gusta. Es muy fácil fundamentalmente porque es lo que hace la mente de forma natural, sólo que así como te propongo lo hacemos de forma consciente.

Se trata de bloquear el estímulo desencadenante con otro que te genere la sensación que vas buscando. En mi caso, quería bloquear la tristeza de los días lluviosos, y por eso busqué otro estímulo que me generara literalmente buen rollo y que pudiera hacer cada vez que amanecía nublado.

Así, cuando llegaba un día de lluvia me ponía una canción muy concreta, una de María Jiménez para más señas, con la que solía desgañitarme cada vez que la oía con mis amigas: “Se acabó”. A veces era en casa, otras, la mayoría, en el coche camino del trabajo. Al cabo de poco tiempo me bastaba con cantarla o tararearla yo misma.

Y ahora, aunque ya no recuerdo siempre a María Jiménez, los días lluviosos no me dan sensación de ahogo, y desde luego no me generan malestar. Todo lo contrario.

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