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Gracias por llamarme Salvatore

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Un día, en Barcelona, un compañero del equipo de fútbol me dio las gracias por llamarle Francisco, en vez de Sisco como le llamaba todo el mundo (todo el mundo menos yo). Fue una de esas cosas nimias que le suceden a uno y que sirven para pensar en los demás y en sentimientos complejos o, sencillamente, en que debemos ser muy cuidadosos con la sensibilidad de las personas.

Yo sentía cierta alegría cuando en lugar de “Garsía” me llamaban Vicens (pronunciado Visens en catalán). Los paisanos me llamaban por el que era mi apodo en Zalamea, Toti, que no solo me gustaba sino que lo incorporé a mi nombre de pila.

“Tu nombre” era el título de una canción de Adamo (Tu nom). Por cierto, qué bueno era y es este Salvatore Adamo, “La nuit”, me gustaba tanto que me compré el disco antes de tener tocadiscos. Un día cantó en una sala de la ciudad condal, y todos le decían: “Adamo, un autógrafo, por favor”. Yo le dije: “Salvatore…” y antes de terminar la frase me dijo: “Merçi beacoub pour mon nome”. Y me regaló el disco de “Tombe la neige” (Cae la nieve).

Por eso y por muchas cosas como esas, y aunque me encanta que me digan Toti, que es mi segundo nombre, cuando alguien que apenas me conoce me dice Vicente, siento un cierto placer. Con el tiempo, me he dado cuenta de que una de las cosas que mejor le suenan a una persona es oír cómo le llaman por su nombre.

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