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Ser y estar

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Aunque uno trata de protegerse como mejor puede de la abusiva cantidad de anuncios en televisión, escucha al paso el mensaje de una conocida corporación dedicada a la belleza femenina, en el que la modelo explica cómo tras la oportuna intervención en dicho centro ha perdido no sé cuántos kilos, porque según ella, todos tenemos derecho a dejar de ser gordos. Y en ese momento se ha encendido la alarma de mi atención, porque no me pareceadecuado que a quienes estamos pasados de peso se nos diga que somos gordos, porque no es verdad.

No somos gordos, estamos gordos, en cualquier caso, que es otra cosa bien distinta. Los realizadores del anuncio habrán estudiado hasta la saciedad, como parece lógico y habitual el discurso a transmitir, y habrán analizado el texto palabra por palabra, del mismo modo que estudian los distintos planos en los que dividirán la secuencia: se trata de meter en unos pocos segundos todo un mensaje completo. Por lo que estoy seguro de que ese ser gordos no está ahí por casualidad, sino porque mostrándolo como una característica intrínseca de las personas con sobrepeso, puede que a sus posibles pacientes les resulte muy atractiva la idea de que podrán cambiar una parte de su yo profundo mediante una razonable inversión económica.

Afortunadamente, nuestra lengua posee la capacidad de deslindar el ser del estar, esas dos parcelas bien diferenciadas en nuestro acervo cultural, y que tanto les cuesta a las personas de habla inglesa cuando se expresan en nuestro idioma. Ser, está unido a nuestro yo esencial. Estar se relaciona mejor con nuestras circunstancias. Si se está gordo se puede dejar de estarlo, afortunadamente, con sacrificio y constancia. Pero el que es así o asao, difícilmente va a dejar de serlo. Ya lo dice de forma muy sabia el refrán: "Quien nace lechón, muere cochino".

La gente de la calle se contagia de esa aversión al gordo que promueven los pontífices de la moda y los creadores de tendencias. Se comprende que estar gordo no es bueno para la salud, aunque en tiempos de escasez fuese un símbolo de éxito. Pero de ahí a colocarle a uno ese estigma social, una especie de pecado original del que es imposible desprenderse, salvo la 'milagrosa' intervención del anunciante, media un abismo. El genial Echanove lo decía en una ocasión en clave de humor, en la que expresaba de forma muy gráficacómo además de ponernos el sambenito, la gente llega incluso a insultarnos con desprecio: "¡El gordo marijjjjjjconazo ese!".

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